martes, 9 de julio de 2013

Gracias por todo.

El lunes de la semana pasada presenté mi Trabajo de Fin de Máster (así en mayúsculas, por lo visto) ante el tribunal de evaluación. No soy un gran fan de hablar en público y menos aún de exponer cosas relacionadas con mis estudios. Lo que soy es muy de estresarme sin necesidad, así que la semana anterior la dediqué a no hacer nada de nada en casa y, mientras, preocuparme por el fracaso total que iba a ser la exposición. Cuando esto me dejaba un rato libre, ensayaba. El domingo estuve tenso cual cuerda de piano, porque por mucho que lo repetía no conseguía aprenderme la presentación de memoria. Estuve practicando hasta que me empezó a doler la cabeza, a eso de las tres de la mañana. A las seis ya estaba otra vez despierto de puros nervios. Dios, cómo odio las presentaciones.

Para colmo de males sólo había otra exposición ese día: la del número uno de mi clase, un auténtico crack que además exponía antes que yo, por aquello del orden alfabético. Un nueve. Fantástico.

Pero para que vean lo que es la vida, cuando me tocó el turno de exponer, en vez de bloquearme y morir simplemente me levanté, ocupé mi sitio ante el tribunal e hice la presentación. A diferencia de la de mi compañero, los miembros del tribunal apenas ojearon la copia en papel de mi trabajo. Ni siquiera el Powerpoint que se proyectaba frente a ellos en la pared. Lo que hacían era mirarme a mí con gesto muy serio, como si estuviera diciendo tantas tonterías juntas que no fuesen capaces de concentrarse en nada más. 

Cuando terminé de hablar el tribunal nos felicitó a mi tutora y a mí por el trabajo, como es normal en estos casos. Entonces, y aquí viene lo gracioso, empezaron a alabar mi presentación, calificándola de impecable. Refrescante escuchar a alguien expresarse así de bien, decían. Yo asentía, sonreía y pensaba que me estaban tomando el pelo, o que realmente no me habían estado escuchando. Entonces me pidieron que abandonara la sala, debatieron unos minutos mi nota y me volvieron a admitir. Otro nueve. Tanto el trabajo de mi compañero como el mío serían usados como referente para los chavales del próximo curso. Así da gusto estar en un tribunal, decían. Yo asentía y sonreía, esta vez de verdad.

¿Qué te parece? Toda una semana de nervios para algo que me daba pánico y que sabía positivamente que iba a ser un desastre y resulta que lo clavo. Hurra por mí. ¿La moraleja? Esta no es una historia de moraleja, sino un ejemplo de cómo funciona mi cabeza, y probablemente la de más de uno por aquí. La pregunta más bien es: ¿Lo hubiera hecho así de bien si no hubiera estado todo ese tiempo pensando de manera obsesiva en la presentación? Tsk.

El caso es que desde el lunes pasado soy oficialmente maestro, aunque mi título tenga que ver con dar clase lo mismo que un doctorado con ser médico. Acaba así una etapa que se inició hace poco más de dos años cuando decidí que no podía estar ni un día más en mi casa y H@n tuvo el primero de muchos gestos maravillosos al darme un techo en Valencia, y con ello la oportunidad de tirar para adelante por mí mismo.

Para ser sincero no tengo ni idea de lo que me depara el futuro, ni dónde. Pero tranquilos, este tema empieza a quitarme el sueño y obsesionarme bastante, lo que si seguimos la lógica de lo que os acabo de contar significa que acabará saliendo mucho mejor en la realidad que cualquier escenario que pueda imaginar. 

Me da pena decir que no se enterarán por aquí. 

Verán, cuando dije que terminaba una etapa, debería haber dicho mejor que terminaban dos. Me he decidido a postear después de todo este tiempo para poder poner un punto y final mínimamente decente a estos siete años de blog. Es algo que debería haber hecho hace bastante tiempo, más o menos por la época en que Peibol decidió retirarse con dignidad en lugar de dejar un blog agonizante. Pero qué quieren, no se me dan bien las despedidas. En cualquier caso empecé este blog más o menos por la época en que empecé mis andanzas universitarias, por lo que existe una especie de equilibrio en que acabe ahora que termino de una vez con los estudios superiores.

Me creo un buen escritor, pero por mucho que le doy vueltas al asunto no hallo la manera de poner en palabras el impacto que llevar este blog ha tenido en mi vida. Sé que suena a cliché, pero baste decir que si no me hubiera dado por crear al Zorrocloco no estaría ahora mismo diciendo que he terminado un máster. Es posible que ni siquiera hubiese terminado la carrera. Desde luego tampoco hubiera viajado tanto ni en tan buena compañía. Madre mía, si hasta ese momento nadie se había enamorado de mí, ni me había roto el corazón (sin ser esto último algo necesariamente malo a la larga, aunque suene absurdo). Realmente no tengo palabras con las que puedan formarse una imagen mental de lo profundamente ligada que está esta página a todo lo que ha ocurrido en mi vida en estos años. Ni siquiera tengo palabras para todos ustedes, más allá de un "gracias" mayúsculo a todos los que estuvieron y a los que aún quedan. Gracias por haber sido partícipes de mi vida haciéndola mejor de lo que era cuando cumplí veinte años.

Después del último párrafo me parece mentira que vaya a acabar con el blog, al menos oficialmente, pero lo cierto es que siete años no pasan en balde. Muchas veces echo la vista atrás y pienso: "Madre mía, yo escribí esto". Es lo que tiene hacerse mayor, supongo. La verdad es que ya no soy el Zorrocloco, o al menos no tanto. Es tiempo de cerrar esta etapa y empezar otra con la que seguir creciendo. 

¿Y ahora qué? Pues una vez más no lo sé. No me apetece desaparecer. Blogspot me aburre un poco, que son muchos años, pero Wordpress es bonito. Y Tumblr parece entretenido. Ahora los vlogs están de moda también. Twitter no, por Dios, lo tengo cruzado. Pero no seré el Zorro, con la libertad que eso conlleva. Aunque dicen que donde hubo siempre queda.