jueves, 23 de septiembre de 2010

Siete trucos para cuando te quedas en un apartamento minimalista y no puedes gastar perras.

Creo que es el título más explícito que he escrito nunca.

Como dije el otro día en los comentarios, el fin de semana pasado fui de apartamento al Puerto de la Cruz, población del norte de Tenerife bastante turística, pero que ha sabido integrar ese impacto turístico sin perder su esencia (todo lo contrario a los pueblos del sur como Playa de las Américas, donde tienes la sensación de estar en otro país); así, tienes callejuelas empedradas y casas típicas canarias mezcladas con, por ejemplo, un paseo marítimo con tiendas y sitios de comida abiertos hasta tarde, lo que fomenta que una vez puesto el sol todavía haya vidilla en la calle y dé gusto pasear. Además, a pesar de tener diferentes opciones entre las que elegir si quieres salir de fiesta, en líneas generales el turismo que acude al Puerto es mucho más tranquilo (y también de mayor media de edad), lo que personalmente agradezco bastante. No mola volver al apartamento de madrugada y tener que estar aguantando ingleses borrachos por la calle.

El apartamento que habíamos reservado por internet era muy barato. Baratísimo. Tirado de precio. Tan barato que teníamos miedo de llegar y ser atendidos por cucarachas gigantes en medio de un descampado. No ayudó a mejorar la imagen del sitio la pandilla de yonkis que se echaban unas risas en un jardín cercano, o el hecho de que el chico del mostrador nos dijera que volviéramos más tarde porque todavía no estaba la habitación lista (eran las doce y algo y la entrada era a partir de las doce). Pero no nos desanimamos y aprovechamos para ir a comprar las típicas provisiones para cuando uno se va de apartamento: chucherías y cosas ricas sin ningún aporte nutricional y algo de pasta para cocinar y no sentirnos mal con nosotros mismos.

Contra todo pronóstico el sitio estaba muy bien, aunque carecía de algunas cosas esenciales que, primerizos como somos en eso de irnos de vacaciones, no (se me) se nos ocurrió traer de casa. Por ejemplo, utensilios de cocina. Porque en el apartamento había:

-2 platos grandes
-2 platos pequeños
-2 vasos
-2 tacitas de café
-2 tenedores
-2 cuchillos de untar
-1 cuchara sopera (algún inquilino tacaño se llevaría la otra)
-2 cucharillas de café
-1 cuchillo de unos 20 centímetros
-1 cacerola
-2 sartenes pequeñas (una de las cuales estaba hecha una mierda y casi prende fuego a la tortilla. True story. Lo cual, ahora pensando, significa que el detector de humos de la habitación estaba estropeado o era de pega, porque aquello parecía Gorilas en la niebla).

Y ya está. Ni un estropajo, ni un cucharón, ni nada para sacar lo que cocináramos en la cacerola. Y ya que estamos, tampoco servilletas, un fisco de sal, o pequeño bote de gel en el baño. Lo único que nos dieron toallas y papel higiénico. Diría que a partes iguales pecamos de ingenuos y despistados, porque a ninguno de los dos se nos ocurrió que podía haber traído todas esas cosas de casa (vivo como a una hora de allí), pero la verdad es que aquello era básico, básico. Y teniendo en cuenta que en la calle hacía 39 grados (se ve que a alguien de ahí arriba no le gustó mi último post) podríamos decir que muchas ganas no había de volver a salir y coger el coche hasta el supermercado, por lo menos ese día. Pero ante la adversidad, ¡imaginación e inventiva!. Y de ahí vienen nuestros siete consejos para mochileros que no quieren/pueden gastarse más dinero del necesario (y es que no veas cómo jode que las cosas se salgan de presupuesto cuando hasta el último euro cuenta):

-Uno: En tiempo de guerra todo agujero es trinchera; en la cocina, cualquier cosa lo suficientemente grande puede servir para remover la pasta. ¿Tienes un cuchillo de 20 centímetros? Pues ya tienes cucharón para revolver y servir, ayudándote de un tenedor y algo de maña.

-Dos: Si tienes gel, tienes champú, eso es de sobra conocido. Pero amplia tus miras, ve más allá. El gel de ducha es, básicamente, jabón. Y el jabón puede servir perfectamente para fregar la loza. Si ya lo hacían nuestros abuelos con el Jabón Lagarto, ¿por qué vamos a ser menos nosotros? Gel = 3 en 1.

-Tres: De acuerdo, tienes el gel para fregar la loza, pero no vas a quitar la roña con las uñas, ¿verdad? Necesitas algo limpio y, sobre todo, rasposo, para eliminar la suciedad de la vajilla. Tienes dos toallas de mano pero sólo un gancho al lado del lavabo del baño. Haz las matemáticas.

-Cuatro: Este también cae por su propio peso: Si tienes papel higiénico, tienes pañuelos y servilletas. Otro 3 en 1, como el gel.

-Cinco: Por cierto, el gel no vale como dentífrico. Aclaro por si acaso, no porque lo haya intentado.

-Seis: Este es bueno, y viene directamente inspirado en Trailer Park Boys. Te despiertas a las once de la madrugada y el cuerpo te pide un buen y nutritivo desayuno. Te arrastras fuera de la cama, sacas la leche y los cereales de frigorífico y despensa respectivamente, y entonces la realidad te golpea como una guarra infiel; no tienes tazón. ¿Qué haces? Te cagas en todo (se te permite por estar acabante de levantar) y luego abres tu tercer ojo recordando el mantra del consejo número uno. Como no llevamos cámara (sí, lo sé, somos la peste) no hay fotos, pero aquí os pongo una representación del proceso:

No os lo vais a creer, pero se me jodió el escáner y no tenía un sólo rotulador negro en casa. Coraje.

-Siete: ¿Olvidaste la toalla de playa? Si dejas puesto el cartel de “No molestar” en el pomo, la señora de la limpieza se limitará a dejar toallas limpias en una bolsa en la puerta. Ahora tienes el doble de toallas, ¡llévate una a la playa aprovechando que el blanco vuelve a estar de moda! De hecho, son tan finas y secan tanto, que total... ¡Llévatela a casa! Puede que la próxima vez las toallas no vengan con la cama o la habitación, y estas ocupan bastante poco en la mochila. La toalla de manos déjala, no seas cutre.

Al día siguiente fuimos a por la mayoría de cosas que faltaban, pero bien podríamos haber estado todo el finde dando un uso imaginativo a las herramientas de las que disponíamos, rollo campista experto. Eso sin contar lo que nos reímos de nosotros mismos. Hale, y ahora... ¿Cuándo nos vamos de viaje? =)

jueves, 16 de septiembre de 2010

Ya llega el invierno

Hace tres días me levanté, como viene siendo habitual, sobre el mediodía. Mientras el microondas calentaba la leche del desayuno levanté las persianas del salón a ver qué día hacía. Inmediatamente una sonrisa me iluminó la cara. ¡Nubes! ¡Estaba nublado! Abrí la ventana para que me diera un poco de aire fresco y ¡paf! Treinta grados en la calle. Menudo timo. Por el color de las nubes parecía que iba a caer una buena, pero el bochorno era tan grande que al final bajé a la biblioteca en pantalón corto y camiseta.

Estuve dentro menos de veinte minutos porque ya le tenía el ojo echado a lo que me iba a llevar. Al salir lo que me golpeó no fue el calor, sino una racha de viento que casi me tira de espaldas. Alucinante. Ya en mi casa pude oír como traqueteaban las persianas en sus marcos, y al viento colándose por el patio con tremendos silbidos. Me encanta. Adoro el mal tiempo, el frío, los días nublados, el olor a tierra y asfalto cuando recién ha llovido. Siempre me pongo a mirar por la ventana el primar día que llueve con fuerza, como si no hubiera visto nunca jarrear. Siempre fantaseo que algún día miraré por la ventana y veré la caer, la calle completamente blanca.

Después del verano más infernal en cuanto a olas de calor que recuerdo, ya iba siendo hora de que llegase algo de buen mal tiempo; se acabó el estar aplatanado todo el día, los dolores de cabeza del calor y los sudores que te entraban hasta por respirar y le decimos hola a los calcetines para andar por casa, las dobles mantas y arrebujarse en el sofá a sorber caldo junto a la ventana mientras lees un buen libro. Volvemos a forrarnos de ropa bonita (la ropa de verano es hortera, admitámoslo), y podemos salir a pasear cuando deja de llover y todo parece tan tranquilo y huele tan bien. El invierno tiene un componente introspectivo que me encanta.


Supongo que de haber nacido en el norte estaría hasta los mismísimo, pero... Adoro los días nublados.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Operación lavado.

Como hijo único de familia monoparental, desde pequeño estoy acostumbrado a apañarme solo con la casa. Barro, friego y doy esplendor en general; no se me caen los anillos por limpiar la taza del váter ni me importa mover los muebles de un lado a otro cuando paso al polvo. De todas las labores de la casa, sólo hay dos en las que no me manejo con demasiada soltura.

La primera es el tema cocina. Siempre he odiado cocinar con toda mi alma, y mi madre encontraba mucho más sencillo dejar algo para calentar en el microondas o mandarme a comer a casa de mi abuela que enseñarme a freír un bistec. En el fondo creo que tenía miedo de que prendiera fuego a la casa por accidente (cocinar es mucho más complicado de lo que parece, jo). Recuerdo un monólogo de la Paramount que hablaba precisamente de eso. Decía algo así como: “A ver, tú te pones el programa del Arguiñano y lo escuchas: 'Ponemos la sartén al fuego con el aceite y echamos...' ¡Espeeeera, espera, espera, Arguiñano! Vamos a ver: ¿Cuánto aceite? ¡Porque no es lo mismo dos cucharadas que media botella! ¿Y el fuego? ¿Alto, bajo? ¡Coño, es que así no me extraña que a nadie le salgan los platos que haces tú!”. No podría estar más de acuerdo. Personalmente, soy jodidamente torpe a la hora de recordar (o estar al tanto de) tiempos de cocción o medidas.

En los últimos años, sin embargo, he desarrollado las habilidades culinarias de un estudiante en piso de ídem: aso todo tipo de carnes, guiso y frío papas, preparo pasta y cuscús, también comida congelada (le doy mi toque personal añadiendo orégano y una pizca de pimienta negra al pollo con verduras ultracongeladas del Mercadona), sé hacer sopa de sobre y abrir latas de atún. Si a esto añadimos que los cereales de chocolate cubren el 83% de las necesidades diarias de casi todo lo que necesita nuestro organismo, llegamos a la conclusión de que esta dieta, aunque poco variada, es perfectamente válida para la vida. Ah, y teóricamente sé preparar arroz, pero como no es una comida que me fascine, de momento se queda en eso, el plano teórico.

El segundo apartado tiene que ver con la lavadora, esa gran desconocida para mí. Este artefacto para quitar la mugre a la ropa ha sido siempre terreno de mi madre. Nunca se ha molestado en enseñarme y, la verdad, yo nunca me he molestado en aprender. Como tantos hombres, siempre he creído que tiene un componente místico, aparte de la dificultad de programar un vídeo (creo que esta comparación quedó desfasada hace una década. Sic). Por eso cuando mi madre me llamó al patio para explicarme cómo se usaba, recordé mis pinitos en la cocina y predije que algo iba a salir mal seguro. Mi madre ni puto caso.

Mi madre.- Separas la ropa, clara o color, llenas medio tambor, echas el jabón y el suavizante, giras esto aquí (Frío) y le das a este botón (Inicio). ¿Entendido?

Zorrocloco.- La duda ofende.

Mi madre.- Hale, pues nosotros nos vamos. Si necesitas cualquier cosa en estos días, me llamas.

Zorrocloco.- Okey.

Ellos se fueron y yo me quedé aquí poniéndome al día con los blogs. Saltemos al día siguiente. Estoy viendo el Mundobasket en el sofá cuando suena el teléfono [1].

Zorrocloco.- Eyyys.

Madre.- ¿Ya pusiste una lavadora con tu ropa?

Zorrocloco.- Nopes.

Madre.- ¿Por qué?

Zorrocloco.- Porque se me va a joder la ropa. Seguro.

Madre.- ¿Yo no te expliqué cómo se ponía?

Zorrocloco.- Ajá.

Madre.- ¿Y entonces?

Zorrocloco.- Da igual, seguro que pasa algo y se jode la ropa.

Madre.- Coraje de niño. ¡Tú haz lo que te he dicho que ya verás que no pasa nada!

Zorrocloco.- Vaaaaale. Pero para quedarme más tranquilo, primero voy a poner una lavadora con TU ropa.

Madre.- ¡NO!

Zorrocloco.- ...

Madre.- Quiero decir, que no hace falta, yo no voy a ir en tiempo. Uhm... Puedes poner una lavadora con toallas, si quieres.

Zorrocloco.- Ah, mira, las toallas son neutrales. Una lavadora de toallas, pues.

Madre.- No les pongas suavizante, echa sólo un chorretón de jabón en el cajón de la izquierda y listo.

Y una lavadora de toallas puse. Llené el tambor un poco más de la mitad, eché un chorretón de jabón en el cajón de la izquierda, giré la perilla hasta ponerlo en Frío y pulsé Inicio. Cosa de una hora después me pasé a ver qué tal iba. Había terminado de lavar, pero el charco en el suelo y el hecho de que el tambor estuviese lleno de espuma me llevaron a suponer que algo no había salido como debería. Sorprendentemente. Llamé a mi progenitora:

Zorro.- Oye, que aquí hay un charco y la lavadora está llena de espuma.

Madre.- ¿¿Cuánto jabón echaste??

Zorro.- Lo que me dijiste: un chorretón.

Resultó que un chorretón es el equivalente a un taponcito de jabón [2]. Tres lavadoras después, las toallas siguen echando espuma. Aaaaay, Arguiñano...


[1] Menudas metralletas, los serbios...
[2] Conste que fue mi madre quien admitió después que se había equivocado al darme la medida. Luego añadió que "un chorretón" es para la ropa normal y "un chorrito" para las toallas. En fin...