jueves, 26 de febrero de 2009

Demotivational posters

No soy fan de poner imágenes en los posts a no ser que sea absolutamente necesario, como en el caso de la famosa imagen inexplicable. ¿Sus acordáis? Mirad la fecha. Desde entonces he estado pensando en hacer un post sobre los pósters desmotivadores, la contrapartida cínica y natural de una clase de pósters que al parecer se hicieron relativamente populares en las oficinas de los Estados Juntitos (los que tiene Barney en su despacho, vaya). Junto imágenes de impactantes paisajes o de animales, aparecían los lemas que el empleado debía fomentar: Logro, Esfuerzo, Superación, Trabajo en equipo... Y debajo una frase explicatoria (y generalmente redundante).

Tal y como estaréis imaginando, esos pósters son una mierda. Sin embargo, han revitalizado el clásico humor de pie de página adaptándolo a los nuevos tiempos y a internet. Es decir, ahora es más cruel y peor gusto. Pero nos mola.

Os dejo con algunos de mis favoritos (seguro que la mayoría ya los conocéis):













¡Añadid, añadid, que hay mil y uno!

jueves, 19 de febrero de 2009

Zorrocloco

Zorrocloco, según la RAE:

zorrocloco.

1. m. coloq. Hombre tardo en sus acciones y que parece bobo, pero que no se descuida en su utilidad y provecho.




Zorrocloco, según la tradición canaria:

"El zorrocloco como precursor del permiso de paternidad [...] El zorrocloco era una costumbre practicada en varias de las islas canarias antes de la conquista y que se prolongó en algunas zonas hasta mediados del siglo XIX. Consistía en que cuando una mujer daba a luz también se encamaba el padre, que recibía durante unos días agasajos y cuidados parecidos a los de la madre. La expresión "ponerse zorrocloco" aún se usa en Canarias (yo la he oído) para referirse a la actitud mimosa de algunos hombres."

Zorrocloco, versión kinki, aquí.

¿Qué tienen todas en común? Que hablan del zorroCloco, no del zorroloco. Cloco. Como las gallinas. Cloc, cloc. Pues eso XD

martes, 17 de febrero de 2009

Y lueeeeeeeegooooooooo...???

Nombre: Zorrocloco Patadas en Boca
Dirección: C/ El perenquén, nº7
Pseudónimo: elzorrocloco
Contraseña: ****
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Escriba la palabra clave: beldtf

[Error: por favor, introduzca una dirección válida o podría tener problemas con las transferencias]

-Madre mía -pensé.- El Gran Hermano te vigila.

Nombre: Zorrocloco Patadas en Boca
Dirección: C/ El perenquén, nº7, blq B, 2ºA
Pseudónimo: elzorrocloco
Contraseña: ****
Repetir contraseña: ****
Escriba la palabra clave: iurgv

[Error: por favor, introduzca una dirección válida o podría tener problemas con las transferencias]

-Ehm... ¿Será por el "C/"?

Nombre: Zorrocloco Patadas en Boca
Dirección: El Perenquén, nº 7. blq B, 2ºA
Pseudónimo: elzorrocloco
Contraseña: ****
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Escriba la palabra clave: nbafg

[Error: por favor, introduzca una dirección válida o podría tener problemas con las transferencias]

-Bueno... Bueno... Bueno... Por algún lado tiene que haber un mail o algo... [Diez minutos después]. Pues no...

Nombre: Zorrocloco Patadas en Boca
Dirección: Perenquén, 7
Pseudónimo: elzorrocloco
Contraseña: ****
Repetir contraseña: ****
Escriba la palabra clave: nbafg

[Error: por favor, introduzca una dirección válida o podría tener problemas con las transferencias]

-A tomar por culo.

Nombre: Zorrocloco Patadas en Boca
Dirección: Tu puta madre
Pseudónimo: elzorrocloco
Contraseña: ****
Repetir contraseña: ****
Escriba la palabra clave: hajeg

¡Gracias por registrarse en nuestro servicio!

-Mierda...

Anécdota 100% verídica... Ahora a ver cómo me pongo en contacto con el servicio al cliente y les explico que se me escapó una letrilla al poner la dirección... :S

sábado, 14 de febrero de 2009

Post de corazones y nubes de algodón

Nah, es broma. Como lo prometido es deuda, aquí tenéis una nueva edición de los zorrodiarios (sé que están en el post anterior, pero vuelvo a colocar enlaces al zorrodiario original y su continuación. Porque yo lo valgo) Para el que se sienta vago, diré que se tratan de historias escritas allá por el año 96, cuando el menda todavía tenía nueve añitos y era una bola de carne blanca embutida en un uniforme de chándal. Como veréis, ya apuntaba maneras (para todo, ¿eh? Que con 12-13 años ya había zorrodiarios de dos rombos XDD). Entre corchetes, como siempre, los comentarios que no me resisto a hacer mientras lo transcribo.


Historia

Capítulo 1

-Se ha escapado por la ventana -grita el guardia. Es tarde. Richard sonrie.- Ja -exclama- prision de maxima seguridad, Ja la verja abierta, el guardia dormido... menuda prision -Richard lleva un fusil, municiones y un bonito traje de recluso. Richard es atracador de bancos. Lo primero que tiene que hacer es cambiar de ropa. Por cierto, Richard no está solo. Le acompaña Minla, una chica experta en ordenadores [como todos, incluso el pequeño Zorrocloco, sabemos, no hay tal cosa como una prisión mixta (para pesar de unos y otras). Por lo que mejor no preguntaremos si Minla era la chica de limpieza o si para lo único que quería la cabeza de una fregona era para colocársela en la suya propia] . Richard pregunta a Minla: ¿Nos hacemos fuertes o cambiamos de ropa? [si escoges hacerte fuerte, ve a la página 15. Si decides cambiarte de ropa, sigue leyendo.] Minla contesta: Si nos hicieramos fuertes más pronto nos encontrarian asi que mejor nos cambiamos de ropa. Richard y minla corren por las calles en busca de una tienda de ropa.

-Es raro que no nos hayan empezado a buscar -como si hubiesen oído las palabras de Richard un coche de policia dobla la esquina [quedaos con este momento gafe, porque será una constante en la historia]. Richard y Minla se agazapan detras de unos cubos de basura. De pronto Minla dice:

-¡Mira una tienda de disfraces! -Minla señala en la direccion del coche patrulla. Efectivamente en la otra calle ahy hay una tienda de disfraces. Richard dice:

-Estos cubos no son suficiente proteccion.

Antes de que Minla pueda decir nada, Richard se levanta y dispara [muchísimo más discreto, dónde va a parar]. El guardia cae sobra la pita haciendo un ruido estridente [como un pitido]. Los dependientes de las tiendas salen a ver que pasa, en ese momento llega el autobús [WTF! ¡He escrito autobus!]. Cuando suben [como para no pararle a un tipo con una escopeta que arrastra a un travelo] Richard dispara al conductor [este hombre tiene una manía que no me gusta nada...], y Minla empieza a conducir [como nos mostró Sandra Bullock, cualquiera puede conducir una guagua]. En una bolsa debajo del asiento del conductor en cuentra un mapa de la ciudad.

-En la calle Ramón y Cajal hay una casa abandonada [en realidad no era un mapa de la ciudad, era un mapa del tesoro]. ¿A qué distancia estamos? [tiene gracia preguntar eso cuando es uno el que tiene el mapa, pero bueno...].

-A diez calles -de repente una sirena les sobresalta [¿quién se lo hubiera esperado?], Richard mira por una ventana. Lo suponía. La poli les sigue. Richard dice a Minla:

-No podemos ir a esa casa, tenemos que salir de la ciudad. Dobla a la izquierda [¡coño, qué facil! Ni que estuviesen en Ofra, que de repente una calle más arriba es ya La Laguna]. Minla obedece, al doblar la esquina encuentran otro coche patrulla. Estan atrapados.

-Y ahora que -dice minla [ah, las mujeres y sus ahora qués... Sólo falta un niño sentado al fondo del todo preguntando cuánto queda, y un abuelo que diga que tiene la vejiga al dente] derepente, oyen un mensaje por la radio: Habla la policia [¿quién necesita megáfono cuando tienes un emisor de radio que emite en todas las frecuencias e incluso puede encender una radio que está apagada? Pues eso], salgan con las manos en alto. Entonces Minla suelta el volante y coge la radio: Tenemos reenes, queremos un jeep, armas automaticas, municiones y combustible en una hora [sí, por ejemplo. También podía haber pedido misiles tomahawk y una ballena voladora].

-Intentaremos conseguirlo [táctica estándar de los negociadores de la policía, nunca dar un no directo, sino torear a los malhechores]. A la media hora tienen el gasoil y municiones, a la hora tienen las armas, pero el jeep no aparece [bien, aquí tenemos un negociador que tiene que aprender a decir que no, indudablemente. Y a priorizar, que si tú táctica es negar una de cada cuatro peticiones, intenta que coincida con las armas o el gasoil, y no con un puto coche]. Derepente oyen un mensaje en la radio: no podemos darle el jeep. Por favor, suelte a los rehenes. [¡porfaporfaporfa...! ¡Eh! Si fui a Port Aventura así, ¿por qué no iba a funcionar ahora?]. Minla coge su pistola. Dispara a un hombre moreno, de unos 30 años, abre la puerta y lo tira [la verdad es que son un par de hijos de puta con los que es difícil encariñarse...]. Otro mensaje cruza el aire:

-Está bien el jeep está en camino. Por favor, suelten a los rehenes.

Ahora es Richard quién coje a la mujer y la tira. La mujer corre hacia los coches patrulla. Despues de una hora y media angustiosa [los nacionales estaban regateándole el precio al gitano del concesionario], el jeep dobla la esquina. Se posa ante la puerta [con la gracilidad que le confieren sus 2500 kilos] y el ocupante se baja, no, si... ¡no se baja! Es increíble [yo aún diría más, ¡anonadable!]. Un momento [faltaría más. Y dos, si quieres]. Minla lo mira detenidamente ¡es su hermano!

-Richard -dice- baja, es mi hermano -dicho eso abrio la puerta y bajo las escaleras [llegó agotada al rellano]. Abrio la puerta trasera del coche y entró. Se la veía tan feliz [awwww...]. Pero mirándolo más de cerca... ¡no es su hermano! Antes de que pueda decir nada [como por ejemplo el clásico: “¡Tú no eres mi hermano!”] el hombre se vuelve y le mete un tiro entre ceja y ceja [tras lo cual, el argumento policial de: “entrégateee, hombre... Que no te va a pasar ná”, dejó de convencer a Richard]. Minla se desploma en su asiento. Richard recuerda que ella trabajaba con los ordenadores de la policía secreta [cuya sede central está en las catacumbas de la ciudad. Los sindicatos se quejan de humedad, pero esas cosas ya se sabe...]. Un ajuste de cuentas quiza... Richard no puede pensar, y aprieta el acelerador. El autobus sale disparado contra los coches patrula que salen disparados [contra los escaparates de las tiendas, que salen disparados contra... Así empiezan los tornados, no digo más]. Por el espejo retrovisor Richard obserba como el desconocido del jeep tira a Minla fuera del coche y sale disparado detras de él.

Richard piensa que el hombre del jeep cree que el esta implicado con los ordenadores dichosos. Los pasajeros chillan [pues si chillan ahora, chiquitos santos cojones con todo lo que han pasado antes] y entonces frena [para mí que no se acordaba de que había más gente en la guagua de lo calladitos que estaban]. El autobus vuelva y el jeep choca contra el autbus volcado. Richard sale a duras penas del accidente, se arma con un cristal afilado [que impresiona mucho más que un arma automática o un fusil], y toca en una casa [¿por qué? Yo tampoco lo sé. Recordemos que Richard no podía pensar]. Sale una mujer rubia, de unos treinta años. Cuando le amenaza con el cristal la chica se ríe y se lo quita con gran facilidad [luego agitó la mano en el aire y dijo: “¡saludo a mi mamá, que me estará viendo! ¿Esto cuándo lo emiten? ¡Anda, y mira que decorado de accidente múltiple más bien montado! ¡Si es que os lo curráis de una manera...!”]. Richard se sorprende, pero no puede pensar en ello porque cae desangrado en el suelo de la entrada. [Auch].



¿Pensáis que la cosa acaba aquí? ¡Nanai de la china, muchachada! A Richard todavía le quedan algunas aventuras que padecer, pero de momento os dejo con la intriga. El martes tengo examen de una asignatura a cuyas clases no he podido asistir (dejé de ir al tercer día, después de que el tipo se pasara veinticinco minutos explicándonos por qué vuelan los aviones. Y da psicología del trabajo, ahí es nada) por motivos ajenos a mi voluntad, y creo que va siendo hora de que mire algo de las cien páginas de temario. ¿No?

...

...

Va, venga, feliz san Comercial.

martes, 10 de febrero de 2009

Semana de ficción

Como últimamente no os he maltratado con ningún cuento ni relato, he decidio que los dos posts de esta semana traten sobre eso. El primero es un cuento sin nombre (le puse uno hace tiempo, pero la verdad es que nunca me gustó demasiado) al que le di forma en el concurso de relatos de la universidad. El chiste era sentarse en una mesa de la biblioteca y escribir lo que te saliera. Evidentemente no me comí un colín (cabrones) o ya lo hubiera anunciado a bombo y platillo :P El segundo post, que saldrá seguramente para el fin de semana, será, por petición popularrrrrr... ¡Una nueva entrega de los Zorrodiarios! [APPLAUSE, APPLAUSE] Entraremos de lleno en la historia que os había adelantado al final de la odisea de Dog Sadbuey, Elena Corpis y John Saddey, que habían sido envíados en una misión suicida a dinamitar uno de los meteoritos en los que se había convertido Júpiter. Esta vez nos uniremos a un preso llamado Richard en su huída de una cárcel de máxima seguridad porque se había encontrado la puerta abierta. ¡No os lo perdáis! Pero basta ya se spoilearos los posts que luego pierden la gracia. De momento os dejo con la historia sin nombre. ¡Que la disfrutéis! (Y si queréis bautizarla, por mi no hay problema)

Me cuesta respirar. Tengo la garganta inflamada y cada inhalación es una victoria. Mis miembros reposan inertes sobre la cama, amorfos y pesados. Sólo puedo mover la cabeza, y a duras penas, porque me pesa. Me pesa mucho. Me muero.

Tenía razón.

El médico nos diagnóstico la enfermedad a los tres años, con la primera gran convalecencia. Era un hombre alto de manos enormes y bigote poblado que odiaba dar malas noticias.

-Es un caso entre un millar. Una afección rarísima -dijo. Luego hizo una pausa y nos miró; a mí postrada en aquella camita de hospital, la primera de muchas que visitaría, y después a mi hermana, mi vivo retrato, mi otro yo, que me observaba de pie junto a mi madre, cogida de su mano. Pálida.- No siempre los gemelos desarrollan las mismas enfermedades, pero mucho me temo que en este caso...

No terminó la frase. Mamá apretó a Verónica contra su cuerpo y me miró espantada, como si en vez de a su otra hija estuviese contemplando un espectro que quisiera arrebatarle lo que más quería. Igual que la enfermedad se había llevado a los primos de papá.

Tenía razón.

Intento abrir los ojos, pero mis pestañas son de plomo. No es la primera vez que me veo en esta situación, pero sé que esta es la definitiva.

En cuanto mejoré fue Verónica la que cayó enferma. Durante un tiempo parecíamos turnarnos; cuanto peor se encontraba una, más rápidamente mejoraba y más enferma caía la otra. Nuestras defensas iban y venían, y poco a poco los ciclos de salud se volvían más cortos, y las crisis más largas. El mundo, que a los dos años había empezado a abrirse ante nosotras con paseos por el jardín persiguiendo gallinas, nos cerró sus fronteras, acabando de la noche a la mañana en la puerta de la entrada. Ni asomarnos a la ventana podíamos bajo riesgo de contraer una pulmonía. Íbamos siempre abrigadas de pies a cabeza y ni correr nos era permitido, no fuera a sucumbir nuestro débil corazón.

-¡Cualquier cosa podría mataros! –nos gritaba nuestra madre cada vez que corríamos por la casa o salíamos en camisón al pasillo. Nos agarraba por el brazo, con miedo pero con firmeza, y nos miraba con sus grandes ojos desquiciados.- ¿Es que es eso lo que queréis, mataros? ¡Mataros, y matarme a mí detrás!

No llegábamos a ser niñas de cristal. Éramos niñas de aire. Un soplo de brisa mojado en llanto, presto a desvanecerse en un instante.

Y eso fue exactamente lo que le sucedió a Verónica.

El trueno fue tan fuerte que me castañearon los dientes en la cama, y me desperté. Gruesos goterones caían contra el cristal en un repiqueteo constante. Me di la vuelta en la cama para fantasear un rato con Verónica. Nos encantaba imaginar que en los días de lluvia caía tanta agua, pero tanta, tanta, que finalmente desprendía la casa de sus cimientos y se la llevaba flotando con nosotras dentro, lejos, muy lejos de nuestros padres. Pero su cama estaba vacía, y eso no formaba parte de la fantasía.

Me incorporé de un salto y miré por el cristal de la ventana. Llamadlo intuición de gemela. Fuera estaba oscuro como la boca del lobo, y tan sólo alcanzaba a distinguir las gotas estallar contra la ventana hasta que el siguiente rayo iluminó todo el campo, y con él, el camisón blanco de Verónica. Duró sólo un segundo, pero para siempre se me quedarían grabados sus brazos en cruz y su cara sonriente vuelta hacia el cielo, saludando y abrazando a la noche como quien saluda a un viejo conocido. Después de aquello no duró mucho. Teníamos ocho años.

Por fin puedo abrir los ojos. Ha costado más que un parto, pero quería mirar a mi alrededor por última vez. Hay formas en torno a mi cama, parloteando entre ellas; se inclinan sobre mí al percatarse de que estoy consciente. Me sujetan la mano. Es una mano cálida, suave y arrugada. Aprieto, o creo que aprieto, para que sepa que sé quién es. Hago un ruidito muy raro ahora, con cada exhalación. Como un gorgoteo. No me gusta nada, pero curiosamente no tengo miedo. Verónica tampoco lo tuvo.

No me dejaron asistir a su funeral. El tiempo volvía a estar revuelto, las temperaturas habían bajado y salir a la calle podía matarme a mí también. Me dejaron en casa, con mi abuela, bien arrebujada metida en la cama. No me moví ni para ir al baño. Si antes mamá daba miedo, ahora que estaba sola me daba verdadero pánico. Ya ni siquiera tenía que perseguirme por la casa o recriminarme a voz en grito. No hacía falta. Pese a que desde el funeral apenas se movía del sillón, su presencia se hacía notar en toda la casa, y era aún más opresiva y aplastante que cuando caía físicamente sobre nosotras. Si antes estaba sobreprotegida, ahora que sus peores temores se habían confirmado mejor me hubiera matado durante la noche y embalsamado para mejor conservación, pues así era como me sentía; muerta en vida. Así pasé mi infancia, con mamá recordándome siempre a Verónica, criando a una inútil en una burbuja. Y esa inútil enfermando cada vez más, oyendo historias de arrepentimiento y salvación divina, prueba irrefutable –ahora lo veo.- de que mamá se había vuelto completamente loca. Y entre delirios febriles, le creía.

Llegué a tener un miedo tan profundo y asfixiante que no puede describirse con palabras. Tenía miedo del campo, de la casa, del tiempo, del polvo, del aire, de los alimentos que malcomía. Tenía miedo incluso de mis propias necesidades físicas. Tiraba sin mirar de la cadena cuando iba al baño porque no fueran mis tripas lo que se estuviera escurriendo por el desagüe.

De noche sudaba y temblaba dando vueltas en la cama, pensando que Verónica no tenía razón, que se había equivocado, y sentía tanto pánico que lo único que deseaba era la dulce Muerte, que no podía ser peor que aquel infierno de vida. E igual que vuelven las enfermedades a mí, también volvieron la noche y las tormentas, y presa de un terror que bien podría haber sido mortal por sí mismo, me levanté, bajé las escaleras y puse un pie fuera de aquella casa que llamaba mundo. Me quedé así largo rato, un pie dentro y el otro afuera, sobre la tierra mojada, notando por primera vez en años sensaciones nuevas. El barro en mi piel; el olor a lluvia en mi nariz. Soprendida de que un rayo no me hubiera fulminado en aquel mismo instante, me aventuré a dar un paso hacia el exterior. Luego otro más. Y después de aquello simplemente seguí caminando, sin pensar, completamente empapada y llorando como una magdalena porque aquello era lo más bonito que había sentido nunca. Tenía diecisiete años, y jamás volví a aquel lugar maldito.

Por fin se me aclara la vista y los veo, aunque ya no les pueda hablar. Tienen todos semblantes tristes, aunque no deberían. Soy muy feliz. Mi marido sobre todo, parece desolado. Treinta son muchos años para pasarlos junto a un hombre, pero sigue siendo tal y como el día que le conocí. Tiene la hermosura grabada en cada una de las arrugas del rostro.

Mi hija se sienta al otro lado de la cama, hablándome. Su marido está detrás de pie tras ella, con el bebé en brazos. Vuelven a estar juntos. Bien.
Y la pequeña Verónica, sonrosada y regordeta, rebosante de vida y ajena a todo. Mi nieta. Más de lo que jamás me atreví a soñar. En algún lugar de mi memoria una vieja casa de campo se cae ladrillo a ladrillo, con una anciana dentro que chilla y maldice a través de ventanas de cristal doble.

Oh, y ya está aquí. Aquí llega, por fin, con décadas de retraso. Déjame decirte que no duele, ni da miedo, sino que por el contrario es buena y amable, y me deja ver por última vez a mi hermana, tal y como estoy yo ahora, postrada en la cama, muriendo. Y puedo verme a mí, de niña, pálida y demacrada, llorando desconsoladamente de rodillas junto a su colchón. Verónica me miraba como miro yo ahora a los míos, sin saber a qué tanto alboroto. Y si pudiera hablar sonreiría y les diría lo mismo que me dijo Verónica a mí: que no me preocupara, que todo estaba bien. Que a mí me tocaría vivir todo lo que ella no había podido.

Y tenía razón.

domingo, 8 de febrero de 2009

¿Hay alguien ahí? (¡Anuncios! ¡Anuncios!)

Madre del amor hermoso, cómo está esto de polvo... Y mira que le di un trapo hace un par de semanas, pero ná... Hoy no hay anécdotas (pero tampoco perretas, tranquilos, esas vendrán mañana con las actas de la universidad), posteo más que nada para que sepáis que estoy vivo y que en breve (cuando vuelva a tener vida social) volverán las anécdotas hilarantes y la mala baba habitual. Espero que todos sigáis bien (debo hacer un repaso por el reader -sin olvidarme de Losse, que nunca sale XD-, pero irá por etapas, que mañana empiezo las clases otra vez), que hayáis comido y que tengáis puesta una muda limpia. Por si os coge un coche.

Bueno, como anécdota de exámenes os diré que me vi tan apurado para el final de economía, que me animé a hacerme una chuleta por primera vez en mi vida (lo juro). No las tenía todas conmigo, porque soy un verdadero desastre copiándome; prefiero estudiar que pasar ese mal rato.

Para que os hagáis una idea de lo malo que soy copiando, os contaré la primera y última vez que copié en un examen. Sería segundo de la ESO, y volvía a clase después de pasar una semana malo en cama para encontrarme un examen de verbos de francés. Hay veces que la vida te enseña el dedo medio.

La verdad es que yo no tenía ni idea de verbos, ni de francés en general. Mi profesora era una chavalita pasiva que se dejaba avasallar por la clase y que parecía siempre deprimida. Una persona así no puede contagiarte amor por un idioma. Ni por nada que no sean antidepresivos. El caso es que, como muchas materias después de aquella, decidí que se me iba a atravesar y no iba a entender un carajo. Y así fue, sorprendentemente.

-Disculpe, profesora...

-¿Sí?

-Es que he estado malo en casa y no sabía que había examen, y...

-Me da igual, esto deberías sabértelo, así que siéntate.

¡Menuda zorra! Todo el mundo sabe que uno no estudia a no ser que haya examen, no sea que aprenda algo. ¡Y tenía una buena excusa! Era totalmente injusto, y como me pasa con las cosas injustas, decidí que si podía, me lo pasaría por el forro. Por suerte, la topografía de la clase estaba de mi parte. Durante años mi sitio había sido el último de atrás pegado a la ventana, para poder dibujar o hacer peleas de lápices (algún día os haré un vídeo de eso para que os riáis) o incluso fantasear mirando por la venta el dibujo de sombras que hacían las nubes al sobrevolar el Valle Tabares. El caso es que al estar atrás y pegado a la pared, entre la pared y mi mesa quedaba el espacio de una baldosa donde podía colocar el libro sin que se notara. Así mismo lo hice, con todo el descaro el mundo. Me copié como los mejores, entregué el examen, y me sentí como el personaje ese que siempre vence a los grandes poderes fácticos... Piolín.

Evidentemente, me pillaron.

A la semana siguiente, cuando la profesora entregó los exámenes corregidos, me llamó a su mesa. Yo ni siquiera me olía por donde iban a ir los tiros, porque no me acordaba ni de que había copiado.

-Zorrocloco, ¿tú copiaste en el examen? Sé sincero.

Seh, claro.

-¿Yo?

-Porque como me dijiste que no habías podido estudiar porque estabas malo, y en el examen pusiste hasta las terminaciones que no hemos dado en clase...

Y me empecé a poner colorado, colorado (colorado por fuera, esta vez XD), que hasta las orejas se me pusieron rojas. Irradiaba calor. Tuve que darle una extraña mezcla de risa y pena, porque sonrió por primera vez desde que la conocía y me mandó a sentar con un gesto.

Nunca supe qué nota había sacado, pero al final aprobé la asignatura. Así que supongo que no era tan zorra al fin y al cabo. Ejem.

Mi madre, y todo esto era para contaros que me había hecho chuletas para el examen de economía. En fin, que busqué en Google la mejor manera de hacerlas y acabé bajándome un programa llamado Xuletas (y que es mucho mejor que Chuletator, según su página web. Verídico), y que me permitió imprimirme dos epígrafes en un centimetro y medio de papel a letra 3, la típica en la que te escriben los efectos secundarios de inhalar tippex. Busqué por mi casa tippex como un loco, encontré uno tipo boli y le pegué el papelillo. Daba el pego perfectamente. Salvo por el hecho de que no era un tippex, sino una barra de pegamento de contacto con forma de tippex, como descubrí cuando intenté soltarlo. Un gran flasback de mi profesora de francés me pasó por la mente en aquel momento.

Pero no me pillaron, básicamente porque lo que tenía en las chuletas, lo que me había estudiado (¡temas tres, cinco y seis, Zorrocloco, llevan cayendo los últimos cuatro años, yo aprobé así!), y lo que cayó en el examen eran cosas totalmente opuestas. Pero estuvo gracioso ver como de treinta y seis personas que había en el aula, treinta se levantaron nada más ver el examen XDDD

Quitando esa y otra a la que no me presenté, soy relativamente optimista con respecto a las otras cinco (más que nada porque para amargarme ya tengo la realidad mañana).

Menudo pedazo de post. Se nota cuando llevo un tiempo sin escribir porque me sale la diarrea teclar :P Si habéis llegado hasta aquí (Ire, dile a tu prima que me llame si quiere, que se lo leo por teléfono como la última vez XDD), dejadme que os diga que hay un segundo motivo oculto (o no tan oculto, que lo pone el título entre paréntesis), relacionado con el hecho de que no haya ninguna chica en pijama en el blog; y es que...

¡¡Chan, chan-chan-chan, chan, CHAAAAAAN!!

¡¡Habemus webcomic!!

Contagiados del espíritu de Blip, Multiplex, o Quiero una chica de serie B, Anne y yo nos sumamos al carro de ofrecer ficción gratuita (más) en tono de humor (más) de gran calidad (cof, cof). Seguidnos hasta nuestra nueva-segunda-casa y disfrutad con La Cuesta Stories ^^

Dudábamos sobre si publicitar o no el webcomic hasta que hubiése un par de tiras online, pero pensamos que os merecíais disfrutar de la première. De momento tenéis disponible el episodio piloto y un prólogo a la serie por el que gané una vez un concurso literario de prólogos. Véridico.

Y, ¡ey!, que si os mola y queréis publicitarnos, sentíos obligados :P

¡Más y mejor próximamente! ¡No cambiéis de canal!