martes, 10 de febrero de 2009

Semana de ficción

Como últimamente no os he maltratado con ningún cuento ni relato, he decidio que los dos posts de esta semana traten sobre eso. El primero es un cuento sin nombre (le puse uno hace tiempo, pero la verdad es que nunca me gustó demasiado) al que le di forma en el concurso de relatos de la universidad. El chiste era sentarse en una mesa de la biblioteca y escribir lo que te saliera. Evidentemente no me comí un colín (cabrones) o ya lo hubiera anunciado a bombo y platillo :P El segundo post, que saldrá seguramente para el fin de semana, será, por petición popularrrrrr... ¡Una nueva entrega de los Zorrodiarios! [APPLAUSE, APPLAUSE] Entraremos de lleno en la historia que os había adelantado al final de la odisea de Dog Sadbuey, Elena Corpis y John Saddey, que habían sido envíados en una misión suicida a dinamitar uno de los meteoritos en los que se había convertido Júpiter. Esta vez nos uniremos a un preso llamado Richard en su huída de una cárcel de máxima seguridad porque se había encontrado la puerta abierta. ¡No os lo perdáis! Pero basta ya se spoilearos los posts que luego pierden la gracia. De momento os dejo con la historia sin nombre. ¡Que la disfrutéis! (Y si queréis bautizarla, por mi no hay problema)

Me cuesta respirar. Tengo la garganta inflamada y cada inhalación es una victoria. Mis miembros reposan inertes sobre la cama, amorfos y pesados. Sólo puedo mover la cabeza, y a duras penas, porque me pesa. Me pesa mucho. Me muero.

Tenía razón.

El médico nos diagnóstico la enfermedad a los tres años, con la primera gran convalecencia. Era un hombre alto de manos enormes y bigote poblado que odiaba dar malas noticias.

-Es un caso entre un millar. Una afección rarísima -dijo. Luego hizo una pausa y nos miró; a mí postrada en aquella camita de hospital, la primera de muchas que visitaría, y después a mi hermana, mi vivo retrato, mi otro yo, que me observaba de pie junto a mi madre, cogida de su mano. Pálida.- No siempre los gemelos desarrollan las mismas enfermedades, pero mucho me temo que en este caso...

No terminó la frase. Mamá apretó a Verónica contra su cuerpo y me miró espantada, como si en vez de a su otra hija estuviese contemplando un espectro que quisiera arrebatarle lo que más quería. Igual que la enfermedad se había llevado a los primos de papá.

Tenía razón.

Intento abrir los ojos, pero mis pestañas son de plomo. No es la primera vez que me veo en esta situación, pero sé que esta es la definitiva.

En cuanto mejoré fue Verónica la que cayó enferma. Durante un tiempo parecíamos turnarnos; cuanto peor se encontraba una, más rápidamente mejoraba y más enferma caía la otra. Nuestras defensas iban y venían, y poco a poco los ciclos de salud se volvían más cortos, y las crisis más largas. El mundo, que a los dos años había empezado a abrirse ante nosotras con paseos por el jardín persiguiendo gallinas, nos cerró sus fronteras, acabando de la noche a la mañana en la puerta de la entrada. Ni asomarnos a la ventana podíamos bajo riesgo de contraer una pulmonía. Íbamos siempre abrigadas de pies a cabeza y ni correr nos era permitido, no fuera a sucumbir nuestro débil corazón.

-¡Cualquier cosa podría mataros! –nos gritaba nuestra madre cada vez que corríamos por la casa o salíamos en camisón al pasillo. Nos agarraba por el brazo, con miedo pero con firmeza, y nos miraba con sus grandes ojos desquiciados.- ¿Es que es eso lo que queréis, mataros? ¡Mataros, y matarme a mí detrás!

No llegábamos a ser niñas de cristal. Éramos niñas de aire. Un soplo de brisa mojado en llanto, presto a desvanecerse en un instante.

Y eso fue exactamente lo que le sucedió a Verónica.

El trueno fue tan fuerte que me castañearon los dientes en la cama, y me desperté. Gruesos goterones caían contra el cristal en un repiqueteo constante. Me di la vuelta en la cama para fantasear un rato con Verónica. Nos encantaba imaginar que en los días de lluvia caía tanta agua, pero tanta, tanta, que finalmente desprendía la casa de sus cimientos y se la llevaba flotando con nosotras dentro, lejos, muy lejos de nuestros padres. Pero su cama estaba vacía, y eso no formaba parte de la fantasía.

Me incorporé de un salto y miré por el cristal de la ventana. Llamadlo intuición de gemela. Fuera estaba oscuro como la boca del lobo, y tan sólo alcanzaba a distinguir las gotas estallar contra la ventana hasta que el siguiente rayo iluminó todo el campo, y con él, el camisón blanco de Verónica. Duró sólo un segundo, pero para siempre se me quedarían grabados sus brazos en cruz y su cara sonriente vuelta hacia el cielo, saludando y abrazando a la noche como quien saluda a un viejo conocido. Después de aquello no duró mucho. Teníamos ocho años.

Por fin puedo abrir los ojos. Ha costado más que un parto, pero quería mirar a mi alrededor por última vez. Hay formas en torno a mi cama, parloteando entre ellas; se inclinan sobre mí al percatarse de que estoy consciente. Me sujetan la mano. Es una mano cálida, suave y arrugada. Aprieto, o creo que aprieto, para que sepa que sé quién es. Hago un ruidito muy raro ahora, con cada exhalación. Como un gorgoteo. No me gusta nada, pero curiosamente no tengo miedo. Verónica tampoco lo tuvo.

No me dejaron asistir a su funeral. El tiempo volvía a estar revuelto, las temperaturas habían bajado y salir a la calle podía matarme a mí también. Me dejaron en casa, con mi abuela, bien arrebujada metida en la cama. No me moví ni para ir al baño. Si antes mamá daba miedo, ahora que estaba sola me daba verdadero pánico. Ya ni siquiera tenía que perseguirme por la casa o recriminarme a voz en grito. No hacía falta. Pese a que desde el funeral apenas se movía del sillón, su presencia se hacía notar en toda la casa, y era aún más opresiva y aplastante que cuando caía físicamente sobre nosotras. Si antes estaba sobreprotegida, ahora que sus peores temores se habían confirmado mejor me hubiera matado durante la noche y embalsamado para mejor conservación, pues así era como me sentía; muerta en vida. Así pasé mi infancia, con mamá recordándome siempre a Verónica, criando a una inútil en una burbuja. Y esa inútil enfermando cada vez más, oyendo historias de arrepentimiento y salvación divina, prueba irrefutable –ahora lo veo.- de que mamá se había vuelto completamente loca. Y entre delirios febriles, le creía.

Llegué a tener un miedo tan profundo y asfixiante que no puede describirse con palabras. Tenía miedo del campo, de la casa, del tiempo, del polvo, del aire, de los alimentos que malcomía. Tenía miedo incluso de mis propias necesidades físicas. Tiraba sin mirar de la cadena cuando iba al baño porque no fueran mis tripas lo que se estuviera escurriendo por el desagüe.

De noche sudaba y temblaba dando vueltas en la cama, pensando que Verónica no tenía razón, que se había equivocado, y sentía tanto pánico que lo único que deseaba era la dulce Muerte, que no podía ser peor que aquel infierno de vida. E igual que vuelven las enfermedades a mí, también volvieron la noche y las tormentas, y presa de un terror que bien podría haber sido mortal por sí mismo, me levanté, bajé las escaleras y puse un pie fuera de aquella casa que llamaba mundo. Me quedé así largo rato, un pie dentro y el otro afuera, sobre la tierra mojada, notando por primera vez en años sensaciones nuevas. El barro en mi piel; el olor a lluvia en mi nariz. Soprendida de que un rayo no me hubiera fulminado en aquel mismo instante, me aventuré a dar un paso hacia el exterior. Luego otro más. Y después de aquello simplemente seguí caminando, sin pensar, completamente empapada y llorando como una magdalena porque aquello era lo más bonito que había sentido nunca. Tenía diecisiete años, y jamás volví a aquel lugar maldito.

Por fin se me aclara la vista y los veo, aunque ya no les pueda hablar. Tienen todos semblantes tristes, aunque no deberían. Soy muy feliz. Mi marido sobre todo, parece desolado. Treinta son muchos años para pasarlos junto a un hombre, pero sigue siendo tal y como el día que le conocí. Tiene la hermosura grabada en cada una de las arrugas del rostro.

Mi hija se sienta al otro lado de la cama, hablándome. Su marido está detrás de pie tras ella, con el bebé en brazos. Vuelven a estar juntos. Bien.
Y la pequeña Verónica, sonrosada y regordeta, rebosante de vida y ajena a todo. Mi nieta. Más de lo que jamás me atreví a soñar. En algún lugar de mi memoria una vieja casa de campo se cae ladrillo a ladrillo, con una anciana dentro que chilla y maldice a través de ventanas de cristal doble.

Oh, y ya está aquí. Aquí llega, por fin, con décadas de retraso. Déjame decirte que no duele, ni da miedo, sino que por el contrario es buena y amable, y me deja ver por última vez a mi hermana, tal y como estoy yo ahora, postrada en la cama, muriendo. Y puedo verme a mí, de niña, pálida y demacrada, llorando desconsoladamente de rodillas junto a su colchón. Verónica me miraba como miro yo ahora a los míos, sin saber a qué tanto alboroto. Y si pudiera hablar sonreiría y les diría lo mismo que me dijo Verónica a mí: que no me preocupara, que todo estaba bien. Que a mí me tocaría vivir todo lo que ella no había podido.

Y tenía razón.

12 comentarios:

Anne dijo...

Me encanta esta historia. Cada vez que la leo me gusta más.

(¡Los jueces del concurso merecen la muerte! XDDDD)

Misaoshi dijo...

Dios es hermosa.

Casi lloro T_T...

Ire dijo...

Oh! Es super bonita! Me ha encantado!

Aniña dijo...

jo que chula :)_______

muaka!!

El Zorrocloco dijo...

Jo, gracias, chicas. La verdad es que no estaba muy contento con el resultado, me alegra ver que os gusta^^

Un besote!

H@n dijo...

Pues yo no tengo tan claro que me guste, me has hecho llorar jodio!!!!

:'(

Bueno sí, me gusta, me gusta mucho! ya lo he dicho!
Por cierto, ya era hora de que nos volvieras a dar de leer!
Hablando de titulos...."Gemela Parásito", igual es un poco cruel... Tal vez, un simple "Verónica" le quedaría bien...

No divago mas, minipunto y punto para Zorro!

María dijo...

Ya sé que llego 600 millones años tarde y que comento donde no es, pero como soy de otra generación tecnológica (y no tecnológica, qué coño), he decidido que da lo mismo: qué risa más terrorífica el cuento del Zorrocloco Chico, qué bueno, por Dios... Si casi dan ganas de tener niños... Bueno, más bien de que los tengan ustedes.

Melvin de Gats dijo...

Brillante Zorro, simple y llanamanete...

El Zorrocloco dijo...

H@n, "Gémela parásito" suena a peli de serie Z XDDD "Verónica" lo había titulado yo en su día, y me parece que se va a quedar así, sip.

Me alegro de que haberte hecho llorar! Eh... digo... ¡De que te guste!^^

María, yo los quiero a partir de una cierta edad, por ejemplo por encima de ocho (que no estén dando por culo como el que vive bajo mi casa). Y en cuanto cumplan los 13 se los pueden llevar y que me los devuelvan a los 22. Así todos contentos. O mejor no, que luego se me apalancan hasta los 30 en casa. Mejor seré tío, que creo que doy más el tipo.

¡¡Gracias, Melvin!! ^^

H@n dijo...

Los "gemelos parásitos" son una enfermedad rara en la que durnate el embarazo en teoría había dos fetos, pero uno de ellos, no se desarrolla y el que sí llega a nacer lo "absorbe" de diferentes maneras, puede aparecer como una malformación de nacimiento, o desarrollarse años después cómo un tumor... por eso lo de que era un poco cruel...

:$

El Zorrocloco dijo...

Vaya, eso me recuerda a una historia de miedo que tenía olvidada por algún lado, sólo que no sabía que tenía nombre clínico.

Gracias por el dato, así no diré una burrada en futuras conversaciones ;)

H@n dijo...

De hecho, hay un peli brutal mezcla serie B, gore, y cine chino al mas puro estilo Chan-Wook Park... cuyo nombre no recuerdo, y que por mucho que busco, ni flores...
EL caso esque la peli va de una china de pelo verde y cara deformada que es donada a una casa de putas china (se que tiene un nombre pero no recuerdo como es...okiya? no se...), una de sus compañeras prostitutas (la única que se portaba bein con ella) es acusada de haber robado un anillo y la maltratan brutalmente, pero resulta que había sido la peloverdedeformada por culpa de una gemela que tenía en la cabeza, debajo del pelo y que era como una mano que se levantaba dejando al descubierto unos dientecillos que le mordían cómicamente si no hacía lo que la gemela parásito decía...

Vamos que un poco de serie B si que es....