domingo, 28 de septiembre de 2008

Diarios de bolsillo

No sé si os habréis enterado, pero el viernes hice cola para presentar la matrícula [voz de fondo: “Algo había oído, sí…”]. Una cola muy larga, de cerca de hora y media. Yo solo. Sin un libro, sin mi mp3, sin nada de nada.

A los diez minutos me subía por las paredes. Cambiaba el peso de una pierna a otra, me estiraba, miraba a mi alrededor rascándome la pelambre del mentón, me ponía de cuclillas y vuelta a empezar (ni siquiera había un muro donde apoyarse). Como siempre que me aburro, llevé la mano al bolsillo de la cartera, para hacer criba de papelotes y demás. Pero me había dejado la cartera en casa. Lo único que llevaba encima eran los papeles de la beca, un boli bic azul, las llaves de casa y del coche, y el móvil. Seguramente McGuiver hubiera hecho una grapadora con todo eso (que tú dices: “¿Y para qué sirve una grapadora en esa situación?”. Pues para echar el rato haciendo manualidades, lissto), pero yo soy aquel niño al que en el colegio mandaron una vez a hacer un pequeño cofre de madera, y cuando levantabas la tapa se caía hacia atrás…

En ese momento me sonó un sms en el móvil, uno de esos de: “Le informamos de que el número tal sigue sin estar disponible”, que te llegan cuando menos los esperas (en mi caso, generalmente de madrugada… ¬¬). Cuando fui a borrarlo, me apareció un mensaje de advertencia del móvil. 95% de la memoria de mensajes llena.

-Pues tampoco tengo nada mejor que hacer –me dije a mí mismo, así que me di a la monótona tarea de borrar mensajes.

Mientras iba seleccionando qué borraba y qué no, me di cuenta de lo que da título al post. Todo este tiempo había ido creando un diario de bolsillo en mi móvil. Peleas, confesiones, listas de la compra, quedadas para salir por ahí, mensajes de felicitación por cosas que había olvidado ya, de compañeros de mi antiguo trabajo, de gente de mi otra carrera. Podía abocetar cómo había ido evolucionando mi vida en los últimos años, partiendo de los primeros mensajes de mi relación con E.; de los primeros de colegueo a otros más cariñosos y cada vez más descarados, hasta llegar a los propios de una pareja, para después de un breve lapso (no llegaba a diez mensajes), comenzar otros más agrios que presagiaban el fin de la relación. Desfiló ante mí la despedida de mis compañeros de filología, mi entrada en Carrefour, los amigos que hice allí, los comienzos en la nueva carrera, mi estrepitosa salida del curro, los aprobados de junio… Remitentes que aparecían varias veces seguidas y luego no volvían a dar señales, según iban saliendo de mi vida y eran reemplazados por nombres nuevos, con nuevas coñas y nuevas historias. Y Anne, por supuesto, pero eso me lo reservo para mí (jojojo).

Dejé de llevar un diario de crío porque me parecía eso, de críos. Empecé el blog porque me pareció una forma de compartir coñas y anécdotas, y de conocer gente, pero no es un verdadero diario. No contiene ni una ínfima parte de la información que contenía la memoria de mi móvil. De hecho, cuando terminé de hacer criba, estuve un rato pensando en lo que podría aprender de mi un desconocido que se encontrara mi teléfono por ahí. Versión siglo XXI de la novela epistolar.

Me pareció una idea muy bonita y romántica en un primer momento, un desconocido que se va metiendo en la historia de mi vida, fantaseando con las partes que no conoce, con las lagunas entre mensajes (quizá algún día escriba una historia con eso), pero se me quitó en seguida. En realidad es algo que da mucho miedo, si os paráis a pensarlo. Casi tanto como perder la cartera. La de putadas que podría hacerte alguien con la memoria de mensajes, la agenda, y mala hostia. A partir de ahora tendré más cuidado con dónde pongo el móvil (que el viernes casi lo pierdo en la playa, por cierto).

Si no sois de esos que borran los mensajes nada más recibirlos seguro que os habéis quedado con ganas de echar un vistazo a vuestra bandeja de entrada (o a la de algún allegado, que nos conocemos XD). ¿Cuánto de vosotros dice vuestro móvil?

Hu-ha!

P.D.- Y eso sin incluir las fotos y los vídeos, que sería para un post aparte XD

P.P.D.- Réstate dos puntos si has llegado hasta aquí sin darte cuenta de que estrenamos cabecera :P

jueves, 25 de septiembre de 2008

Principio de curso

Llevo una semanita que me va a dar un yuyu, y eso que es la primera sólo. Resulta que voy a matricularme de todo segundo año (obviamente, mi intención es sacar la diplomatura en sus tres años correpondientes). Y parte de ese plan entre paréntesis pasa por sacar las dos que me quedaron de primero en el turno de tarde (si me lo conceden, que me han dicho que si estás en un turno no puedes coger clases en el otro, aunque te choquen asignaturas de distintos años. Sólo con eso ya os podéis hacer una idea de la enorme mierda que es mi universidad). Con una no voy a tener problemas, es semestral y es una chorrada. La otra es derecho del trabajo, y me cago en sus muertos. A parte de ser la bestia negra de la carrera, es anual.

¿Lo bueno? El tipo que me toca de tarde (si me lo dan, recordemos), hace una especie de evaluación contínua, lo cual suena a gloria bendita si en el otro lado de la balanza ponemos un libro de novecientas páginas y decimos: "¡hale, a estudiar!". Evidentemente, al ser evaluación contínua, hay que tener una asistencia del 90% a clase, más participación, trabajos y demás. Lo típico.

¿Lo malo? En el segundo semestre tengo una optativa que quiero coger, informática. Y se da por la tarde. Los mismos días que derecho. Con dos cojones. Vosotros me diréis: "pues coge la optativa el año próximo". Pues no. El año próximo en mi carrera sólo hay turno de tarde (con dos cojones, también), y esa asignatura sólo se da de tarde. Y el año pasado sólo podía coger una de entre tres optativas que me daban ellos (ese profesor tiene para un post él sólo. Él y su: "tenemos clase de tres a cinco, pero yo voy a venir a las cuatro porque no me gusta andar con prisas después de comer". Literal). Y ahora vosotros me diréis: "¿realmente es tan importante esa optativa?". Yo respondo: ni idea. Creo que se darán los programas típicos de nóminas y demás, programas que si no sabes manejar no te vas a comer una mierda en la calle, pero claro, también pensaba en bachiller de arte que informática aplicada sería Photoshop, y me pasé un curso escribiendo en Word y haciendo cuentas en Excel. Sería muy sencillo ir al programa de la asignatura y mirar de qué va, pero eso en mi facultad no se estila. No le puedo mandar un email al profesor para preguntarle porque no sé quién es. Los otros profesores tampoco saben y en secretaría no tienen esa información. Según ellos todo está en la web, pero la web NO FUNCIONA. No funcionaba cuando entré el año pasado, y sigue sin funcionar ahora. No tenemos ninguno de los programas, y los profesores no los reparten porque piensan que están en internet. Recordemos que estoy pagando por todo esto, cuidado.

En caso de que cogiera la optativa dejaría de ir a derecho, por lo que tendría que presentarme al examen. Por otro lado, aún tengo la convocatoria de diciembre para sacarme derecho de encima y no tener problemas de optativas ni penes en vinagre, pero yo a esa clase no fui el año pasado, ni hice prácticas ni nada de nada, y creo que ya gasté los milagros que me quedaban en junio.

Es decir. Tengo un curso completo de asignaturas por la mañana, más dos más por la tarde, una de ellas anual, y a la que voy a asistir en plan evaluación continua mientras la estudio por mi cuenta para sacarla en diciembre (y si la saco habré pagado para nada), porque tengo una optativa que no sé si me interesa porque no sé de ella más que el nombre, y que sólo puedo cursar ese semestre en los tres años de carrera.

Y qué quieres que te diga, entrar en la facultad a las ocho y media de la mañana y salir a las cuatro y media cuatro días a la semana no lo veo. Añádele el salir y seguir estudiando por mi cuenta (los fines de semana no serían una opción, finde a finde laboral no lo saco), por lo que tranquilamente entraría a las ocho y media de la mañana y saldría doce horas después, al cerrar la biblioteca. Aparte, ya tengo las fechas de los exámenes de enero, y por lo visto me quedo sin ver a Anne en navidades. Ya lo que me faltaba.

Y sí, al final lograré hablar con el profesor de informática y preguntar, menudo soy yo. Y sí, igual me saco la asignatura en diciembre y me he preocupado para nada, y si no la saco al menos habré tenido un parcial en evaluación contínua y me examinaré sólo del otro (tengo que preguntar al profesor si eso se puede, pero no creo que haya problema). Y... y... y yo que sé, al final me sacaré la carrera y me reiré de esto. [Imagen mental de Niles Crane diciendo: "Esto me recuerda a aquella vez hace unos años en que viajaba en primera clase al lado de una atractiva ejecutiva que me preguntó si quería tener un affaire en las alturas, ¡y yo pensé que se refería a la comida! Ja, ja, ja... Ja. No, sigue sin hacerme gracia..."]

Pero ahora mismo estoy cansado, estresado y acelerado. Y sólo llevo cuatro días de clases.

P.D.- Y mañana, que no tengo clase, aprovecharé para ir a la facultad a hacer cola desde las seis y media de la mañana hasta las nueve que abren secretaría (abren de nueve a una por las mañanas y punto en boca. Y ayer cuando llegué a clase a las siete y media había sin exagerar una cola de unas setenta personas esperando) para poder entregar la matrícula sin perder clase. Porque allí se estila así. Nada de citas y demás como en la uni de Anne. Allí vas y coges número. Y si se acaba el rollo de números se deja de atender. De paso preguntar por mi número de alumno, imprescindible para usar servicios de la universidad como la biblioteca o las actividades deportivas y tan secreto que ni yo lo sé (tenía la ingenua idea de apuntar a ajedrez o tenis de mesa este año para echar las tardes y cogerme unas risas. Ja, ja... ja).

P.P.D.- ¿Es sólo mi universidad la que es así, o es algo general? Porque de verdad, me dan ganas de coger un martillo pilón y terminar de tirarla abajo...

P.P.P.D.- Acaba de llegar mi madre a decirme que esta noche no espere dormir, que van a montar un concierto de pachanga en la plaza de al lado de casa. Matadme si os queda pizca de piedad... ;______;

martes, 23 de septiembre de 2008

La imagen inexplicable: la explicación


Lo que me he reído, oyes xD Tenemos que hacer más veces estos posts interactivos. Y como no he conseguido decidir cuál era la mejor explicación... ¡Allá van todas, y ya me decís vosotras! [inserte risa malvada número cuatro]

La explicación de Anne...

Pues verás...

El caso es que Billy tenía la fiesta de primavera esa noche, pero no tenía pasta para alquilar la limusina que todo chico debe alquilar para llevar a su pareja al baile. Así que su padre, que era conductor de furgones blindados, se ofreció a llevarle aprovechando que el instituto le pillaba de paso. Pero antes de salir, -Billy ya vestido de punta en blanco- su madre le pidió que, ya que iban y era pronto le llevaran la máquina de coser a reparar a la tienda del tío de Billy.

Y en eso iban Billy y su padre, con la música country a toda leche por el caminito que salía a la carretera, cuando la policía les salió por detrás, de repente. Que pararan (como para no parar con todas las luces que pusieron, que parecía un coche de feria). Así que allá que van, que paran en un ladito (porque más sitio no había). Y que bájese usted del vehículo, please; claro, claro, enseguida; documentación, please; yes, yes, of course, espere -Billy, pásame los papeles de la guantera, anda...-; daddy, que llegaremos tarde y Mandy me dejará plantado; cállate anda, y baja a pegarte un paseo, que estás muy stressed tú...

Y Billy bajó de la furgona, claro, con la máquina de coser de su madre. Y en eso que estaban el uno con la police y el otro walking, cuando la furgo se empieza a mover marcha atrás. El fucking freno de mano.
Pero claro, ya era tarde xD

¿La foto? Bueno, es que Billy iba demasiado guapo como para no hacerle una foto -es que su tío era más de la otra acera...-.

PD: No, Mandy y él duraron dos semanas. Luego ella le puso los tochos con el capitán del equipo de baseball u____u

[Momento estelar:
-¡Daddy, llegaremos tarde y Mandy me dejará plantado!
-¡Calla, niño!]

La explicación de Lu...


Está clarísimo, Billy McPhantom fué al baile de graduación con su novia del instituto: la máquina de coser.

La enamoradísima pareja tenía que hacerse la foto de rigor al llegar al gimnasio-convertido-en-discoteca-para-la-ocasión. Y como fondo para esta foto del anuario eligieron la escena de atraco de furgón blindado que salió mal.

Billy declaró 'es el día más feliz de mi vida'. La maquina de coser entonces le bordó un corazón con el nombre de ambos en el centro.

[Momento estelar: todo, es buenísimo xD]

La explicación de Eva...

Pues veamos,...es fácil de explicar. Voy a ello:

Billy no es billy, es Francisco Fiambre, alías Paco Choped. Resulta que el zagalico es ciego y en vez de ponerse el chandal Nike de imitación del mercata se puso el esmoquin de BBC y creyendo que se iba al parque con sus coleguis los porretas cogió la máquina de coser de su mami por error en vez de la jaula del pájaro cantor que lleva al parque a que le de la solana. Sólo hay que ver como coge la máquina,...la coge como si de una jaula pajaril se tratara. El muchacho sonrie de forma algo imbecil porque no oye cantar a su pajarico y se cree que se ha quedado dormido.

Los policias de atrás no son policias son los amigos de Paco que también son ciegos y se han vestido con el disfraz del último carnaval de Cádiz. Es que son de una cofradia que canta chirigotas y se vistieron todos de policias. Y el furgón está así porque si son ciegos muy bien no aparcan que digamos.

Ufff ya está.

[Momento estelar: Paco Choped cree que Piticlí está dormido]

La explicación de Anna Raven...

La boda de George y Mary se celebraría a las 5 de la mañana, al amanecer. Esa había sido la decisión de Mary. Sus padres se habían casado durante la puesta de sol, el mismo día que lo haría ella, hacía más de treinta años y su matrimonio había sido un completo desastre. Así que cambiar el anocher por el amanecer, en el pequeño mundo espiritual de Mary (firme seguidora del feng-shui y la rueda kármica) suponía un éxito asegurado para su matrimonio con George.
George era totalmente distinto a Mary, quizá por eso todos sus amigos creían que hacían tan buena pareja. Ella era rubia, George tenía el pelo y la piel del color del carbón, ella era delicada, George un agerrido fan de la WWE, hasta el punto de organizar liguillas de aficionados en la parte de atrás del jardín de su casa materna, ella trabajaba como masajista en un centro de terapias alternativas y él era el subdirector de un banco. Al margen de esas pequeñas diferencias, George y Mary eran totalmente distintos.

El padrino de la boda sería, como no, el mejor amigo de George: Lucas. Lucas era un muchacho pizpireto y... bueno, en realidad Lucas era un crápula y un mujeriego de cuidado que todavía vivía con su hermana Leila (una neohippy que pasaba la mayor parte del día trenzándose el pelo y tarareando oscuras melodías que había escuchado en su viaje tántrico a la India hacía ya unos dos o tres años). George sabía con quién estaba tratando, Lucas y él se habían conocido en la universidad, donde con la ayuda de su padrino había visitado las habitaciones más lujuriosas de las hermandades, y poco después, una vez incorporados al mundo laboral se había visto en la curiosa tesitura de adquirir un empleo en el mismo banco que su amigo. Al poco tiempo Lucas fue ascendido a director y luego él a subdirector. El nepotismo es un mal habitual de la creación de empleo en esta nuestra sociedad moderna así que, quitando a Lorraine, la chica de las fotocopias, nadie se lo cuestionó demasiado. Ni el ascenso de George ni el hecho de que el de Lucas se produjese poco después de que se le hubiera visto en la bahía imitando caninas costumbres con Linda McCarpenter, hijastra del director provincial de la sucursal bancaria en la que trabajaban. Pero esta es otra historia y deberá ser contada en otro lugar...

Volviendo al día de la boda de George y Mary o, más bien, a la noche anterior al día de la boda de George y Mary...

Lucas estaba aburido. George no había querido que su despedida de soltero fuese la noche anterior a la boda, ¡ya actuaba como un hombre casado! No había cerrado el lazo y ya temía las represalias de Mary. Lo cierto es que le había prometido a su amigo que no saldría, que se portaría bien, que no dejaría que su hermana lo tentase con ningún cigarrito de la risa... Pero se aburría. Se aburría y estaba seguro de que si se pasaba por McKenzie´s encontraría a Lara. Lara (morena, piernas largas, apenas legal) había empezado a trabajar los viernes por la noche. Se había apostado 20 pavos con George a que en menos de dos semanas se acostaría con ella y curiosamente mañana acabarían esas dos semanas. ¡Por George! -pensó- en honor al hombre libre que es y la libertad que mañana perderá por completo!

La noche fue fantástica. Alucinante. Increíble. Mítica. E incluso legen....(wait for it)... daria.

El problema surgió cuando Leila lo despertó, zarandeándolo sin delicadeza alguna, para que "no llegase tarde a la boda". Eran las cinco de la mañana y estaba amaneciendo, a todas luces -ya- llegaba tarde a la boda. La camarera postadolescente yacía a su lado, apenas consciente de la disputa que surgía en la habitación entre los dos hermanos. No había tiempo para nada, nada de ducha, un poco de gel para conseguir un look moderno pero descuidado y, para ahorrar tiempo, decidió ponerse el smoking sin desabrocharlo.

RAssssssshhhhhh

Leila abría mucho los ojos y se cubría la boca con ambas manos, como si, jugando a las películas, intentase dar a entender el título del conocidísimo corto "La Dama de Elche en apuros". Un deforme siete se había desgarrado en una de las mangas de la chaqueta del padrino. No había tiempo, había que intervenir, coser, unir, pegar, suturar ¡yo que sé! ¡algo!

Ni Leila ni Lucas eran expertos modistos, sin embargo el desastre que zurzieron en la manga de la chaqueta del smoking no era nada comparado con el desastre posterior, pues al poco de acabar con la prenda se percataron de que miles de hilos la unían con la máquina de coser. No importaba, se llevaría la máquina a la boda, no había tiempo.

-¿Cómo piensas llegar?- preguntaba Leila - Son las cinco y veinte de la mañana, no hay taxis. Tus amigos están totalmente desfasados, casarse al amanecer es taaaaaaan 1970.

Tenía razón. No había taxis. Pero eran casi las cinco y media de la mañana, hora en la que Chuck, el repartidor del banco, pasaba con su furgón blindado a recoger las recaudaciones del día anterior. Chuck lo llevaría. Sin mediar palabra se aseguró de que cogía las alianzas y salió corriendo hacia el banco.

-¡Chuck, Chuck! Espera, ¡tienes que llevarme a la Capilla! ¡Espera!

Chuck lo miraba desde la puerta con su pajita de plástico negro, sustituta de un pitillo que se negaba a cortar lazos con él, a medio "fumar" firmemente sujeta entre los dientes. El director del banco nunca le había gustado, era un cantamañanas y un buenoparanada que el haría la pascua a su hija sin pensárselo dos veces. Pero era su jefe. Así que tendría que aceptar sus excentricidades si no quería perder su empleo.

Mrs Arlington, y sus ocho gatos, se habían mudado a la ciudad esa semana. No le gustaban los bancos, no los nuevos, ella tenía sus ahorros en el viejo banco de siempre en el que su anciano padre le había abierto una cuenta cuando ella apenas tenía seis años. Sí señor, un hombre horando su padre. A Mrs Arlington le gustaba levantarse temprano por la mañana, esa era la razón por la que ahora observaba como un peligroso terrorista, armado con un extraño artilugio blanco y enarbolándolo como si fuese una maza, se dirigía hacia el pobre hombre que conducía el furgón blindado del banco frente a su casa. Poco después de que ambos abandonasen su calle, pues nunca se puede estar suficientemente segura y a salvo si no tomas las precauciones necesarias, llamaba a la policía.

Incidentalmente la boda de George y Mary fue todo un éxito. El padrino llegó a tiempo para entregarles los anillos y se trajo consigo a Chuck y a tres policías que las damas de honor malinterpretaron como boys. Dos de ellos contrajeron matrimonio con las damas en cuestión al año siguiente, el tercero descubrió que era gay. Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro lugar.

[Momento estelar: cómo hacer de una imagen idiota un relato legen... -wait for it...-]

La explicación de María...

El chico es mutante. Hipermagnético. Se le pegan los objetos metálicos al cuerpo. Con los pequeños, como la máquina de coser, no hay problema. Basta con que los vea venir y los coja en el aire, antes de que le den en toda la sonrisa idiota esa que tiene. La potente atracción magnética se puede desactivar localmente, sacando una foto del chico mutante con el objeto metálico correspondiente. Después del click de la foto, el chico ya puede soltar la máquina de coser (o lo que sea que haya atraído) y dedicarse a sus cosas.

El problema son los objetos grandes, como el furgón blindado. Se desmandan. Movidos por el hipermagnetismo, vuelan y se estampan contra lo que sea que haya alrededor del chico, y claro, siembran el caos. Los policías del pueblo están hartos ya del chico mutante y conspiran para darle una buena mano de palos. Y el chófer del furgón está muerto de risa porque ese día ya no trabaja más.

[Momento estelar: "¡Niño, monta una chatarra y sácanos de pobres!"]

La explicación de Jill...

Simple: el niño intentó atracar el furgón armado con una máquina de coser: arma de destrucción masiva. :D

[Momento estelar: guest starring... Lupin III!!]

La explicación del Zorrocloco...


Es una bolsa de gas.

[Momento estelar: WTF??]

sábado, 20 de septiembre de 2008

Post interactivo


Atentos a la imagen. La resumo por si hay alguna duda: hay un pipiolo vestido de BBC (boda, bautizo o comunión) o quizá de baile de graduación (con estos yankies impossible is nothing), que sonríe a cámara mientras sostiene una máquina de coser, mientras detrás de él tres policias andan de pie con aspecto de no saber qué hacer (obsérvese que dos de ellos estan de brazos cruzados y otro mira al infinito como esperando algo), y otro señor también se cruza de brazos. Señor que, por el uniforme, bien podría ser el conductor del furgón blindado que ha caído al descampado en obras al lado del parque. Bien, creo que eso lo resume todo.

Mi pregunta es: ¿Qué cojones ha pasado aquí?

Se admiten teorías de todo tipo. Si no queréis postearlo por ahi, escribid en los comentarios y con la mejor respuesta haremos un post explicativo ;) Trabajo en equipo, que le dicen.

Hu-ha!

viernes, 19 de septiembre de 2008

Presentando a...

¡¡EL ZORROCLOCO VECTORIAL!!

¿A que es una monada? Por fin tengo una representación adecuada, y no la zeta chunga que me había puesto para localizar mis comentarios en blogs ajenos XD

Arte, como no podía ser de otro modo, de Anne. Así que ya le estáis haciendo la pelota XD

Mañana sábado tendremos un post interactivo (barra) meme. Os daré una imagen, y vosotros la postearéis en vuestros respectivos rincones explicando cómo cojones se llegó a esa situación. ¡Estáis todos invitados, así que no faltéis!

¡Hu-ha!

lunes, 15 de septiembre de 2008

TDK

Me alegra comprobar que no soy el único al que le parece que Batman se ha pasado la noche bebiendo chupitos y jugando al SingStar xD

sábado, 13 de septiembre de 2008

De apretones de manos... (y final)

La verdad es que releyendo los dos últimos posts me doy cuenta de que debería haber dejado la anécdota corta como lo que era en un principio. Pero bueno, a lo hecho, pecho.

Me presenté al examen de civil con menos cuatro de confianza. Mira que me había tirado horas delante de los apuntes, pero no conseguía que el conocimiento se filtrara dentro de mi cabeza (de hecho llegué a plantarme ante el libro y escenificar aquella escena de Gordo Cabrón y Miniyo. Casi me echan de la biblio). Un asco. Además, había oído que todos los que habían aprobado eran los habituales de clase, y que el tipo valoraba más la asistencia y la participación que el examen en sí.

“Pues mal empezamos”, pensé yo.

De todos modos, como no ir hubiera sido propio de un Capitán de las Sardinas (aye!) me planté allí con lo aprendido, y también con pocas expectativas de éxito. El tipo llegó más serio de lo que lo recordaba, con un esparadrapo en el cuello, entre la nuez y la clavícula.

“Y la cosa mejora”.

Nos mandó a entrar en la clase, dejar los bolsos en el frente y volver a salir hasta que nos asignara un sitio. Como entré de los últimos, casi no quedaba sitio en la tarima para poner nada, y no quería que mi bolso se mezclara con lo de nadie. Estuve un momento dando vueltas hasta encontrar un sitio libre y a mano, por si había que salir rápidamente. El tipo me miraba. Estaba esperando el momento en que me preguntara si yo iba a clase, y me cruzara.

-¿Me ayudas a abrir las ventanas de atrás? Si no esto se hace un horno.

-Ehm… claro.

“Bueno, no habré venido a clase, pero por lo menos parezco útil”, pensé para mí mientras iba abriendo las ventanas. “Ascendido de examinado anónimo a abreventanas”. Terminé y salí. El tipo salió detrás de mí.

-Bueno, ahora vais entrando de cuatro en cuatro. Hasta que no haya sentado a los cuatro, no pasan otros cuatro –me señaló.- Si no te importa, vas controlando que pasen así.

¡Hala! Ascendido de nuevo, de abreventanas a portero.

-Bueno, pues otros cuatros. Tú, aquí con tenis no se entra. Tsss, ¡eh! Sus coláis y os pongo los úrtimos, ¿eing?

Así que fui el último en entrar. One more time. Y no quedaban sitios libres. One more time. Bueno, miento, quedaba una silla. Al lado de la del profesor. Ahí hice el examen. Y la verdad es que no me salió mal, para lo que esperaba. De las treinta preguntas tipo test, creía saber con certeza unas 27, lo cuál ya era una gran sorpresa. De las cuatro preguntas cortas (que valían lo mismo que las 30 tipo test), no tenía mucha idea. Quiero decir que algo me sonaba, pero no en profundidad. Aún así conteste a tres de ellas. Luego llegó el momento de explayarme con la pregunta de desarrollo, y empezar a pedir folios hasta que me dolió la pezuñita.

En cierto momento del examen alguien hizo una pregunta al profesor, y este echó mano de mi examen para contestar. Cuando me lo devolvió se quedó mirándome y me hizo la temida pregunta.

-¿Tú has venido a clase?

Mierda. Hora de ver si la verdad le conmovía. Empecé a contarle que había tenido que aceptar un trabajo que no me dejaba acudir a clase, que me había presentado por mi cuenta a todas las asignaturas, blablablabla. Me miraba de modo neutral, pero se ve que funcionó.

-Bueno, pues inténtalo –me dijo, con una mueca de ánimo.

Y con un peso menos encima, comencé a redactar sobre lo que recordaba de los derechos, la patria potestad y la tutela. Cuando me quedaba poco para terminar me dio por mirar a mi alrededor. Todo el mundo se había ido ya, sólo quedábamos aquel hombre y yo.

-Soy el último –dije sonriendo, como excusándome.

-Termina tranquilo, no hay prisa.

Vamos, que el hombre no era para nada como me lo habían pintado. Terminé el examen y le di las gracias por el tiempo extra. Volvió a preguntarme por mi situación y estuvimos hablando un poco. Sabía que el examen no me había salido tan mal como creía, pero también que no contaría con ningún apoyo por la asistencia a clase, así que, cuánto mejor le cayera, más posibilidades tenía. Al final, en pleno dejà vu de la PAU, le tendí la mano, y el hombre me miró con cara de WTF!, pero una cara de ‘what the fuck’ agradada. Se puso de pie y me la estrechó, sonriendo. Me pregunto si algún alumno habría hecho algo así alguna vez.

-¿Cómo dijiste que te llamabas?

-Zorrocloco.

-Pues encantado de conocerte. Y suerte.

Salí de aquel aula pensando que si alguna vez alguien me iba a ayudar a aprobar por simpático, iba a ser aquella. Sabía que el examen me había salido mucho mejor de lo que creía, pero claro, eso tampoco significaba nada.

Lo que no esperaba es que fuera a tener una de las mejores notas de todo el curso.

La revisión fue coral. Estábamos todos allí sentamos, y el profesor comentaba en alto el examen de cada uno. ¿Injusto? Puede ser. Desde su punto de vista, imagino que se ahorraba así muchos lloros por el qué dirán. Antes de mi turno le tocó a una chica en mi misma situación. No había ido a clase por estar trabajando y demás. El tipo le puso los puntos sobre las íes, mirándonos alternativamente a ambos.

“Ya está –pensé.- Kaput”.

Por mucho que había tratado de inflar la nota, proseguía el profesor, no había llegado para más de un cuatro con cinco. Le sabía mal, pero era todo cuanto podía hacer. La chica se fue hecha polvo y yo subí al cadalso.

-Tú eras… ¿Zarigüeya?

-Zorrocloco.

-¡Zorrocloco! Sabía que empezaba por zeta. Síp. Pues tu examen es muy bueno.

-¿Qué?

-Tienes un sobresaliente.

Rebobinemos.

-Tienes un sobresaliente.

Una vez más.

-Tienes un sobresaliente.

No, aquello no podía ser correcto de ninguna manera. Pero no sería yo quien le llevara la contraria, obviamente.

-Acertaste las preguntas tipo test, tienes una letra un poco… En fin, casi te lo iba a hacer leer aquí, pero me ha cautivado la forma en la que escribes. Escribes muy, muy bien, ¿lo sabías?

Yo lo miraba con una cara parecida a esta ó__Ò

-Y… bueno, no puedo evaluarte en asistencia, pero sí que tuviste un par de actuaciones puntuales en el examen que me parecieron de lo más correctas…

El tipo siguió deshaciéndose en halagos y preguntándome si había destacado en el instituto, o si mis padres eran abogados.

Y yo con esta cara ó__Ò

Luego se interesó por los aspectos más difíciles a la hora de estudiar la asignatura desde mi punto de vista, y terminó invitándome a participar en un grupo de estudio que iba a formar en diciembre.

-Muchos son chicos que han suspendido, así verán que se puede aprobar –dijo mientras me estrechaba la mano.- Pues venga, un abrazo, y sigue adelante.

Salí de allí con esta cara ó__Ò

Fui hasta el coche con esta cara ó__Ò

Conduje hasta el lavado de coches con esta cara ó__Ò

Lavé el coche con esta cara >___< (es que salpicaba el chorro de la manguera).

Y luego ya hice un par de llamadas y comenzaron las risas, los WTFs!! y el jolgorio. Os aclaro que NO soy la típica niña pedante y empollona que sale de los exámenes diciendo “o’saaaa, me ha salido super mal”, y luego está abonada a las matrículas. He sacado todo este año con cincos. Y os aseguro también que derecho civil me había llegado a obsesionar, pensando que jamás en la vida metería ese libro en mi cabeza (no hablemos ya de derecho laboral, y eso hablando de los derechos que conozco…). Aún me quedan por delante dos años de carrera llenos de asignaturas que me provocarán ganas de aplastarme la cabeza a golpes contra el mobiliario o escuchar poesía vogona. Pero si he sacado un sobre en civil, no hay asignatura de esta carrera que no pueda sacar.

Recordad, niñas. Los apretones, cortos y firmes. La mirada, amable y directa a los ojos. Y la sonrisa siempre puesta.

Mal no hace ;)

¡Hu-ha!

jueves, 11 de septiembre de 2008

De apretones de manos... (y dos)

Bueno, antes que nada, pedir perdón por el retraso a los habituales. Mea culpa, y tal y cual. Aquí tenéis lo que os escamoteé ayer.

Nos habíamos quedado al salir del examen de lengua, donde por primera vez tuve el gusanillo del “¿y si…?”. No quería pensar demasiado en ello para no chafarlo (una de las pocas cosas en las que soy supersticioso), pero en el fondo ya fantaseaba con poder presumir de coco, de haber aprobado sin tocar un libro. Anyway, por muy tentadora que fuese la fantasía, era consciente de que aquello no iba a hacerse realidad.

Los exámenes siguientes se encargarían de demostrármelo.

Nunca me ha gustado el estudio literario, y mira que me encanta leer; sin embargo, coger una novela y destriparla por completo, narrador, psicología de los personajes, stream of consciousness y demás, jamás me convenció. Para mí era el equivalente a estos programas en los que se destripan trucos de magia. Le quitaban toda la gracia al asunto. ¿No basta con leer el libro y quedar conmovido? ¿Con que los personajes se conviertan en tus camaradas y sus aventuras en las tuyas, por extensión? ¿Por qué hay que medir y cuantificar todo? La gente no parece darse cuenta de que si bien en algunos casos un somero análisis, o algunas ideas generales sobre literatura pueden hacer que una obra se disfrute a más niveles, a mi modo de ver, en la mayoría de ocasiones, lo único que consiguen es que “eso” que caracteriza a la obra se pierda bajo la escrutadora mirada del crítico, qué decidirá qué debemos o no ver en tal y cual pasaje. ¡Oh, este poema está en blank verse! (off-topic: ¿se nota mucho que todo el análisis literario que he dado, lo he dado en inglés? XD) ¡Ya me gusta más! No, señores. La poesía es poesía. Te gusta o no te gusta. Punto. No me toquen más los cojones, que la gente lleva toda la vida disfrutando de Shakespeare aún cuando no saben que las metáforas no viven en el mar.

Pues algo parecido me pasaba con la historia del arte. Odiaba estudiar los balances de color, la composición, etc., etc. Pero, sobre todo, odiaba tener que aprenderme de memoria cosas como: “lo más característico en la obra de fulanito de tal eran… los pliegues. Hacía unos pliegues… ¡Qué pliegues, señora! Que uno los ve y le dan ganas de pasarles una plancha por encima, de lo reales que son…”. Pocos conocimientos adquiridos en mi vida me han parecido más absurdos. Salvo quizá que la palabra “cuchara” es un verbo (a mí no me miréis, mirad a mi profesor de morfosintaxis del español).

Cuando no te ponían pliegues o chorboalucinantes claroscuros, te ponían algo así:

Me encanta poner este cuadro de ejemplo

Y te decían: “esto es una crítica al arte, que pretendía romper con las barreras de los convencionalismos, rucu rucu rucu rucu… ¿No es un genio?”.

Efectiwonder, es un genio. De la estafa, pero un genio de todos modos. Mis respetos, maestro. Yo no podría ganarme la vida así. No sé mentir. Una vez presenté una lámina en blanco en dibujo artístico y me plantaron un cero de lo más garboso. Ese día aprendí dos cosas: que el arte no es democrático, y que el verdadero talento está en venderle la moto al resto del mundo, y no en el arte que haya en tus cuadros.

En fin, que me enrollo. Que no sólo historia del arte no me gustaba, sino que es la asignatura que más rápidamente he olvidado en mi vida. De hecho, cuando me senté en el examen y me pusieron aquella fotocopia mal hecha de una estatua y una cúpula yo dije: “¿y esto lo hemos dado en clase?”. Al salir no tenía ninguna duda de que aquel examen iba a recibir nota negativa. De hecho, no descartaba la idea de que me suspendieran historia del arte de bachillerato de manera retroactiva. Ahí comencé a darme cuenta de que, al fin y al cabo, los otros no me habían salido tan bien. El de inglés seguro que estaba aprobado, pero los demás no pasarían de ser suspensos altos, en el mejor de los casos. No nos importaba. De todos modos íbamos a hacer el ciclo. Aquello sólo un divertimento.

Aún así decidí ir al resto de exámenes.

Esa tarde tocaba diseño, en el aula de nuestro instituto. Los exámenes de arte-arte, el de diseño y el de dibujo artístico, se darían en la Escuela de arte, por el obvio motivo de que estaban mejor acondicionadas para ello que un aula normal. Así que allí estábamos todos en aquella sauna gigante que era el instituto, recién comidos. Desde el sitio del profesor, si mirabas por encima de nuestras cabezas, podías ver las zetas de sueño arremolinarse en torno a la salida de aire del techo.

Repartieron los exámenes. Un par de preguntas teóricas y el diseño de una lámpara. Con dos cojones. Como no tenía ni idea de diseñar lámparas (para más información sobre mis habilidades con lámparas y bombillas, pulse aquí) decidí empezar por la teoría. No llevaba ni dos párrafos de la primera pregunta cuando alcé la vista, alcanzado por un súbito rayo de memoria.

El examen de dibujo era mañana.

La cita de preanestesia de mi operación también.

El examen de dibujo era a las nueve de la mañana.

La cita, también.

Le di varias vueltas al asunto, conté con los dedos, y finalmente llegué a la conclusión de que no podía estar en ambos sitios a la vez. El cómo había hecho mi mente para olvidar la cita con el médico después de más de un año de estar en lista de espera era algo que me superaba. Gracias daba por haberme acordado un día antes y no un día después. Mordido, me levanté de la mesa y fui a la del profesor. Muy serio, y con el modo supereducado on le expliqué mi caso, y le pregunté si habría algún modo de solucionarlo, puesto que no era una cita médica cualquiera: hacer el examen después, o antes, o incluso ese mismo día, tras el de diseño.

El tipo, muy amablemente, me explicó que no era posible cambiar ninguna fecha de examen para adaptarla a las necesidades de los alumnos. Cada uno tenía sus circunstancias personales, y no sería justo hacerlos con unos sí y con otros no.

-Lo entiendo –dije, y era verdad.- En todo caso, si no hiciera el examen, ¿pod…?

-No sé puede faltar a ningún examen –me cortó con una mueca de pena.-. Si faltas, se te quita de las lista de examinados. Lo siento.

Asentí con la cabeza, apesadumbrado. Verdaderamente había creído posible por un momento el aprobar, aunque fuera con notas raspadas. Y ahora me daba de bruces con la realidad. Las cosas nunca son como en las películas [Sube la música de violines].

-Bueno… -dije con vos rasposa. Me aclaré la garganta y empecé de nuevo.- Bueno, y con el examen, ¿qué hago?

-Entrégalo si quieres, y tiras la hoja con las preguntas a esta papelera.

-De acuerdo.

Volví a mi sitio caminando despacio, bajo la mirada de T. y su ceño fruncido. Me encogí de hombros, recogí mis cosas y le di el examen al profesor. El tipo me miró con pena.

-Lo siento. De verdad.

Volví a encogerme de hombros, y le tendí la mano. Sorprendido, el tipo me la estrechó. Un apretón corto y firme, como debe ser.

-No se preocupe. No puedo pretender que se cambien las normas por mí –sonreí de medio lado, como hago yo.- Nos vemos en septiembre.

Cuando salí del aula, manos en los bolsillos y andar resuelto, no sentía pesadumbre alguna. Había tomado la firme decisión de sacarme la PAU. Vamos, por mis santos cojones que la sacaba.

Ahora dejemos al joven Zorrocloco-pseudo-Rocky, y adelantémonos un poco en el tiempo, hasta el examen de ilustración. Aquella mañana sí estaba nervioso. Tenía que pasar la prueba porque de idiota no había cogido la optativa de fotografía en primero, pero todo el mundo me había dicho que no pasaba nada por no tener ni idea de la teoría. La ilustración valía siete puntos de la nota final. A eso me agarraría.

Cuando me dieron el examen vi que la ilustración que debíamos hacer era una portada de Alicia en el País de las Maravillas. Algo muy sencillo… Si alguna vez te has leído el cuento o visto la peli de Disney. No era mi caso. Todo lo que yo recordaba era a Ghoopi Goldberg haciendo de gato con una boca enorme llena de dientes que de pequeño me daba miedo y una señora con un bebé que no paraba de gritar y que luego resultaba que era un cerdo humano. Jodidamente escalofriante, aquella puta película con actores reales.

No puede ser que tenga tan mala suerte –pensé azorado.- Piensa, ¡piensa! ¡Aunque no lo hayas leído, es parte de la maldita cultura popular!”.

Así que comencé a estrujarme el cerebro. Recuerdo que lo primero que me vino a la mente fue un conejo blanco, pero lo descarté inmediatamente. “Eso es ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’”. Pero el conejo no se iba. “Espera… ¿Roger Rabbit tenía un reloj de bolsillo? ¡No! Eso es de Alicia. Vale, ya tengo otra cosa que añadir”.

En aquel momento el recuento total de elementos para la portada era de una chica rubia y un conejo con un reloj. Yeah. Así surgen las grandes historias.

Poco a poco más cosas fueron pasándome por la cabeza. La frase: “¡Que le corten la cabeza!”, unos tipos disfrazados de baraja de póker, un fulano con un sombrero…”.Creo que eso era todo lo que tenía mi portada. Ah, y un gato con una enorme boca llena de dientes en lo alto de la rama de un árbol. Lo curioso del caso fue que unos meses después leí por fin el cuento (que me gustó mucho, por cierto. Y no me dio miedo. De verdad), y descubrí que no andaba tan desencaminado con la portada.

Pero claro, en aquel entonces no lo sabía, y salí del examen intrigado por la nota que podría tener. Acabadas las clases y la PAU, la escuela estaba completamente desierta. Caminé hacia el hall muy despacio, regodeándome en el edificio vacío (me encantan esa clase de cosas). Cual no sería mi sorpresa cuando al llegar a la entrada vi a mi tutora y al resto de mis compañeros.

-¿Qué estáis haciendo aquí?

-¡Ey, tío! ¡Las notas de la PAU! ¡Aprobé! ¿Y tú?

-…

Vi a Nat al lado de la tutora, y me acerqué a despedirme de ambas. No creo que olvide el momento en que la profesora se giró hacia mí y me felicitó con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Felicidades!

-¿Por qué?

-¡Oh! ¡Pues por el aprobado!

Y me tendió la hoja de notas de la PAU, que paso a transcribiros ahora (va, no seáis así, dejadme presumir):

Nota media de los cursos de bachillerato:

Primer curso: 7’3
Segundo curso: 6’9
Nota media: 7’1

Calificación de las pruebas:

Primer ejercicio:

Lengua: 7’75 [¡¡¡¡JÓDETE, JÓDETE, JÓDETE, PUTO HÁMSTER DE LOS COJONES!!!! ¡¡¡¡JÓDETE, TÚ Y TUS APROBADOS POR PENA!!!!]
Inglés: 10’00
Historia: 6’50

Segundo ejercicio:

Dibujo Artístico: 0’00
Historia del arte: 3’75
Diseño: 1’30

Nota del primer ejercicio: 8'01
Nota del segundo ejercicio: 1’76
Nota media de las pruebas: 4’92

Calificación definitiva (nota pruebas + media bachillerato)

APTO (6,229)

Hasta me he emocionado al recordar la escena y todo). Pocas veces he gritado de felicidad en mi vida. Muy pocas. Siempre he sido una persona de lo más comedida, de guardar la compostura y no dar espectáculos. Recuerdo que chillé como una nena a los once años, cuando me regalaron mi primer ordenador (Windows 3.11 y 4 megas de RAM, ¡yeah!). La otra vez fue en ese momento. Sólo que para entonces ya se me habían caído las pelotas, y más que un chillido fue un rugido de victoria. Agarré a la profesora, la levanté en vilo y di una vuelta completa sobre mí mismo con ella en brazos. Le crují todos los huesos de la espalda. A ninguno nos importó. La pobre mujer estaba casi más exultante que yo. Luego empezaron las llamadas a todo el mundo. A Marvel, a T. No daban crédito de lo que les contaba.

-¡Pero si te fuiste del examen! –me decía uno.

-¡Pero si no fuiste al de dibujo! –me decía la otra.

Luego llegaron las comparaciones, y ahí ya se agrió un poco la cosa. No sólo había aprobado, sino que había sacado la mejor nota de todos mis amigos.

-Vaya, pues… enhorabuena… Aunque sigo sin saber cómo te han aprobado, la verdad…

Pero a mí no había quién me aguara la fiesta. Además, sabía perfectamente qué había pasado. Y lo que había pasado fue mi charla con el profesor. Estaba (y estoy) completamente convencido que después de ver cómo me lo tome y como hablé con el hombre, y de mi decisión de volver en septiembre, había habido una charla sobre mí. Y a la hora de poner las calificaciones, habían comprobado que antes de entregar el de diseño, sólo había suspendido el de historia del arte. Y que el diez de inglés me compensaría un cero en dibujo, pero no un “no presentado”. No me cabe ninguna duda tampoco porque, pese al diez, el único modo de que llegara al 4’9 sería gracias al punto y poco que me puso el examinador de diseño por aquellos dos párrafos y medio de la primera pregunta.

Jamás volví ver a ese hombre. Hasta he olvidado su cara. Pero me gustaría pensar que a lo mejor algún día cae por aquí y se reconoce en esta entrada. Y se enteraría así de lo agradecido que le estoy. Agradecido, porque no sé qué hubiera sido de mi vida si no hubiera aprobado la PAU en aquel momento. Jamás me la habría sacado en septiembre, de eso estoy seguro. Aún no poseía la fuerza de voluntad que tengo ahora (léase “fuerza de voluntad”, con comillas y la boca chiquita). E incluso aunque no entré en la universidad ese año, ni en el ciclo (que por cierto, también aprobé ese examen y me dieron plaza), por estar sumido en una crisis existencial de la que no saldría hasta hace unos meses (de los 18 a los 21, mal momento para esta clase de cosas. Mal momento, y bastante común, también), cuando por fin encaucé mi vida, pude hacerlo gracias a aquel examen aprobado.

Así que, si alguna vez lee esto, GRACIAS.

Y esa, queridas niñas, fue la forma en que aprobé la prueba de acceso a la universidad, y también la historia de cómo me gané el apodo de San Zorrocloco de los Milagros Académicos entre mi grupo del instituto.

Y como este post ha quedado aún más largo que el anterior, me temo que tendremos que esperar hasta el fin de semana para averiguar qué demonios pasó con el examen de Derecho Civil. Que hasta Anne está intrigada, y eso que lo sabe XD

¡Hu-ha!

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Fe de erratas

Que donde en el otro post pone que lo terminaba el miércoles, por un error de imprenta debería poner jueves. Sí. Eso. Malditos duendes de los blogs...

[El Zorrocloco agacha la cabeza y huye corriendo en zigzag antes de que lo apedreen. Mañana está, prome. Sólo... no le hagan pensar hoy]

lunes, 8 de septiembre de 2008

De apretones de manos, o: "cómo la educación lo puede todo".

Antes de entrar en el tema de hoy, voy a contaros brevemente (juas!) una historieta:

Corría el año 2004 cuando terminé el bachillerato de artes. En aquella época de mi vida tan romántica tenía clarísimo que de mayor sería dibujante de cómics. O quizá escritor de éxito. Como veis, pese a sacar buenas notas, no era un niño muy inteligente.

De hecho era tan poco inteligente que, como no la necesitaba para hacer el ciclo de ilustración, me negué a hacer la PAU. Mi madre ya había soltado en el banco la pasta en concepto de derecho de examen, así que la noticia no le hizo demasiada gracia. Y por mi futuro tampoco. Durante las dos semanas entre el final del curso y el examen de acceso a la universidad tuve bronca casi a todas horas. Mi pobre madre acabó desquiciada. Le tengo que comprar algo bonito, por cierto, que ahora llega su cumpleaños.

El caso es que ni las amenazas ni el chantaje emocional dieron fruto. Haría falta algo completamente diferente para que acabara examinándome: el aburrimiento.

Allí estaba yo, el primer día de PAU, echado en la hierba del campus de Guajara, disfrutando del sol (o más bien, de la sombra) y del buen tiempo, mientras a mi lado Marvel, Nat y T., mi novia del instituto, se mordían hasta los codos mientras apuraban los últimos minutos de repaso antes del primer examen. Mirara donde mirara no veía más que caras angustiadas y gente nerviosa, y no podía evitar que una mariposilla de sádica satisfacción aleteara plácidamente en mi barriga a sabiendas de que era el único que no se jugaba nada aquel día.

Acompañé a los chicos hasta la misma puerta del aula. Hasta el último momento T. me regó que entrase.

-Venga, entra, por favor. Es inglés, seguro que lo haces genial –me decía. Yo negaba con la cabeza.- Pero entonces, ¿qué vas a hacer las próximas dos horas y media hasta que salgamos?

Estúpidamente, aquel argumento tuvo más peso que cualquiera relacionado con mi futuro. Imaginándome solo y aburrido hasta la náusea en aquel campus, pedí prestado un boli a T., saqué mi DNI y entré al examen. “Total –pensaba.- al menos tendré la mente ocupada”.

Y el caso es que el examen de inglés me salió muy bien. Menudo repaso le di al ‘big bottle’, o botellón, para los no leídos, que recuerdo que hasta pedí hojas extra para terminar el comentario de texto. Salí convencido de que iba a tener al menos un siete. T., por supuesto, decía que tendría más nota seguro. Por un fugaz momento me imaginé que todos los exámenes fueran así, y casi pude verme aprobando sin haber tocado un libro. Tan rápidamente como había aparecido, mi cerebro descartó aquella idea. Al fin y al cabo, lo mío con el inglés no se extendía al resto de asignaturas.

El siguiente examen resultó ser de historia de España. La verdad es que no recuerdo nada de él, salvo que no dejé apenas márgenes (suelo ser muy cuidadoso con eso) y perdí medio punto por ello; y que respondí como buenamente pude, supliendo la falta de datos con paja y opiniones escritas en un tono a medio camino entre la burla y la épica. Terminaba mi comentario de texto con algo así como: “… y lucharon nuestros abuelos, y más tarde nuestros padres durante la transición, por el establecimiento de una democracia y unos derechos que nosotros, jóvenes y futuro del pueblo, no debemos olvidar, sino antes bien, defender hasta las últimas consecuencias”. Si girabas la cabeza podías ver la bandera española hondeando a mi espalda, con Bugs Bunny vestido de militar arengándome al frente, como en esa escena de Space Jam imitando a Patton. Recuerdo que contesté de esa manera, aparte de porque en el fondo es algo que pienso (aunque no con esa grandilocuencia), porque el profesor era un señor muy, muy mayor, y deduje que si seguía en la universidad tras la época de Franco debía tener ideología de izquierdas (no me preguntéis por el hilo de razonamiento, yo mismo también me extraño. Ni siquiera sabía si ese tipo iba a corregirme el examen). Viéndolo en retrospectiva, me recuerda bastante a este otro examen. En ambos casos acerté. Pero no adelantemos acontecimientos.

Salí del test de historia calculando por lo alto alrededor de un tres y medio o cuatro, lo cual no estaba nada mal para no haber estudiado. Seguía estando bastante orgulloso de mí mismo, y total, no me jugaba nada.

-¿Cuál es el siguiente examen? –pregunté.

Marvel me miró divertido.

-Lengua.

-Su puta madre.

Puntualicemos. Nunca fui de esos chavales que creen que los profesores tengan manía a determinados alumnos. De hecho, los niños que se quejaban de eso solían ser los más hijos de puta en términos absolutos, así que no era que el profesor fuera malvado; era que le daban todos los motivos del mundo para escacharlos con premeditación y alevosía.

Eso fue hasta que conocí a María Candelaria Hernández Lorenzo.

Hay gente que no debería estar en un aula. Gente a la que no se le dan bien los niños, o no les gusta dar clases, y el de maestro es tan solo para ellos un trabajo como cualquier otro con el que llevar dinero a casa a final de mes, pero con más vacaciones. Aparte, existe un selecto grupo de docentes que parecen disfrutar causando estragos en los expedientes y las psiques de los chavalines a los que tienen el deber real y moral de enseñar.

Esta… señora, representa la quintaesencia de uno de esos casos. No es que fuera dura. Dura era la Trucha, que me dio clase de sociales y de francés en el colegio, y a quien todos los niños teníamos pánico, y aún así reconozco que está entre los mejores docentes a cuyo cargo me han dejado. Esta señora se dedicaba a machacar a la clase. Explicaba como el culo, CUANDO le daba la gana explicar, marcaba cantidades inhumanas de tarea y calificaba como si sólo pudiera contar hasta seis. La clase entera la odiaba a un nivel que daba miedo.

Trimestre tras trimestre fui suspendiendo lengua castellana, asignatura donde nunca antes en mi vida había bajado de un notable alto. No sólo hizo que odiara el análisis del lenguaje, tanto morfológico como, especialmente, sintáctico (una de las razones por las que más tarde abandonaría filología inglesa), sino que, además, logró convencerme de que no podía con ello. De que no daba para más, ni siquiera para un comentario de texto decente. A (modestia aparte). Llegó a decirme, el día de las notas a final de curso, que me había aprobado por pena, porque se notaba que, pese a ser un vago, al final había intentado ponerme las pilas, pero que, claro, no había de dónde sacar.

Y encima me recuerdo dándole las gracias.

[El Zorrocloco se toma un momento de descanso, cierra los ojos e inspira profundamente. Retiene el aire. El Zorrocloco no pesa. El Zorrocloco es liviano como una pluma, una pluma que vuela alto, muy alto, far away…]

Bien, sigamos.

Entenderéis que mi alegría fuera decreciendo a medida que tomaba asiento y leía las preguntas del examen. Sin embargo tampoco llegué a embajonarme; al fin y al cabo seguía sin jugarme nada, haciendo esto por gusto. Contesté al análisis morfológico, y luego al sintáctico con bastante rapidez y sin apenas dudas, aunque ya sabía por experiencia que una cosa es hacerlo sin asomo de duda y otra hacerlo bien. Estaba acostumbrado a realizar con facilidad análisis que luego en clase se probaban completamente erróneos.

Para cuando llegué al comentario de texto estaba bastante hasta los cojones, así que ni me planteé cómo era la estructura según qué texto; leí el artículo, y puse lo que pensaba de él. Punto. Creo que salí de los primeros de aquel examen. Sentado en las escaleras, hacía tiempo repasando mentalmente mis respuestas y tratando de convencerme a mi mismo de que no estaba tan mal. De hecho, estaba bastante seguro de haber conseguido, pese a todo, por lo menos un cinco.

Una idea llevaba rondándome la cabeza desde que salí del primer examen, aunque hasta entonces había tratado de reprimirla. ¿Sería posible el milagro?

¿Y sabéis qué? Que hay que ver como me enrollo, que el post iba a cuenta de mi examen de derecho civil y esto era sólo una pequeña anécdota introductoria. Pero como el tema tiene chicha (no penséis que todo fue tan fácil como llegar y hacer los exámenes… Ojalá), lo divido en dos partes para que no se haga aburrido.

¡Hala, hasta el miércoles!

[Inserte aquí risa malvada número cuatro] ;)