domingo, 31 de agosto de 2008

Before I die I want to... Polaroid

Haciendo acopio de voluntad, en una épica travesía que algún día lejano relatarán sin duda poetas ciegos, logré salir la otra noche de debajo de mis apuntes de Derecho civil (no me sé una mierda y me presento mañana. ¡Deseadme suerte!) y me fui un rato al portátil a hacer vida social (la única que he tenido en estas dos semanas ha sido a través del PC, no os digo más).

El caso es que navegando me encontré con la noticia de que se dejan de fabricar Polaroids de las de toda la vida, esas que veíamos en las películas americanas. Sí, coño, esas que imprimían la foto en el momento. Esas. Las que parece que tenían un mago pequeñito dentro para ser capaces de hacer eso. Pues ya no van a hacer más; ni cámaras, ni minimagos.

Adíos a mi sueño de rociar a una mujer de champán y nata en una suite de hotel en Las Vegas mientras le sacaba instantáneas que dejaría descuidadamente sobre la cama sin hacer al marcharme. Maldito progreso (¡maldito, maldito progreso!).

El caso es que navegando desde la noticia llegué a una página de dos jóvenes artistas americanas con un curioso proyecto:


Por supuesto, no me levanté de la silla hasta que no hube leído todas las voluntades que resultaban legibles (¡malditas, malditas artistas americanas!). Mi lado curioso, voyeur, no me lo permitía. Quería verles las caras. Querían saber qué era lo que más anhelaban (dentro de las cosas que se pueden contar, claro). Aquello tras lo que uno puede mirar a su alrededor con una sonrisa y decir: "Yo ya estoy".

Y cómo aún después de todos esos personajes anónimos (las propias artistas están retratadas, por cierto. Y, aunque no me creáis, adiviné quién era una de ellas^^) me sigue picando la curiosidad, quiero que me lo contéis vosotros.

¿Cuál es vuestro mayor deseo? Aquello que, si pudiérais elegir, no dejaríais de hacer bajo ningún concepto antes de morir. Yo lo tengo claro. ¡Hale, a comentar!

miércoles, 27 de agosto de 2008

100

Hay que joderse. Cien entradas ya. Quién me lo iba a decir a mí, con lo inconstante y vago que soy. Tan inconstante y vago, fijáos qué os digo, que empecé a blogear en 2006 y vengo a conseguir las cien entradas a los dos años. ¡Con dos cojones!

Bueno, no, estoy mintiendo. Mis comienzos blogeros se remontan a antes del rincón y de ser el Zorrocloco, a un blog de cuyo no quiero (ni puedo) acordarme. Era el típico blog negro con letras blancas que se ponen los chavales para hacerse los oscuros e interesantes (dicho sin ánimo de ofender a nadie, pero la verdad es que tengo prejuicios contra esa plantilla en concreto). Llevaba en él una especie de diario, del palo: "Hoy he salido a correr antes de comer. Había camarones de primero y helado de postre. Más tarde me he echado la siesta y luego... Bueno, he venido aquí y estoy escribiendo esto".

Dios, aquello apestaba. Sí escribi cinco posts, muchos fueron. Luego suprimí el blog antes de que alguien cayera allí por casualidad (por aquel entonces yo era uno de esos lectores fantasmas a los que les da vergüenza comentar porque tienen la impresión de que todo el mundo se conoce y se siente como un intruso, así que pocas posibilidades había de que alguien apareciera por allí, pero bueno. Por cierto, aprovecho esto para decir a mis posibles lectores-fantasma que comenten, que aquí no mordemos a nadie -a no ser que eso os mole, cuidao). Y me puse a pensar.

¿Qué clase de blog es el que me gusta a mí? El que me hace pasar un buen rato y me arranca alguna risa, sea del modo que sea; contando anécdotas, explicando temas de actualidad... No los diarios petardo.

"Bueno -me dije-, creo que eso puedo hacerlo. No es que mi vida sea una montaña rusa de acción o aventuras, pero siempre he podido ver el lado absurdo de las cosas".

Y así fue como empezó todo. Sin explicaciones ni presentaciones (ya me iríais conociendo por los posts). Tan sólo el meollo del asunto. La anécdota.

Eso fue en 2006. Anda que no ha llovido desde entonces. Cuando empecé el blog todavía estudiaba filología inglesa (Dios, también deberíais ver esto) y salía con cierta chica. Nada de eso perdura (a Dios gracias).

Entremedio ha habido un poco de todo: he intentado joderme la moto yo solo (que por cierto, ahora hace un ruidito que no sé yo... ¿Será que nunca le he llevado a revisión y ya tiene más de 10.000 kms?), empecé a trabajar en Carrefour, lo que dio para un montón de anécdotas, tanto de compañeros como, especialmente, de clientes (aquí una bonita, para compensar), e incluso me saqué el carné (con 21 tacos ya iba siendo hora...).

Os he contado cosas muy personales y habéis sido testigos de algunos de mis primeros pasos (y dos). También de momentos de euforia y otros de pura mosca. Incluso de esos escasos de felicidad pura y dura.

A todos los que habéis pasado por aquí, y especialmente a los que os habéis quedado, gracias.

Post número cien. Y los que nos quedan.

jueves, 21 de agosto de 2008

El titularazo

La Generalitat acusa a 4.000 empresas de "lavarse las manos" ante los accidentes.

El Gobierno catalán ha vuelto a crear malestar entre los empresarios con una campaña que, de nuevo, pretende sensibilizarlos sobre la prevención de los riesgos laborales. El departamento ha enviado desde julio 4.000 cajas que contienen un jabón y una toalla a las empresas con un índice de siniestralidad laboral superior a la media del sector.

Real como la vida misma

miércoles, 20 de agosto de 2008

El cajero que hay en mí

Como reza un antiguo proverbio hindú: "Podrás sacar al chico de la caja, pero no podrás sacar al cajero del chico". Eso quedó demostrado el lunes, cuando me puse en la cola del Hiperdino de mi barrio.

El Hiperdino viene a ser la versión canaria del Supersol, y el de mi barro viene a ser el primo pobre de los hiperdinos: pequeño y falto de productos, sucio (hay chorretes de mierda en el suelo de la entrada que ya estaban cuando se inauguró el local), y con una plantilla la mar de amargada. Aunque cobrando lo que cobran no me extraña. Para más inri la próxima semana abren un Mercadona super-mega-estiloso a cincuenta metros, pero eso es otra historia (los Mercadona planean conquistar el mundo, en mi barrio ya hay tres. Van a acabar haciéndose la competencia los unos a los otros).

El caso es que tras coger mi compra me puse a la cola. Éramos unas seis personas y sólo tenían una de las dos cajas abiertas. La chica que estaba en caja, una treintañera flaquita con cara de buena gente, hacía lo que podía para agilizar la cola. Se la veía agobiadilla.

Detrás de mí se puso una señora mayor, de unos cincuenta y pico largos, vestida en plan "voy a por el pan" (todos conocemos esos chándales -para él.- y esos vestidos estampados de estar por casa -para ella.-). Y empezó a refunfuñar por lo bajo.

-Mhhrhrgrh esde luegohsgdgbeahc ca verguenza....

Y entonces empezó a hablar a voces.

-¡OYEEEE! ¿Y NO VA A VENIR NADIE A ABRIR LA OTRA CAJA? ¿EHHH?

La gente se giró a mirar y la señora se escondió detrás mío (lo juro), haciendo jijiji, así, en falsete y por lo bajini, como para quitarle hierro al asunto. Al momento volvió a la carga.

-¡OYEEEEE! ¡LLAMA A TU COMPAÑERAAAAA! -volvió a esconderse detrás de mí y luego, por lo bajo:- Son más vagas que la chaqueta de un guardia.

Me giré y me la quedé mirando, serio (tengo una cara de mala hostia que tira p'atrás). Me sonrió y dijo: "Jijiji..."

La chica de caja le pegó un grito a la compañera, sita en un punto desconocido del local, pero por allí no apareció nadie. La vieja que tenía detrás comenzó otra vez con la matraquilla, y otra vieja se acercó a la cajera con un palo de fregona en la mano para que le mirara el precio.

-Señora, se lo acabo de mirar.

-No, este es diferente -y chasqueaba la lengua y se subía las gafas de culo de vaso .

-Señora, que es el mismo modelo.

-No, este es diferente.

Yo ya sólo con ver la cara de la chica me estaba calentando. Nadie decía nada y la vieja seguía gritando detrás de mí.

-¡DESDE LUEGO, QUÉ POCA VERGUENZA! ¡ES QUE SON MÁS VAGAS QUE LA CHAQUETA DE UN GUARDIA!

La cajera miró para donde estábamos y la vieja se escondió a mi espalda de nuevo. Di un paso a un lado y me giré hacia ella fulminándola con la mirada y con mi supervoz (otro de mis superpoderes: cuando me cabreo mi voz se vuelve aún más grave), inclinándome hacia ella, le espeté:

-Señora, la chica no tiene culpa de ser la única que está en la caja, ¿eh? Así que un poquito de respeto, que una cosa es una cosa y otra faltarle al respeto a la gente que SÍ trabaja.

La señora me miraba con la boca abierta. Supongo que no estaba acostumbrada a que le plantaran el machango.

-Pe-pero... ¡No! Si yo no me estoy metiendo con...

-Pues es justo lo que parece.

Abrió y cerró la boca un par de veces antes de volver a hablar. Yo ya me había girado de nuevo (con los cachetes colorados, algo que me da mucho coraje que me pase >___< style="font-size:85%;">Jijijiji
...

Qué asco de mujer, por Dios. De camino a casa se me ocurrieron cinco o seis variantes con las que podía haberle plantado la mosca, pero en el fondo me alegré de haber sido diplomático y no haberle dicho que: "la chica no tiene culpa de ser la única que está en caja, así que muestre un poco de respeto por la gente que sí trabaja, no como usted, una vieja amargada que no ha dado un puto palo al agua en su vida y combate su frustración faltándole al respeto a quien no puede contestarle".

¡Es que son muchas cosas que se guarda uno en caja, oyes! Os digo una cosa: se puede saber cómo es una persona por cómo trata a los empleados de los sitios. Eso sí, también os digo que hay por ahí más de un camarero o dependiente al que habría que colgar de los dedos gordos de los pies.

En fin, gilipollas hay en todos lados. Y en la cola del súper, más.

lunes, 18 de agosto de 2008

Hasta el pedo de una mosca

Entre los muchos superpoderes que poseo (como, por ejemplo, leerle la mente a Jill), está el del superoído nocturno. Esto es, de día oigo como un mortal más, pero cuando llega la noche... ¡Ah, amigo, cuando la noche llega! En cuanto cierro los ojos despierta en mí una capacidad auditiva que asombraría al mismísimo hombre de acero.

Añade eso a que cualquier ruido acompasado, como el tictac de un reloj o un grifo que gotea, me pone de los nervios, y tendrás la ecuación por la que me paso tantas noches en vela. Como anoche, sin ir más lejos.

Como en mi cuarto hacía un calor del copón decidí aprovechar que mamá-zorrocloco no estaba en casa y expandirme allende fronteras hasta su cama (que por cierto, es cuatrocientas cincuenta y tres veces más cómoda que la mía. Claro que mi colchón tiene casi mi edad. Por supuesto, nada al lado de los más de cuarenta años que lleva mi abuelo planchando la oreja en el mismo Pikolín. Un hombre que odia los cambios, mi abuelo. Y todo lo demás también).

Así que allí que me fui con mi mantita y mi colcha, que tampoco era cuestión de desarmar la cama por completo, que me conozco. Me arrebujé bien arrebujado, apagué la luz, y a dormir con los angelitos. En esas estaba cuando lo oí. Tic, tac. Tic, tac.

No puede ser, me dije. Si el despertador de mi madre es digital.

Tic, tac. Tic, tac. Tiiiiiiiiic, taaaaaac.

Resoplé y encendí la luz. Miré a la mesilla de noche. Efectivamente, un despertador digital. Y esos no hacen tic. Eché un vistazo a mi alrededor. Ningún otro reloj, ni sobre los muebles ni en la pared. Medio mosqueado me volví a acostar.

Estoy obsesionado, pensé para mí. Carraspeé un poco y comencé a dejarme sobar otra vez. Al momento estaba sentado y con la luz encendida de nuevo.

-Vale, aquí hay un reloj -y me paré a escuchar.

Nada.

Y seguí escuchando.

Nada de nada.

Fui hasta la cocina descalzo y di un trago al cartón de leche. No usé vaso [inserte aquí risa malvada.] Me estiré un poco y volví a la cama. Escuché un momento antes de meterme bajo la manta, pero no oí nada. Me tapé de nuevo y apagué la luz. Pero esta vez no traté de dormirme. Estaba esperando. Sabía que estaba ahí. Y, efectivamente, al momento volví a escucharlo. Tic, tac. Su puta madre. Tic, tac. Ese montón de ruedas dentadas se estaba riendo de mí. Tic, tac.

Despacito, sin encender la luz, estiré un poco el cuello y pegué la oreja a la pared. Tic, tac. El sonido no venía del otro lado. Me deslicé sibilinamente hasta una de las mesillas de noche, y escuche. Tic, tac. Frío. Como si de una operación encubierta se tratase, me di la vuelta leeeeeentamente, y me arrastré hasta el otro lado de la cama. Tic, tac. No se oía nada.

¡TIC, TAC, TIC, TAC, TIC, TAC!

¡Vamos, hombre, hasta ahí podíamos llegar! ¡Con cachondeítos a mí!

Me puse en pie de un salto y encendí la luz con violencia. De dos zancadas me planté ante el armario y, abriéndolo de golpe, metí dentro la cabeza. ¡Tic, tac! La ropa no tictaqueaba. Pasé por delante del semanario, arrimando la oreja a cada una de las gavetas. ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! Nada de nada. Crucé la cama hasta el otro cajonero, sobre el que descansa la tele, y utilicé el mismo método. ¡TIC, TAC! ¡TIC, TAC! Nada tampoco. Me di la vuelta buscando algún otro lugar del que pudiera proceder el sonido y... Un momento...

¡TIC, TAC!

Me volví muy despacito...

¡TIC, TAC!

Miré la cajonera...

¡TIC, TAC!

Acerqué la cabeza de nuevo, prestando mucha atención y...

¡Tic...

Bingo.

..tac!

Con infinita satisfacción saqué el cajón de su sitio y lo puse sobre la cama. Fui quitando capas y capas de esa basurilla inservible que todos guardamos por nostalgia o por gilipollas, y allí estaba: un puto reloj naranja de promoción de refresco. Con dos deditos lo cogí del extremo de la correa, y me lo acerqué a la oreja.

-Tic-tac -me dijo al oído. Me lo quedé mirando fijamente.

-Tic, tac, tu puta madre.

Y por la ventana salió volando.

Llamadme loco, llamadme desquiciado, pero la sensación de euforía con la que me acosté después de haber vencido a aquel torturador a pilas no se paga con dinero. El cazador que hay en mí se sentía saciado, y me dormí con una enooorme sonrisa en los labios. Y en silencio. Hasta que llegaron los obreros a las siete de la mañana y se pusieron a picar la calle, claro.

En próximos episodios de batallas épicas nonturnas: "el Zorrocloco contra Lady Mosquito", y "el Zorrocloco llama rata sarnosa al perro del vecino".

miércoles, 13 de agosto de 2008

Juego de cuarto

Bueeeeno, no quería torturaros con posts kilométricos pero, por votación popular, aquí tenéis el primero de los relatos. Diez folios [inserte aquí risa maligna número cuatro]. Lo he puesto tal cual lo escribí, de ahí que algunos párrafos sean inmensos, sorry. ¡Que lo disfrutéis!

Juego de cuarto

En cuanto la vio se enamoró de ella. Aquella mañana, como todas las de domingo, la familia Gómez paseaba por el rastro. El señor y la señora Gómez cogidos del brazo y la pequeña Laura un par de pasos por delante (no demasiados porque su madre se preocupaba si la perdía de vista), correteando de un lado a otro, tratando de ver todo a la vez con la mayor rapidez posible, con ese apuro característico de los niños, como si los objetos fueran a echar a volar si no se les prestaba atención inmediata. Se paró frente a las mesas de bisutería, donde compró unos pendientes con delfines colgantes y un collar a juego, y más tarde ante una sábana a la sombra de un olmo, donde descansaban decenas de libros que habían visto tiempos mejores. La mayoría de los libros no los conocía, y sus adustas portadas monocromas, donde tan solo constaba el título de la obra y su autor, le aburrían. Murmuró una apresurada negación cuando el anciano señor le preguntó con una súplica revestida de amabilidad si estaba interesada en alguno y fue a dar con sus padres, parados ante un puesto de muebles. La mayoría eran de una pésima calidad, aunque a veces, encajonado entre dos destartalados muebles de chapa, podían encontrarse auténticas antigüedades. Naturalmente esto ocurría de San Juan a Corpus, cuando la familia que montaba el tinglado pasaba por alto alguna pieza.

El señor y la señora Gómez observaban un espejo de cuerpo entero de forma ovoide, hecho de hierro forjado y de aspecto verdaderamente antiguo. Dos sujeciones a la altura media del espejo permitían girarlo totalmente. La pintura negra que lo recubría se había caído en numerosos puntos del marco y las patas, pero aunque ello pudiera parecer un mal signo de deterioro, no influía negativamente en su aspecto; antes bien, hacía que pareciera más auténtico. Los padres de Laura pidieron su opinión de pasada, para inmediatamente seguir discutiendo entre ellos. Bonito, había dicho la niña antes de ser ignorada. Paseó la mirada aquí y allá por el chiringuito y rápidamente volvió sobre sus pasos.

La había visto.

Sin duda pertenecía al mismo juego de cuarto que el espejo, pensó Laura, aunque no sabría decir en que se basaba para realizar tal afirmación. El material y el color era el mismo, pero mientras el espejo proclamaba su sencillez, aquella cama tenía en su recargada anatomía la impronta del estilo gótico. Curiosamente y al contrario que su compañero el espejo, no tenía una sola craqueladura ni parte alguna que hubiese quedado al aire y tampoco parecía recientemente pintada. Majestuosa es el adjetivo que mejor describiría aquella obra de arte, aunque sólo se tratara de su esqueleto, sin la presencia que a ella añaden un buen colchón grueso y mullido con su respectiva ropa de cama. Se trataba de un lecho bastante elevado del suelo. Tanto, pensó Laura, que sin duda necesitaría encaramarse al borde para subir. Poseía a su vez una considerable anchura, casi como una cama de matrimonio, y sin embargo parecía ocupar más espacio. Toda ella estaba cubierta de una recargada filigrana de hierro que recordaba a una enredadera, y parecía, tan firmemente sujeta a su soporte estaba, que los artesanos que la construyeron no tuvieron otra opción que pintarla también de negro, aprovechando este curioso fenómeno para crear una obra única y excepcional. En efecto, el parecido estaba tan sumamente logrado que al acercarse pudo distinguir pequeñas espinas entre el ramaje.

Tanto en lo alto del cabecero como a los pies de la cama había talladas sendas rosas de los vientos, preciosas, que señalaban, en el lugar del norte y el sur, el oeste y el este respectivamente. Al bajar la vista observó la curiosa forma de las patas, que había pasado por alto en su primer examen. En vez de una forma cuadrada o cilíndrica como es habitual en estos días, las de aquella cama representaban las enormes zarpas de alguna fiera, posiblemente un león, que en el punto de unión con el suelo se curvaban hacia el exterior como si quisieran aportar al conjunto un apoyo extra, o en otro orden de cosas, se dispusieran sibilinamente a apresar algo.

A Laura cada uno de los detalles le encantaba, no digamos ya el conjunto. Por supuesto se dio cuenta del extraño aspecto de aquel lecho, pero lejos de disgustar, la atraía con fuerza. Deseaba tener esa cama. Lo necesitaba. De pronto se le reveló con total claridad que ya no podría dormir en ningún otro sitio. Lo supo sin dudar y sin extrañarse por ello, como uno no se extraña al reconocer su reflejo en el espejo.

Convencer a sus padres no fue tan difícil como pensó en un principio, aunque necesitó de todos sus recursos, promesas e incluso esas pequeñas triquiñuelas que a nadie engañan propias de la picaresca infantil. Laura no era la clase de niña que monta numeritos, recurriendo a escandalosas pataletas como medio de extorsión, pero era tremendamente persuasiva.

Aquella misma tarde se acomodó el nuevo mobiliario en el dormitorio. Se decidió que la cama vieja fuera conservada en un lugar del ático, por si acaso, pese a la insistencia de la niña en que no iba a necesitarla jamás. El espejo fue colocado frente a la cama por deseo expreso suyo, para poder verse desde ahí. La verdad es que ambos muebles se hallaban fuera de lugar dada la decoración infantil del cuarto, con su papel pintado de nubes y arcos iris y sus muebles de chapa rosada. Resultaban imponentes y a la vez amenazadores, como lobos entre corderos. A su madre no le gustó el resultado, pero a Laura no parecía importarle. Incluso comentó que ya iba siendo hora de hacer un cambio.

Esa noche, tras cenar, ducharse y hacer la tarea, Laura pasó un trapo sobre la superficie del espejo, trepó a lo alto de la cama (“Voy a necesitar un escalón para subir y bajar”, se dijo) y se arrebujó bien arrebujada bajo los edredones. Un rato después su padre apareció en el cuarto para terminar de arroparla. Echó un vistazo en derredor. La luz del pasillo se desparramaba difusamente dentro del dormitorio. La besó en la frente y le hizo la señal de la cruz tres veces, como cada noche. Le ayudó a rezar sus oraciones (Jesusito de mi vida y Cuatro esquinitas tiene mi cama) y se levantó para irse. A punto estaba de cerrar la puerta cuando vio un reflejo en el espejo que le aterrorizó. Abrió de golpe la puerta del dormitorio y entró de un salto encendiendo las luces y sobresaltando a la niña, que seguía en su cama. A salvo. Laura miraba a su padre extrañada, dado que nunca le había visto actuar de ese modo. Era un hombre muy sosegado. El señor Gómez posó la vista sobre ella, la cama, y luego sobre el espejo, para terminar recorriendo todo el cuarto con la mirada como si de ello fuera a extraer una explicación. La niña estaba bien, y sin embargo, por un momento le había parecido... No. Era evidente que se trataba de una mera ilusión óptica, producto de mirar el espejo desde el ángulo en el que se encontraba la puerta con tan poca luz. Recuperó la compostura, sonrió a su hija instándola a descansar y salió otra vez del cuarto entornando la puerta. Antes de cerrarla del todo, sin embargo, observó atentamente el espejo. Ahora apenas podía verlo en su rincón. Su superficie, de un negro opaco, no emitía reflejo alguno.

- No me gusta nada ese espejo –comentó a su mujer al deslizarse bajo su propia colcha. A su lado, su esposa se aplicaba con profusión crema hidratante en los brazos.

- ¿Cuál, el nuevo? No seas estúpido cariño, te encanta –contestó la señora Gómez mientras limpiaba los restos de crema entre sus dedos y posaba la vista sobre el último potingue que debía aplicarse para estar radiante la mañana siguiente.

- Me gustaba en el mercadillo y a la luz del día –murmuró su esposo- Pero no para el cuarto de la niña. Me pone los pelos de punta –pero como no le gustaba contradecirse, acabó añadiendo-: Bueno, es cuestión de acostumbrarse. El espejo está bien.

- Está perfectamente, querido.

En su dormitorio, Laura contemplaba los haces de luz asimétricos que la farola más cercana proyectaba a través de la persiana. Mientras, su cuerpo evaluaba la nueva cama tratando de deducir una sensación de total confort y relajación, y poco a poco, sin que se diera cuenta, los rectángulos del techo se fueron haciendo menos brillantes, como si se moviesen o fueran succionados por algo, y su mente desconectó sin llegar a percibir, como siempre, el momento exacto en el que el sueño la atrapaba. No lo percibió, pero sí lo pudo sentir, pues está vez el velo de ensoñación conformó una hálito de cálida humedad como aire viciado que se empozó cual nube sobre la criatura. Laura ya no estaba allí, aunque cualquier observador hubiera afirmado lo contrario. De hecho, el cuarto no era el mismo. Algo cambió en el momento en que la niña sucumbió al inexorable sopor. Observando atentamente la cama durante un rato, hubiéramos visto como la pata inferior izquierda sufrió una ligera sacudida, provocada indudablemente por una corriente de aire proveniente del noroeste. Con seguridad nos hubiéramos creído víctimas de una ilusión óptica causada por la fijeza de nuestra mirada. Seguramente, si no fuera porque momentos después la garra se movió de modo apenas perceptible hacia el exterior, para, finalmente, extender y contraer una a una las cuatro felinas uñas de que estaba dotada. Tras esta última exhibición de poderío, quedó de nuevo inmóvil, desperezada. Si no fuera por la atención con la que observábamos la cama, ni siquiera nosotros nos hubiéramos dado cuenta.

Mientras tanto, la Laura onírica caía. Aunque como todo a su alrededor era oscuridad y no había viento ni nada que se le pareciese, no lo supo hasta que se halló de espaldas contra el suelo. Se posó suavemente, como si la tierra hubiera ascendido hasta ponerse a su altura. Pero sintió esa sensación de vértigo y rebote que sufrimos cuando nos damos de bruces en un sueño y el alma parece apresurarse a cobijarse de nuevo en nuestro pecho antes de que nos despertemos, amodorrados, y nos preguntemos cómo podemos vernos en sueños fuera de nuestros cuerpos. Tras lo cual nuestra consciencia cae nuevamente por entre las almohadas y una presión se alivia en nuestro tórax.

Al mismo tiempo, la cama parecía sufrir continuos tics o calambres, que hacían que, repentinamente, una hoja se retorciese o una de las rosas de los vientos girase algunos grados.

Tan pronto la niña se puso en pie, se halló en un desierto infinito. Incluso el aire estaba desierto de vida y color, todo él de un vacío blanco mate. La tierra, marrón y seca, estaba cuarteada como la piel de un lagarto. Y Laura pensó que ya que se trataba de su sueño, aquel Lagarto Gigante debía de llevarla a algún sitio.

La cama chirrió. No fue un sonido leve. Hasta los señores Gómez lo oyeron en su dormitorio y se revolvieron inquietos en la cama sin tocarse. Sobre todo se percató el señor Gómez, que aún ignorando conscientemente lo que pasaba, lo sabía de manera visceral. En aquel momento, una de las ramas de la filigrana se convulsionó y, doblándose, se separó con un chasquido del somier. Como si esa fuera la señal que el resto esperaba, el ramaje comenzó a tironear por verse libre.

Entonces lo sintió. No estaba sola. Lo notó como se notan las presencias malignas en los sueños, con una opresión en el estómago. Giró sobre sí misma, pero la sensación se movía a su vez, como si estuviera agazapa tras su nuca. Comenzó a levantarse brisa.

¿Qué es eso?, se preguntó Laura. La brisa rápidamente se tornó viento, y este alzó la arena formando cortinajes que difuminaban el mundo a la vista. Laura entornó los ojos llorosos de arena y angustia, y por primera vez pudo verlo. Era una sombra, un “algo” que se movía a su alrededor. Laura temió que aquella cosa la atacara. Y tan pronto lo pensó, aquello arremetió contra ella.

La enredadera había cobrado vida propia, y liberándose, sus decenas de ramas ondeaban hacia el techo con sonido de sonajas. Se palpaban y rozaban unas a otras, reconociéndose, y se entrelazaban formando sogas de espinas, descendiendo sobre la niña a medida que se unían. Si el señor o la señora Gómez no hubieran tenido el sueño tan pesado aquella noche (y no podemos asegurar que no estuviera causado por el mismo destino fatalista que se cerraba en torno a su hija en la habitación contigua), quizá se hubieran desvelado por una sensación inexplicable de urgencia, y hubieran acudido movidos por un “no sé qué” a verificar el bienestar de su hija. Pero nada de esto sucedió.

¿Qué es? No puedo distinguirlo.

Laura corría con en corazón en la boca, esquivando los matojos y las craqueladuras de mayor tamaño. Por dos veces estuvo a punto de doblarse un tobillo poniendo fin a su vida. Miraba fijamente hacia delante porque cada vez que levantaba la vista por encima del hombro para conocer los movimientos de su perseguidor, un súbito viento volvía a poner el mundo patas arriba en una nube de arena, y solo podía distinguir una enorme sombra oscura y unos diminutos ojos rojos situados muy por debajo de dónde debería estar la cara. La sensación de angustia e impotencia era tal, que pensó en dejarse caer a merced de la bestia (si eso era), tan solo para poner fin al miedo y a la incertidumbre. Al volver la vista adelante y ver el final del desierto apenas tuvo tiempo de gritar. El suelo ante ella desapareció mientras trataba de girarse para no caer, ya en el aire. Había llegado a una fuga imposible, de una altura que desafiaba toda orografía conocida. La pared recorría varios kilómetros antes de perderse en la oscuridad infinita.

Las sogas apresaron a la niña con una gran fuerza, enterrándose las espinas varios centímetros en su joven carne, que enseguida sangró con profusión. Cuando la primera gota abandonó su cuerpo las ramas la apretaron aún más, exprimiéndola; la cama entera tembló de satisfacción cuando las espinas comenzaron a chupar la vida a Laura, bombeándola a través de cada rama hasta el somier y las zarpas, que manotearon extasiadas.

La niña sentía el dolor, punzante, en cada poro de su cuerpo mientras sus diminutos bíceps temblaban y se agarrotaban, anunciando que no podrían sujetarla mucho más. Tan solo su cara, roja por la tensión, y sus dedos, blancos por el esfuerzo sobresalían del borde del precipicio. El resto de su consumido cuerpo se convulsionaba fuera de control en el vacío. Ya no había viento, sólo polvo en suspensión. Al mirar más allá de sus uñas, Laura vio la sombra detenida a un palmo de ella, amenazadora e inidentificable. Una zarpa, enorme y maciza como la de un felino salvaje, emergió de entre el polvo y se posó ante su cara. La niña la observó con ojos como platos, mientras la sangre comenzaba a zumbar en sus oídos y sentía el mareo llegar.

Por favor, ayuda, se dijo. Y por último, lo último que pensó, fue que si aquello era un sueño quería ver la cara de lo que la había estado persiguiendo hasta la extenuación. Pero tan pronto alzó la vista el dolor punzante se intensificó hasta extremos insoportables y sus pequeñas manos cedieron. Cayó, o quedó suspendida en la oscuridad con la única compañía del zumbido de sus oídos. No lo supo hasta que se vio a sí misma, en otro escenario que tardó en reconocer.

La cama la aprisionaba con tanta violencia que había roto su espalda y huesos. Su cara, demacrada, con los ojos en blanco y la boca abierta formando una horrible mueca, caía a un lado, rozándose frente y clavícula. Presa de un pánico rayano al paroxismo trató alcanzar su cuerpo para rescatarlo de aquella cama parasitaria, pero lo único que pudo hacer fue golpear el cristal con furia y desesperación. Y de pronto la cama pareció perder su fuerza. Dejó de aprisionar el cuerpo con el ahínco del hambriento. Poco a poco, cada hoja y rama fue recuperando su posición en la filigrana, dejando el cuerpo de la pequeña en el mismo sitio dónde lo sorprendió. Al final, pareciera que nada había ocurrido.

Cuando la señora Gómez abrió la puerta del dormitorio de su hija la mañana del lunes, de él escapó una vaharada de olor vegetal, agrio, sobado y podrido que inundó la casa entera y se mantuvo durante semanas, por más que las ventanas permanecieron abiertas. Horrorizado, el matrimonio contempló la cáscara morada y cana, de grasa ausente y pellejo arrugado. Unas horas antes aquello se movía y reía. Él lloró y ella gritó, pero ninguno se atrevió a tocar el cadáver. Ni a mirarla de nuevo. Y cuando evitando el horror apartaron la vista, sus ojos cayeron sobre el espejo y se vieron a sí mismos, faltos de un apéndice. Siguieron por largo tiempo contemplándose en el espejo, agonizantes. Al otro lado del cristal la extremidad perdida trataba en vano de llamar la atención de sus padres.

-o-

Miriam lo tuvo toda la tarde en aquella tienda. Estaba exasperado. Le gustaba comprar, pero la afición de su novia a revolver tiendas de arriba abajo cuando sabía de antemano que no iba a comprar nada le ponía de un humor de mil demonios. Después de dos minutos en el establecimiento dejó de tener ningún interés por sus bolas de madera tallada, arcones antiguos y sillas Luis XV de imitación. Pero no se quejaba, tan sólo mascaba su mal humor y lo tragaba, caminando entre los cientos de trastos amontonados hasta el techo cuidando de no rozar nada para no morir aplastado. Dobló un armario sin puertas que hacía de recodo y a punto estuvo de chocar contra otro cliente. Frenó de golpe, alarmado, y se llevó una mano al pecho sonriendo. Aquel tipo le había asustado. Entonces se dio cuenta. Vio a su novia tras él y la sintió a su espalda.

- ¿A ti también te gusta? –preguntó Miriam besando el lóbulo de su oreja- Ya sé que dije que no iba a comprar nada, pero el tipo de la tienda dice que también hay una cama a juego en el sótano...

sábado, 9 de agosto de 2008

Duendeblog

Tenía un post preparado para hoy (Derecho Civil está devorando mi tiempo y mi salud, y no es coña), pero misteriosamente ha desaparecido, y eso me ha recordado una conversación que tuve el otro día con Bian sobre los duendes del blog.


Por si no los conocéis os diré que son pequeños seres que viven en servidores de bitácoras, cambian palabras de sitio y se comen los acentos. De eso viven. En el fondo son unos buenazos, pero no pueden evitar comportarse así. Es su naturaleza.


En ocasiones, si haces scroll muy rápido, puedes ver la punta de las orejas de alguno antes de que se esconda. Aunque os advierto ya que son más de salir de noche…

domingo, 3 de agosto de 2008

¡Ay omá, ki m'an premiao!

Digo que se notará que me gusta esto de escribir. Desde pequeñito siempre he estado inventándome historias. Era el típico chaval que en clase se sienta allí, al fondo a la derecha, pegado a la ventana, para poder ver las nubes sobre el Valle Tabares y dejar volar la imaginación. Y vaya que si inventaba cosas, madre mía. Lamentablemente la costumbre de apuntar lo que me venía a la cabeza no la cogí hasta años después, pero os puedo asegurar que eran auténticas batallas épicas, pese a que no fuera yo muy original: la mayoría de mis historias se basaban en argumentos de mis series favoritas (ahora mismo se me ocurre una pelea que tuve con el Célula de Dragon Ball que cágate las patas, lorito).

Hasta tal punto llegaba mi capacidad para abstraerme en ese mundo ficticio, que no podía evitar ciertas respuestas físicas involuntarias. Quiero decir con esto, que se me aceleraba el corazón en los momentos de tensión, me ponía a sudar si mi encarnación mental estaba sometida a algún tipo de esfuerzo físico -incluso se me entrecortaba la respiración.- y hasta tenía espasmos involuntarios. Como lo oís. ¿Qué en mi cabeza me pegaban una trompada que me ponía la cara mirando para atrás? Ese golpe se veía reflejado en la realidad conmigo moviendo la cabeza involuntariamente, comos si de verdad me hubieran pegado. Anda que no me gané caras raras de los profesores por eso. No podía evitarlo, pero si aprendí a disimularlo muy bien, espantando una mosca invisible o frotándome el cuello y moviéndolo como si me hubiera dado un jeito.

Con los años no dejé de inventarme historias ni de refugiarme en mi mundo de fantasía, ampliado por las novelas y los cómics. De pequeño fui un niño bastante solitario, que prefería la seguridad de su mundo inventado a la incertidumbre del mundo real, tan duro y rasposo, lleno remates afilados. Pero seguían siendo ampliaciones de historias que leía o veía en la tele. De vez en cuando me venía una idea original a la cabeza, pero por falta de conocimiento (y también de madurez), no lograba llevarlas al papel con acierto. Empezaba narración tras narración a partir de una imagen o una escena que me llamara la atención, improvisando sobre la marcha y sin saber cómo de largo pretendía hacerlo o qué quería contar exactamente. Así llegué a los 18 tacos, sin haber escrito más de cinco páginas de la misma historia (evidentemente no estoy contando las paranoias de los Zorrodiarios, claro XD)

Entonces leí a no sé qué escritor que antes de escribir una novela, uno debía prepararse en el campo de los relatos cortos. Cuando tenía eso dominado, ya podía pasar a narraciones de mayor envergadura sin perderse en el proceso. Y me pareció lógico. Uno no empieza a tocar la guitarra aprendiendo a hacer punteos, sino con los acordes. Se me hizo entonces claro y cristalino que mi fallo había sido morder más de lo que podía tragar. Y me decidí a escribir un relato corto.

Pues no es tan fácil.

Igual que con las narraciones largas tenía el problema de que me perdía, me costaba encontrar con las otras una historia que pudiera contar en diez folios o menos. Era un poco desquiciante, amén de un buen ejercicio mental. Recuerdo que para mi primer relato (¡la primera historia de verdad que escribía y terminaba!), me basé en un guión de historieta que nunca llegué a terminar, precisamente por lo dicho antes: me vino una buena imagen a la mente, la escribí, y ya no supe cómo continuar. Esta vez me paré un momento a pensar en qué quería contar, y se me ocurrió un final bastante cabrón que me hizo gracia. Lo único que tenía que hacer era transformar el guión en una narración. Así nació “Juego de cuarto”. Estaba bastante satisfecho de mí mismo.

Una o dos semanas después, ojeaba un periódico local esperando mi turno en la peluquería cuando me fijé en un pequeño anuncio a pie de página en el que se avisaba del cierre de plazo para el certámen Félix Francisco Casanova, en memoria de un joven escritor canario fallecido en un accidente con una bombona de butano (vaya putada, por cierto). Leí las bases, y vi que podían participar jóvenes canarios hasta los 25 años, y que todavía estaba dentro de plazo. Y me dije: “¿por qué no? Leí y releí el relato buscando fallos y erratas, imprimí todas las copias necesarias y lo mandé todo por correo, sin saber si lo había hecho bien con los sobres y las lemas y me iban a descalificar. Pasaron los meses sin que supiera nada del tema, terminó la etapa en que me daba por escribir y me olvidé de todo.

Seis o siete meses después estaba chateando con una amiga acabante de llegar de clase cuando me sonó el móvil.

-¿Diga?

-¡Hola, Zorrocloco! Te llamo de Juventud del ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma [insertad aquí mi cara de “WTF! ¿Que me llama a mí esta mujer, si yo nunca he estado en La Palma?”], para decirte que la entrega y los actos van a ser el jueves y viernes de la próxima semana.

-Perdone… ¿Los actos de qué?

-Del premio.

-…

-Del Félix Casanova.

-¡Cáspita! [o “¡La hostia!”, no me acuerdo bien qué dije]. Espere… ¿He ganado?

-Pues… sí, claro. Espera un momento… [se oye revolver papeles al otro lado de la línea]. Tú eres El Zorrocloco Patadas en Boca, ¿no?

-Sí...

-Pues sí, has ganado, con “Juego de cuarto”. Te tenían que haber llamado en navidades, ¿no te llamó nadie?

-No.

-Eso no puede ser, seguro que te llamaron.

-Que no, que no.

-Que sí, que os llamamos a todos.

-¡Señora…! Que si me hubieran llamado me acordaría, créame…

Total, que era el primer concurso al que me presentaba y lo había ganado. No veas qué subidón. Y más teniendo en cuenta cómo fue el día de la entrega de premios. Resulta que la entrega era el jueves por la mañana, y el jueves tarde y el viernes hacíamos una ronda por colegios e institutos para publicitar el certamen. Pero yo tenía examen el viernes, así que lo mío se redujo a ir y venir el jueves. Eso sí, fue la puta hostia en verso.

Llegué por la mañana al aeropuerto con lo puesto, y tenía un billete pago esperándome. Cuando bajé en el aeropuerto de La Palma había una chica con mi nombre en un cartelito (tal que en las películas), que me condujo a un taxi, pago también, que me llevó al ayuntamiento. Nada más entrar me presentaron a la chica que había ganado la modalidad de poesía (una chica tímida pero muy agradable), me enseñaron los libros que habían hecho con los relatos y poemas ganadores y finalistas, y me soltaron un cheque de quinientos pavos (menos retenciones legales… ¬¬U) y me dijeron que no sé quién no iba a llegar hasta dentro de una hora, así que si quería podía darme una vuelta y ver la ciudad.

Y media hora más tarde estaba comiendo unos crêpes en el paseo marítimo de Santa Cruz (precioso todo lo que vi, por cierto, no me extraña que la llamen “la isla bonita”), mientras veía el mar y pensaba: “Así debería ser mi vida…”

Los chavales del instituto que visitamos eran unos soles, super tranquilos y atentos todo el rato (hay que ver cómo cambian las cosas de una isla a otra…) mientras leíamos un cacho de nuestras obras. Y luego se levantó uno para que le firmáramos el libro (repartieron copias entre los chavales), y todos empezaron a hacer cola. Yo lo flipaba en colorines XD

Después de eso, dos de los organizadores me dieron un voltio para que viera la zona, ya que nunca había estado, me llevaron a un mirador y me dejaron luego en el aeropuerto con una bolsa llena de los libritos del certamen.

Lo que viene siendo un día de puta madre.

Ni que decir tiene que después de eso me emocioné. Me dije a mí mismo: “Si con ese relato tan malo he ganado… ¡Puedo convertirme en una máquina de hacer dinero!”, y empecé a escribir porque sí, sin inspiración, unos relatos malísimos que se comieron los mocos en los dos o tres certámenes a los que los presenté antes de aburrirme. No sería hasta casi dos años después que volvería a darme el gusanillo de escribir una historia de verdad, a raíz de un sueño que tuve. Una historia dura, en la que los personajes lo pasan mal. De las que me gustan a mí, vamos. Pero fue algo pasajero, terminé de escribir el relato y volví a pasar del tema de la escritura.

Hasta que hace dos meses, durante el periodo que estuve viviendo en la biblioteca de periodismo, vi un cartel de un certamen de arte. CruzArte, del Puerto de la Cruz. Fotografía, pintura, relato corto, poesía, cortometraje… El plazo de presentación acababa en unos días, y volví a decirme: “¿Por qué no?”

Bueno, os ahorro los detalles de lo que me costó todo el rollo de hacer las fotocopias, grabar los rollos en un CD, ir a correos y que me lo aceptaran sin remite… Parecía que siempre me faltaba algo. Al final logré enviarlo el día antes de que acabara el plazo (cuenta la fecha del matasellos para los enviados por correo), y me desentendí bastante del tema. Tenía que concentrarme en los exámenes, y no quería más decepciones.

El día antes de irme para Valencia me vibró el móvil mientras hurgaba en una de las estanterías de la biblioteca (Dios, es verdad que vivo allí). Me llamaban de Juventud del Puerto para decirme que el fallo del jurado si iba a hacer público ese viernes, y estaban llamando a todos los que se habían presentado para que fueran. Y que no, no había ningún problema en que fuera otra persona por mí, mientras se acreditara. Así que le dejé el recado a mi madre de ir a eso y me piré yo para Valencia. Me daba un poco de pena, porque ya había experimentado yo lo que es ir a una de esas cosas e ir oyendo como suenan todos los nombres menos el tuyo, pero bueno, por lo menos me recogería los relatos, que cinco copias son cincuenta folios…

Y hete aquí, ¡oh, sorpresa!, que el viernes, camino del cumpleaños de un desconocido al que nos habían invitado unos amigos de Anne, me llama mi madre toda alterada.

-¡Que has ganado el primero premio! ¡Que has ganado!

Toma ya. 600 pavos. Lo que me había costado el viaje, poco más o menos. Adiós a las deudas. ¡Subidón, subidón! Mi madre chillaba por el teléfono, Ana chillaba aún más dando saltos y yo, que soy el más calmado, decía: “Ciertamente satisfactorio, en efecto…”

Ya de vuelta en Tenerife mi madre me contaría su odisea para recoger el primer premio, porque el trofeo que le habían dado era el del segundo, y ella “no se iba a ir sin el primer premio, ¿qué se han creído? Así que me puse a buscar, porque la tipa que organizaba aquello no sabía a quién se lo había dado, ¿y sabes quién lo tenía? ¡El que había ganado el accésit! Vamos, que no habían dado uno a derechas. Así que le dije: ‘Tú dámelo, mi niño, que ese es el de mi hijo, y ya te apañas con el otro cuando lo veas’. Total, que el segundo tiene el accésit, el accésit tiene el segundo, y tú eres el único que tiene el trofeo que le tocaba. Que digo yo que no es lo mismo un primero que un segundo, aunque uno sepa que ha ganado, ¿no?".

Ole mi madre XD

Pues eso, que por segunda vez en mi vida gano algo, y vuelve a ser haciendo lo que me gusta ^^

Y que se vuelve a sentir el subidón creativo, ¿eh? Llevaba un tiempo comentándole a Anne que quería hacer algo, y ella se apunta a un bombardeo, así que no os extrañe que a medio plazo os sorprendamos con algún atentado a la inteligencia y el buen gusto… Avisados estáis XD

Pero esta vez con tiempo y bien hecho. Vamos aprendiendo ;)