sábado, 18 de octubre de 2008

El instante

Bueno, ahora sí. Aquí tenéis el relato. Unas pocas líneas escritas en una cuartilla en un momento de inspiración que tras andar perdidas unos meses se convirtieron en el mejor relato que he escrito hasta la fecha. Y sigo sin estar contento con el resultado (ahora es cuando lo leéis y me hacéis la pelota XD). Con todos vosotros, El instante:

A los malos recuerdos, a los verdaderamente malos, hay que sacarlos a pasear de vez en cuando. Los buscas, les quitas el polvo, te regodeas en ellos mientras juegas al “¿Y si hubiera...?”, y luego, cuando te sientes tan culpable que te cuesta respirar, te los tragas con ayuda de lo que sea. Y vuelta a empezar, hasta que crees que los has expiado durante otra semana.

Este es de los malos. Déjame explicarte cuánto.

La gente que nunca ha visto una pelea suele creer que son como en las películas. Movimientos fluidos y contundentes, andanadas de golpes sin que ninguno de los contendientes los acuse. Una coreografía, vaya. Sin violencia, sin dolor. Me refiero a quienes nunca han visto una pelea de verdad, no a las riñas de patio de colegio o de niñas tirándose de los pelos. Hablo de auténtico dolor. Caos, pánico y adrenalina.

Lo que sí he visto varias veces en telefilmes y se corresponde con la realidad es ese momento en medio de la pelea en que el tiempo parece detenerse. Todo se mueve como si estuviera bajo el agua, incluso uno mismo, y durante ese instante tienes una eternidad para pensar. Es el momento en el que el otro se despista o comete un error, en el que después de tanto tratar de calcular, forcejear, odiar y acojonarte, ves claramente que puedes acabar con la pelea de un sólo golpe. El dilema, cuando ves que se abre ante ti ese instante de iluminación, es qué hacer. Porque esa clase de golpe no hace pupa. Es la clase de golpe tras el que no se siente nada.

Lo que nos lleva a Guillermo y a mí.

Y a la fábrica, claro.

Es curioso cómo funciona la memoria. Cuando pienso en aquella mañana lo primero que acude a mi mente es el olor de los naranjos. Los había por docenas a ambos lados del camino rural por el que deambulábamos Guille y yo. Un intenso olor a azahar de los naranjos en flor. Teníamos doce años e íbamos camino del río a darnos un chapuzón, pues la primavera estaba siendo excepcionalmente seca y calurosa. Charlábamos de cosas intrascendentes, nos empujábamos, hacíamos chistes y mentábamos a nuestras madres a la mínima ocasión (aprovechando que ningún adulto podía oírnos). Cosas de críos, y más de lo mismo cuando llegamos al río; nadamos, hicimos aguadillas, carreras, e incluso nos lanzamos de cabeza en la zona de la poza, un rectángulo de agua color azul ultramar de unos cuatro metros de ancho donde por mucho que te hundieras buceando no encontrabas el fondo.

Al cabo de unas dos horas, agotados, nos echamos junto nuestras cosas a la sombra de los árboles. Adormilados por su aroma comenzamos a fantasear sobre chicas, comentando a quién le había salido qué o había visto cuál. Guille sabía un montón de chistes guarros y yo me desternillaba de la risa. Mi padre siempre decía que para ser hijo de un señorito era un niño llano y majo, y tenía toda la razón.
Cuando calculamos que debía faltar poco para las dos recogimos para ir a casa. Las dos de la tarde era la hora de la comida, y en mi casa todas las comidas eran sagradas. Saltarte una significaba que estabas demasiado bien alimentado y, por lo tanto, que podías pasar muy bien sin el resto de ellas ese día. Para acortar decidimos volver por la carretera vieja, la que pasa por delante de la vieja siderúrgica.

La verdad, la idea de entrar fue mía. Infantil afán aventurero, supongo. El caso es que nos colamos por un roto de la valla y comenzamos a explorar. Éramos dos arqueólogos famosos que buscaban tesoros entre las ruinas de una antigua civilización. Y ruinas es la palabra adecuada para describir el estado de aquel lugar. La mayor parte del techo había cedido, y los escombros se amontonaban en el suelo junto a los restos de la maquinaria y demás parafernalia. El sitio llevaba unos diez años abandonado, y se notaba. Las malas hierbas y los matojos habían infestado el lugar, saliendo aquí y allá en el suelo, e incluso entre las grietas de los muros y los tubos de las máquinas. La basura formaba montones, que habían atraído a las ratas y demás fauna asquerosa.

No reparé en su presencia hasta que Guillermo, que me precedía, se paró en seco y chocamos, tan metido estaba en el juego. Delante nuestro había dos chicos mayores, de unos diecisiete años. Cuando me di la vuelta –puro acto reflejo, todavía no se me había pasado si quiera por la cabeza la idea de huir- vi a otros dos. Uno de ellos era el Chino.

Decir que el Chino era el mayor hijo de puta que ha parido madre es quedarse corto. Gente como él no debería existir, por el simple hecho de que atenta contra las mismas leyes naturales; no son humanos. Pueden parecerlo, sin duda, hablar, moverse e incluso comportarse como tales si quieren, pero no lo son. Basta con mirarles a los ojos cuando los pillas despistados, con la guardia baja, o haciendo alguna maldad. Entonces puedes verlo, ahí, en el fondo, su auténtica naturaleza. Y te mareas.

Poco a poco el alcance de la situación fue cayendo sobre mí como una losa; estábamos solos y muy lejos de donde se suponía que estaríamos, y no nos empezarían a echar en falta hasta dentro de al menos media hora. Durante ese tiempo, más lo que tardaran en dar con nosotros, estábamos a su merced.

-Mira lo que tenemos aquí –dijo socarrón mientras estrechaban el círculo en torno nuestro.- ¡Pero si son los famosos arqueólogos Cuatrojos y Culogordo! –sus amigos prorrumpieron en carcajadas. Lo de cuatrojos iba por mí, pero estaba demasiado asustado para reaccionar. Guillermo no.

-Que te den, maricón –le espetó. Al Chino no le cambió la cara. Eso era exactamente lo que estaba esperando: una excusa. Uno de sus compinches se acercó a mi amigo por detrás y le pateó en la espalda con la planta del pie. Guillermo rodó por el suelo y se le saltaron las lágrimas, entre risas del corro. No me atreví a moverme. Empecé a sudar frío.

-Quédate en el suelo, chaval –ordenó el Chino. Esta vez Guillermo obedeció sin abrir la boca, aunque lo taladraba con la mirada. El Chino se acercó a mí y me rodeó los hombros con uno de sus brazos. Tenía una cicatriz enorme desde el codo hasta la muñeca. Tiró de mí hacia Guille- Tú eres amigo mío. ¿Verdad, mocoso? –me preguntó.

No contesté nada por miedo a recibir un golpe yo también. No me atrevía ni a mirarle. Tenía la vista clavada en Guillermo, que seguía tirado en el suelo con semblante serio. El Chino me zarandeó con el brazo y me repitió la pregunta.

-Porque a los que no son mis amigos les parto el alma –añadió. Así que le dije que sí, que era su amigo- Pues este otro mocoso me ha insultado, compadre –y señaló con el pie a Guillermo, que arrugó el entrecejo- Quiero que le pegues.

-¿Cómo? –por primera vez le miré, y luego a los demás, y tenían la misma expresión sádica y desalmada en el rostro. Guille se removió un poco en el suelo, pero no se levantó.

-Ya me has oído. Venga –me soltó y retrocedió unos pasos para observar. No quería hacerlo. Miré a Guillermo, que desde el suelo negaba quedamente con la cabeza. Me quedé allí quieto, con cara de bobo, sin saber cómo salir de la situación.

-¡Qué lo hagas! –gritó de repente el Chino. El berrido cortó el silencio como una cuchilla y me hizo dar un bote. Asustado, temblando, levanté el pie, lo apoyé sobre la cadera de Guille y empujé un poco. Cuando volví a mirarle a la cara vi en su rostro la expresión de la traición, y descubrí que es más de sorpresa que de dolor. El aspecto de un traicionado es el de quien no sabe muy bien qué está pasando, como si de repente el mundo se hubiera vuelto del revés.

Pero para el Chino no había sido suficiente. Se colocó tras de mí, su aliento caliente en mi nuca, y sentí algo puntiagudo presionarme el final de la espalda por encima de la camisa. No mucho, sólo lo suficiente. No había necesidad de preguntar qué era, bastaba con ver la palidez de Guillermo. Los compinches del Chino se revolvieron inquietos, murmurando. Esa última jugada de su amigo se salía de lo normal. Lo que había empezado siendo una canallada típica de abusadores se había transformado en otra cosa. Ahora nos movíamos en un nivel nuevo, mucho más peligroso.

-Más fuerte –me susurró al oído.

Alcé el pie y lo dejé caer con más fuerza, en el mismo punto de la cadera. Guille torció el gesto y se dobló un poco sobre sí mismo, pero no hizo ruido alguno. Todos contuvimos la respiración, aguardando qué vendría a continuación.

-Más.

El hijoputa pidió más. Tragué saliva, cerré los ojos y golpeé con fuerza, dándole lo que quería con la esperanza de que así nos dejase en paz. Guille gritó y a mí se me humedecieron los ojos. Me sentía como una mierda. El Chino me soltó y ayudó a Guillermo a incorporarse, de un modo asquerosamente amable. Busqué la mirada de mi amigo, pero me rehuía.

-¿Has visto a este tío? –le dijo el Chino refiriéndose a mí. Gesticulaba al hablar, y la navaja iba de acá para allá. Ninguno de los dos la perdía de vista- ¡Te pega cuando estás en el suelo! Eso no es de hombre. Deberías devolvérsela. Yo no te lo voy a impedir –y sonrío, el muy cabrón. Sus amigos se daban codazos entre ellos, divertidos por el nuevo giro que daban las cosas. Por un momento se habían preocupado al ver el cuchillo. Y una vez más, Guillermo demostró ser más hombre que yo. Miró al Chino directamente a los ojos y le dijo que no. Así de simple, en un tono totalmente neutro y llano, de los que no admite réplica.

Eso le costó un navajazo en la cara, tan rápido que apenas pude verlo. Le cruzó la mejilla izquierda en diagonal, de abajo a arriba, desde el comienzo de la mandíbula hasta casi la nariz. El alarido de Guillermo se tuvo que escuchar hasta en el infierno. Cayó de rodillas sujetándose el cachete con ambas manos como si se le fuera a caer. La sangre le chorreaba entre los dedos, goteando al suelo. Era un corte profundo.

Dos de los amigos del Chino se metieron en medio para separarlos, pero el Chino también los amenazó con la navaja. Eran dos contra uno, pero el otro parecía indeciso y el Chino estaba armado. Por un momento pensé que se lanzarían a por él, pero finalmente uno de ellos escupió en el suelo y ambos se largaron echando hostias. El Chino se volvió hacia Guille como si tal cosa y le ayudó de nuevo a levantarse. Mi amigo intentaba controlar el llanto sin éxito, y por ello se convulsionaba e hipaba.

- Tienes otra oportunidad. Si no lo haces, te mato –y lo dijo en el mismo tono que un momento antes había usado Guille.

Sin pensarlo dos veces avanzó y me dio un puñetazo en la cara, con una mueca de rabia e impotencia deformando su ya desfigurado rostro. Fue un golpe bastante duro, directo al pómulo izquierdo, pero no moví ni un músculo para evitarlo. Me aterraba lo que podría ocurrir. El Chino le palmeó el hombro.

-Muy bien, eso es un golpe –dijo, moviendo la cabeza afirmativamente-. Ahora dale otro más, que él te dio dos veces.

Echó el cuerpo hacia atrás inmediatamente y me dio un puñetazo magnífico en plena nariz. Caí como un plomo al suelo, sangrando. Me asusté mucho, no paraba de pensar que me la había roto y me había desgraciado para siempre, aunque en realidad sólo había sido el golpe. Hace falta algo más que el puñetazo de un niño de doce años para romper una nariz. Todavía creo que ahí podía haber quedado la cosa, que el Chino no quería más que obligarnos a darnos un par de hostias para sentirse poderoso y se le fue la mano; pero cuando me fui a levantar Guille me pateó en el estómago sin que nadie le dijera nada. Me hice un ovillo en el suelo por el dolor mientras oía la estruendosa carcajada del Chino. Mis ojos se encontraron con los de Guillermo, y vi algo en ellos que me asustó muchísimo, aunque no fue hasta mucho después que entendí realmente qué era: ira. No hacia sí mismo, ni hacia el Chino, sino hacia mí. Como no podía vengarse del navajero, la había canalizado hacia alguien más asequible. Sus ojos me culpaban de todo lo que estaba pasando.

Sea como fuere, en ese instante descubrí que ya no estaba ante Guillermo, el chico de la vecina, que me regalaba sus dientes de leche para que el Ratoncito Pérez me dejase golosinas porque en mi casa no había dinero para comprarlas. Estaba ante un desconocido que me odiaba. Y sin darme cuenta, en ese momento, le odié yo también. Algo en mi interior se encendió (expresión de sorpresa no es lo único que provoca la traición). Cediendo a la rabia del momento, me revolví y, con una tijereta, lo tiré al suelo. Un par de golpes habían bastado para convertir a dos amigos en enemigos irreconciliables.

Tengo recuerdos borrosos de lo que ocurrió a continuación, imágenes sueltas. Rodamos por el suelo golpeándonos como podíamos, mordiéndonos, arañándonos y tirándonos del pelo como dos crías. Fue bastante patético, pero paulatinamente creció en intensidad hasta convertirse en una verdadera sangría. Recuerdo que en un momento en el que estaba sobre él logré meter dos dedos en el corte de su mejilla y tirar, a lo que contestó abriéndome la cabeza con un escombro, y ni por esas acabó la pelea. El sudor se nos metía en los ojos mezclándose con nuestras lágrimas, saboreábamos el amargor de la sangre en la boca, jadeábamos y gruñíamos como animales, sin articular cadena alguna de fonemas reconocible. No pensábamos ni siquiera en nuestro propio dolor. Nos habíamos convertido en dos animales, dos seres primitivos cuyo único fin existencial era la supervivencia, entendida ésta como la erradicación total del peligro. El Chino ya no existía para nosotros. Era el retorno del instinto primario, la involución más absoluta. Darwin.

Nos separamos y nos pusimos en pie, tanteándonos. Guille no lo pensó y se abalanzó sobre mí con el escombro en la mano, tratando de golpearme. Apenas tuve tiempo de parpadear y ya lo tenía encima. Me agaché en el último segundo, esquivando aquella carga mortal por los pelos.

Ese fue el instante en el que el tiempo se detuvo, como si nos hubiéramos metido en una burbuja sin darnos cuenta. Lo recuerdo como si fuera un sueño, porque puedo ver a la vez a través de mis ojos y también desde fuera cual espectador. Como si nada fuera real. Veo a Guillermo congelado en mitad del golpe, el puño armado apuntando al infinito y una mueca desquiciada en el rostro. Y a mí agachado a sus pies con cara de absoluta concentración, pues ya lo había visto. El golpe. A cámara lenta, puedo ver cómo Guille baja la cabeza hasta mirarme a los ojos, mientras el resto de su cuerpo sigue la inercia del golpe fallido. Su expresión se transfigura de rabia a pánico al comprender, pero yo estoy demasiado ido como para detenerme. Y le pego.

El tiempo volvió a discurrir con normalidad en cuanto estiré las piernas y me alcé como un cohete directo a su cara, hasta oír el primer crujido, que retumbó en mi cráneo. Luego vino otro. Y un tercero, todos ellos muy seguidos, y Guillermo cayó al suelo, sin vida. Tenía la mitad de la nariz dentro de la cabeza y el resto despachurrado entre los ojos como la napia de un cochino. En su camino, el puente de la nariz había tirado del labio superior dejando al aire sus dientes, y también la encía. Con ese aspecto no parecía un niño en absoluto, ni siquiera parecía muy humano. Me derrumbé a su lado, atontado, repentinamente consciente de todo lo que me rodeaba. Lo oía, olía y veía todo –podía ver su cara aunque no mirase. De hecho, durante mucho tiempo bastaba con que cerrase los ojos para que apareciera-, pero todavía no sentía nada, ningún tipo de dolor. Y me gustaría decir que tampoco era consciente de lo que había hecho, pero mentiría. Sabía perfectamente lo que había hecho, igual que sabía que no quería hacerlo e igual que sabía que mis intenciones importaban una mierda. ¿Y sabes qué es lo peor de todo, lo que no me deja dormir por las noches?

No es que lo matase. Es que no me importó.

Mi preocupación no iba más allá del mero instinto de conservación, del miedo a que me pillasen y me llevaran ante la justicia. Ni siquiera se lo podría calificar de remordimiento. Con perfecta frialdad llegué a la conclusión de que no me sentía orgulloso, claro, pero tampoco era para tanto. Y como si ese pensamiento fuera completamente normal y no la cosa más aborrecible que pudiera concebir mente humana, me levanté y me sacudí la basura de la ropa lo mejor que pude. “Ya no llego a comer –pensé mientras lo hacía-. Vaya mierda”.

El último de los compinches, el más alto, se había mandado a mudar, no sé si antes del final o después. Nunca me enteré, ahora que lo pienso. El que sí seguía allí era el Chino, que me miraba con los ojos muy abiertos, como si fuera una aparición demoníaca. Supongo que más o menos era el aspecto que tenía, con la ropa, la cara y las manos llenas de sangre y mierda, la ropa dada de sí y todo sudado. Y mi expresión, claro. Recuerdo que me miró a los ojos antes de hablar pero no pudo sostener mi mirada. Creo que vio algo en ellos, no sé. Parecía mareado. Me dijo que me fuera, que no volviera por allí y que no hablara con nadie. Me amenazó de muerte si lo hacía. No me lo creí, pero de todos modos no iba a contárselo a nadie, por mi propio bien. Después de mirarle muy fijo durante un par de segundos me di la vuelta y salí del edificio sin decir nada. A él no volví a mirarle, si te lo preguntas.

Fuera el calor era más intenso. Me encaré al sol con los ojos cerrados, dejando que la luz me bañara y reconfortase. Desanduve el camino hasta el río y me lavé lo mejor que pude. Luego corrí a casa. Sólo me paré una vez por el camino, para recoger un ramillete de flores de azahar para mi madre -aún así me cayó una paliza al llegar-. Mientras lo hacía, vomité.

Mi padre insistió toda la tarde en que le dijera quién me había causado aquellos moratones –los que no me había hecho él-, hasta que nos enteramos de que una pareja de guardias civiles había pillado al Chino enterrando a Guillermo. Me miró muy serio y me dijo que si alguien me preguntaba por los golpes, dijera que había sido él mismo. No volvimos a hablar del tema. Por supuesto, fui al entierro de Guillermo junto con mi familia. Todo el pueblo estaba allí, acompañando el ataúd blanco en su último viaje. Fue muy bonito. La madre de Guille y la mía lloraban desconsoladas. Mientras, yo me preguntaba una y otra vez –duda que aún me consume- si ser un monstruo consiste en ser malvado o si lo único necesario, lo que te deshumaniza, es carecer de emociones. Al final lograron contagiarme el llanto. Nos abrazamos los tres, cerca de su tumba, y lloramos hasta que no pudimos más. Nunca he soportado ver llorar a una mujer.

Al Chino lo juzgaron y encarcelaron por asesinato en primer grado, con premeditación y alevosía. No volví a verle, creo que murió en la cárcel. Me alegré mucho cuando me enteré del veredicto. Todo ese tiempo había vivido de prestado, pensando que cualquier desconocido que se me acercaba, llamaba por teléfono o tocaba en la puerta quería detenerme. Pero el Chino nunca dijo nada. Supongo que hay quien tiene asumido su destino, o expía los pecados a su manera. Yo necesito otra botella.

11 comentarios:

Anne dijo...

Las mejores historias vienen así, rebuscando entre papeles viejos o de una frase cualquiera, que en principio no tiene importancia.

Y tú tienes una habilidad especial de convertirlas en historias <3

PD: Primeeeeeer XDD

eva dijo...

Está muy bien pero lo de "la napia de un cochino" ¬¬ ejem, ejem.

:DD

Situss.

Joey dijo...

Échale la culpa a Anne que me haya leído el blog entero hasta llegar a diciembre de 2006...

Leo mucho, muchísimo, supongo que para ver si a fuerza de leer lo que escriben otros, logro mejorar lo que escribo yo.
Quizás vaya para crítica más que para creadora...
Hacía mucho que una historia no me decía tanto. Buen trabajo :)

pd. a partir de ahora, tienes una espia nueva...

Aniña dijo...

pues a mi me ha gustado ^^
un besito

H@n dijo...

Tienes una manera de escribir que me encanta, clara y precisa...me emboba, cuando empiezo a leerte, soy incapaz de no terminar...

La historia en sí, me ha dejado...mmm...no se, puede que la palabra sea arreaccionanate, parada...

Brutal

Ire dijo...

Me encanta como escribes!
Que pasada, según leía lo estaba viendo perfectamente.

Enhorabuena por la historia y por el premio ^^

Indio dijo...

ey, impresionante historia zorro.
(por cierto a ninguno de los dos le cayó una patada en la boca?)

me alegro de poder ver los albores de lo que seguro llega a ser algo grande en la literatura nacional!! internacional! intergaláctica!

(no querias que te hiciéramos la pelota? XDD)

en serio, muy bueno ;)

dudo dijo...

muy bueno, muy, muy bueno, chaval. me alegra mucho que te animaras a presentarlo, y lo del premio, pues merecidísimo... jo, que me ha gustado mucho, en serio. cuéntame otro, anda, porfi...
besazos, escritor!!

María dijo...

Qué bien. Me gusta mucho la reflexión esa sobre si será peor no sentir nada o sentir, así, malvadamente.
Besos.

peibol dijo...

Siento decepcionarte al escribirte un comentario sin leer tu historia (lo haré en cuanto tenga un ratito, lo juro). Me acordé de ti por SuperMario, que protagoniza mi última entrada.

Saludos!

El Zorrocloco dijo...

Anne, tengo que revolver entre el batiburrillo de historias que tienes en casa, a ver qué se puede sacar... ^^

Eva, las fosas nasales de un especímen porcino XDD

Joey, bienvenida!! Como digo siempre, tú, como en tu casa. Jo, me alegro de que te haya gustado. En cuanto tenga un momento de respiro me paso por tu blog y te leo! ;)

Aniña, muchas gracias, wapetona. (Vi tu comentario por el mail y no te reconocí XD).

Joo, gracias, H@n! Me alegro de que te guste^^

Y a ti también, Ire. Así me animo a seguir escribiendo :D

Indio, mi obra será tan conocida como la poesía Vorgona! BHA-HA-HA-HA!!

Dudo, besos para ti! Que precisamente tú me digas eso, con lo bien que escribes... ^^ He subido dos puntos de ego ya, entre todos los comentarios XD

Mari, soy más profundo de lo que parezco... O eso me ponía la galleta de la fortuna XD Un besazo, lagarta.

Peibol, no pasa nada, yo esoty igual. Ando haciendo un curso por las tardes y en total me pego diez horas diarias en la universidad. Ya no tengo vida social, no digamos virtual XD