jueves, 11 de septiembre de 2008

De apretones de manos... (y dos)

Bueno, antes que nada, pedir perdón por el retraso a los habituales. Mea culpa, y tal y cual. Aquí tenéis lo que os escamoteé ayer.

Nos habíamos quedado al salir del examen de lengua, donde por primera vez tuve el gusanillo del “¿y si…?”. No quería pensar demasiado en ello para no chafarlo (una de las pocas cosas en las que soy supersticioso), pero en el fondo ya fantaseaba con poder presumir de coco, de haber aprobado sin tocar un libro. Anyway, por muy tentadora que fuese la fantasía, era consciente de que aquello no iba a hacerse realidad.

Los exámenes siguientes se encargarían de demostrármelo.

Nunca me ha gustado el estudio literario, y mira que me encanta leer; sin embargo, coger una novela y destriparla por completo, narrador, psicología de los personajes, stream of consciousness y demás, jamás me convenció. Para mí era el equivalente a estos programas en los que se destripan trucos de magia. Le quitaban toda la gracia al asunto. ¿No basta con leer el libro y quedar conmovido? ¿Con que los personajes se conviertan en tus camaradas y sus aventuras en las tuyas, por extensión? ¿Por qué hay que medir y cuantificar todo? La gente no parece darse cuenta de que si bien en algunos casos un somero análisis, o algunas ideas generales sobre literatura pueden hacer que una obra se disfrute a más niveles, a mi modo de ver, en la mayoría de ocasiones, lo único que consiguen es que “eso” que caracteriza a la obra se pierda bajo la escrutadora mirada del crítico, qué decidirá qué debemos o no ver en tal y cual pasaje. ¡Oh, este poema está en blank verse! (off-topic: ¿se nota mucho que todo el análisis literario que he dado, lo he dado en inglés? XD) ¡Ya me gusta más! No, señores. La poesía es poesía. Te gusta o no te gusta. Punto. No me toquen más los cojones, que la gente lleva toda la vida disfrutando de Shakespeare aún cuando no saben que las metáforas no viven en el mar.

Pues algo parecido me pasaba con la historia del arte. Odiaba estudiar los balances de color, la composición, etc., etc. Pero, sobre todo, odiaba tener que aprenderme de memoria cosas como: “lo más característico en la obra de fulanito de tal eran… los pliegues. Hacía unos pliegues… ¡Qué pliegues, señora! Que uno los ve y le dan ganas de pasarles una plancha por encima, de lo reales que son…”. Pocos conocimientos adquiridos en mi vida me han parecido más absurdos. Salvo quizá que la palabra “cuchara” es un verbo (a mí no me miréis, mirad a mi profesor de morfosintaxis del español).

Cuando no te ponían pliegues o chorboalucinantes claroscuros, te ponían algo así:

Me encanta poner este cuadro de ejemplo

Y te decían: “esto es una crítica al arte, que pretendía romper con las barreras de los convencionalismos, rucu rucu rucu rucu… ¿No es un genio?”.

Efectiwonder, es un genio. De la estafa, pero un genio de todos modos. Mis respetos, maestro. Yo no podría ganarme la vida así. No sé mentir. Una vez presenté una lámina en blanco en dibujo artístico y me plantaron un cero de lo más garboso. Ese día aprendí dos cosas: que el arte no es democrático, y que el verdadero talento está en venderle la moto al resto del mundo, y no en el arte que haya en tus cuadros.

En fin, que me enrollo. Que no sólo historia del arte no me gustaba, sino que es la asignatura que más rápidamente he olvidado en mi vida. De hecho, cuando me senté en el examen y me pusieron aquella fotocopia mal hecha de una estatua y una cúpula yo dije: “¿y esto lo hemos dado en clase?”. Al salir no tenía ninguna duda de que aquel examen iba a recibir nota negativa. De hecho, no descartaba la idea de que me suspendieran historia del arte de bachillerato de manera retroactiva. Ahí comencé a darme cuenta de que, al fin y al cabo, los otros no me habían salido tan bien. El de inglés seguro que estaba aprobado, pero los demás no pasarían de ser suspensos altos, en el mejor de los casos. No nos importaba. De todos modos íbamos a hacer el ciclo. Aquello sólo un divertimento.

Aún así decidí ir al resto de exámenes.

Esa tarde tocaba diseño, en el aula de nuestro instituto. Los exámenes de arte-arte, el de diseño y el de dibujo artístico, se darían en la Escuela de arte, por el obvio motivo de que estaban mejor acondicionadas para ello que un aula normal. Así que allí estábamos todos en aquella sauna gigante que era el instituto, recién comidos. Desde el sitio del profesor, si mirabas por encima de nuestras cabezas, podías ver las zetas de sueño arremolinarse en torno a la salida de aire del techo.

Repartieron los exámenes. Un par de preguntas teóricas y el diseño de una lámpara. Con dos cojones. Como no tenía ni idea de diseñar lámparas (para más información sobre mis habilidades con lámparas y bombillas, pulse aquí) decidí empezar por la teoría. No llevaba ni dos párrafos de la primera pregunta cuando alcé la vista, alcanzado por un súbito rayo de memoria.

El examen de dibujo era mañana.

La cita de preanestesia de mi operación también.

El examen de dibujo era a las nueve de la mañana.

La cita, también.

Le di varias vueltas al asunto, conté con los dedos, y finalmente llegué a la conclusión de que no podía estar en ambos sitios a la vez. El cómo había hecho mi mente para olvidar la cita con el médico después de más de un año de estar en lista de espera era algo que me superaba. Gracias daba por haberme acordado un día antes y no un día después. Mordido, me levanté de la mesa y fui a la del profesor. Muy serio, y con el modo supereducado on le expliqué mi caso, y le pregunté si habría algún modo de solucionarlo, puesto que no era una cita médica cualquiera: hacer el examen después, o antes, o incluso ese mismo día, tras el de diseño.

El tipo, muy amablemente, me explicó que no era posible cambiar ninguna fecha de examen para adaptarla a las necesidades de los alumnos. Cada uno tenía sus circunstancias personales, y no sería justo hacerlos con unos sí y con otros no.

-Lo entiendo –dije, y era verdad.- En todo caso, si no hiciera el examen, ¿pod…?

-No sé puede faltar a ningún examen –me cortó con una mueca de pena.-. Si faltas, se te quita de las lista de examinados. Lo siento.

Asentí con la cabeza, apesadumbrado. Verdaderamente había creído posible por un momento el aprobar, aunque fuera con notas raspadas. Y ahora me daba de bruces con la realidad. Las cosas nunca son como en las películas [Sube la música de violines].

-Bueno… -dije con vos rasposa. Me aclaré la garganta y empecé de nuevo.- Bueno, y con el examen, ¿qué hago?

-Entrégalo si quieres, y tiras la hoja con las preguntas a esta papelera.

-De acuerdo.

Volví a mi sitio caminando despacio, bajo la mirada de T. y su ceño fruncido. Me encogí de hombros, recogí mis cosas y le di el examen al profesor. El tipo me miró con pena.

-Lo siento. De verdad.

Volví a encogerme de hombros, y le tendí la mano. Sorprendido, el tipo me la estrechó. Un apretón corto y firme, como debe ser.

-No se preocupe. No puedo pretender que se cambien las normas por mí –sonreí de medio lado, como hago yo.- Nos vemos en septiembre.

Cuando salí del aula, manos en los bolsillos y andar resuelto, no sentía pesadumbre alguna. Había tomado la firme decisión de sacarme la PAU. Vamos, por mis santos cojones que la sacaba.

Ahora dejemos al joven Zorrocloco-pseudo-Rocky, y adelantémonos un poco en el tiempo, hasta el examen de ilustración. Aquella mañana sí estaba nervioso. Tenía que pasar la prueba porque de idiota no había cogido la optativa de fotografía en primero, pero todo el mundo me había dicho que no pasaba nada por no tener ni idea de la teoría. La ilustración valía siete puntos de la nota final. A eso me agarraría.

Cuando me dieron el examen vi que la ilustración que debíamos hacer era una portada de Alicia en el País de las Maravillas. Algo muy sencillo… Si alguna vez te has leído el cuento o visto la peli de Disney. No era mi caso. Todo lo que yo recordaba era a Ghoopi Goldberg haciendo de gato con una boca enorme llena de dientes que de pequeño me daba miedo y una señora con un bebé que no paraba de gritar y que luego resultaba que era un cerdo humano. Jodidamente escalofriante, aquella puta película con actores reales.

No puede ser que tenga tan mala suerte –pensé azorado.- Piensa, ¡piensa! ¡Aunque no lo hayas leído, es parte de la maldita cultura popular!”.

Así que comencé a estrujarme el cerebro. Recuerdo que lo primero que me vino a la mente fue un conejo blanco, pero lo descarté inmediatamente. “Eso es ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’”. Pero el conejo no se iba. “Espera… ¿Roger Rabbit tenía un reloj de bolsillo? ¡No! Eso es de Alicia. Vale, ya tengo otra cosa que añadir”.

En aquel momento el recuento total de elementos para la portada era de una chica rubia y un conejo con un reloj. Yeah. Así surgen las grandes historias.

Poco a poco más cosas fueron pasándome por la cabeza. La frase: “¡Que le corten la cabeza!”, unos tipos disfrazados de baraja de póker, un fulano con un sombrero…”.Creo que eso era todo lo que tenía mi portada. Ah, y un gato con una enorme boca llena de dientes en lo alto de la rama de un árbol. Lo curioso del caso fue que unos meses después leí por fin el cuento (que me gustó mucho, por cierto. Y no me dio miedo. De verdad), y descubrí que no andaba tan desencaminado con la portada.

Pero claro, en aquel entonces no lo sabía, y salí del examen intrigado por la nota que podría tener. Acabadas las clases y la PAU, la escuela estaba completamente desierta. Caminé hacia el hall muy despacio, regodeándome en el edificio vacío (me encantan esa clase de cosas). Cual no sería mi sorpresa cuando al llegar a la entrada vi a mi tutora y al resto de mis compañeros.

-¿Qué estáis haciendo aquí?

-¡Ey, tío! ¡Las notas de la PAU! ¡Aprobé! ¿Y tú?

-…

Vi a Nat al lado de la tutora, y me acerqué a despedirme de ambas. No creo que olvide el momento en que la profesora se giró hacia mí y me felicitó con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Felicidades!

-¿Por qué?

-¡Oh! ¡Pues por el aprobado!

Y me tendió la hoja de notas de la PAU, que paso a transcribiros ahora (va, no seáis así, dejadme presumir):

Nota media de los cursos de bachillerato:

Primer curso: 7’3
Segundo curso: 6’9
Nota media: 7’1

Calificación de las pruebas:

Primer ejercicio:

Lengua: 7’75 [¡¡¡¡JÓDETE, JÓDETE, JÓDETE, PUTO HÁMSTER DE LOS COJONES!!!! ¡¡¡¡JÓDETE, TÚ Y TUS APROBADOS POR PENA!!!!]
Inglés: 10’00
Historia: 6’50

Segundo ejercicio:

Dibujo Artístico: 0’00
Historia del arte: 3’75
Diseño: 1’30

Nota del primer ejercicio: 8'01
Nota del segundo ejercicio: 1’76
Nota media de las pruebas: 4’92

Calificación definitiva (nota pruebas + media bachillerato)

APTO (6,229)

Hasta me he emocionado al recordar la escena y todo). Pocas veces he gritado de felicidad en mi vida. Muy pocas. Siempre he sido una persona de lo más comedida, de guardar la compostura y no dar espectáculos. Recuerdo que chillé como una nena a los once años, cuando me regalaron mi primer ordenador (Windows 3.11 y 4 megas de RAM, ¡yeah!). La otra vez fue en ese momento. Sólo que para entonces ya se me habían caído las pelotas, y más que un chillido fue un rugido de victoria. Agarré a la profesora, la levanté en vilo y di una vuelta completa sobre mí mismo con ella en brazos. Le crují todos los huesos de la espalda. A ninguno nos importó. La pobre mujer estaba casi más exultante que yo. Luego empezaron las llamadas a todo el mundo. A Marvel, a T. No daban crédito de lo que les contaba.

-¡Pero si te fuiste del examen! –me decía uno.

-¡Pero si no fuiste al de dibujo! –me decía la otra.

Luego llegaron las comparaciones, y ahí ya se agrió un poco la cosa. No sólo había aprobado, sino que había sacado la mejor nota de todos mis amigos.

-Vaya, pues… enhorabuena… Aunque sigo sin saber cómo te han aprobado, la verdad…

Pero a mí no había quién me aguara la fiesta. Además, sabía perfectamente qué había pasado. Y lo que había pasado fue mi charla con el profesor. Estaba (y estoy) completamente convencido que después de ver cómo me lo tome y como hablé con el hombre, y de mi decisión de volver en septiembre, había habido una charla sobre mí. Y a la hora de poner las calificaciones, habían comprobado que antes de entregar el de diseño, sólo había suspendido el de historia del arte. Y que el diez de inglés me compensaría un cero en dibujo, pero no un “no presentado”. No me cabe ninguna duda tampoco porque, pese al diez, el único modo de que llegara al 4’9 sería gracias al punto y poco que me puso el examinador de diseño por aquellos dos párrafos y medio de la primera pregunta.

Jamás volví ver a ese hombre. Hasta he olvidado su cara. Pero me gustaría pensar que a lo mejor algún día cae por aquí y se reconoce en esta entrada. Y se enteraría así de lo agradecido que le estoy. Agradecido, porque no sé qué hubiera sido de mi vida si no hubiera aprobado la PAU en aquel momento. Jamás me la habría sacado en septiembre, de eso estoy seguro. Aún no poseía la fuerza de voluntad que tengo ahora (léase “fuerza de voluntad”, con comillas y la boca chiquita). E incluso aunque no entré en la universidad ese año, ni en el ciclo (que por cierto, también aprobé ese examen y me dieron plaza), por estar sumido en una crisis existencial de la que no saldría hasta hace unos meses (de los 18 a los 21, mal momento para esta clase de cosas. Mal momento, y bastante común, también), cuando por fin encaucé mi vida, pude hacerlo gracias a aquel examen aprobado.

Así que, si alguna vez lee esto, GRACIAS.

Y esa, queridas niñas, fue la forma en que aprobé la prueba de acceso a la universidad, y también la historia de cómo me gané el apodo de San Zorrocloco de los Milagros Académicos entre mi grupo del instituto.

Y como este post ha quedado aún más largo que el anterior, me temo que tendremos que esperar hasta el fin de semana para averiguar qué demonios pasó con el examen de Derecho Civil. Que hasta Anne está intrigada, y eso que lo sabe XD

¡Hu-ha!

3 comentarios:

Anne dijo...

Y si con esto no te queda demostrado que bien podrías ser guionista, esperemos al capítulo III de las trepidantes aventuras del Zorrocloco xDDDDDD

(Sí, ahora termino de leer tu post. Como no dejabas de enviarme cosas... XDDDDDDD)

PD: Cuenta lo de Derecho Civil ya, caguentó!!! XD

Cattz dijo...

Oyeeee, hay un pequeño error de género al final de post. Lo digo porque no quiero que Anne tenga el mismo complejo que yo xD

AnnaRaven dijo...

xD
aprender a dar la mano es toda una ciencia.