lunes, 8 de septiembre de 2008

De apretones de manos, o: "cómo la educación lo puede todo".

Antes de entrar en el tema de hoy, voy a contaros brevemente (juas!) una historieta:

Corría el año 2004 cuando terminé el bachillerato de artes. En aquella época de mi vida tan romántica tenía clarísimo que de mayor sería dibujante de cómics. O quizá escritor de éxito. Como veis, pese a sacar buenas notas, no era un niño muy inteligente.

De hecho era tan poco inteligente que, como no la necesitaba para hacer el ciclo de ilustración, me negué a hacer la PAU. Mi madre ya había soltado en el banco la pasta en concepto de derecho de examen, así que la noticia no le hizo demasiada gracia. Y por mi futuro tampoco. Durante las dos semanas entre el final del curso y el examen de acceso a la universidad tuve bronca casi a todas horas. Mi pobre madre acabó desquiciada. Le tengo que comprar algo bonito, por cierto, que ahora llega su cumpleaños.

El caso es que ni las amenazas ni el chantaje emocional dieron fruto. Haría falta algo completamente diferente para que acabara examinándome: el aburrimiento.

Allí estaba yo, el primer día de PAU, echado en la hierba del campus de Guajara, disfrutando del sol (o más bien, de la sombra) y del buen tiempo, mientras a mi lado Marvel, Nat y T., mi novia del instituto, se mordían hasta los codos mientras apuraban los últimos minutos de repaso antes del primer examen. Mirara donde mirara no veía más que caras angustiadas y gente nerviosa, y no podía evitar que una mariposilla de sádica satisfacción aleteara plácidamente en mi barriga a sabiendas de que era el único que no se jugaba nada aquel día.

Acompañé a los chicos hasta la misma puerta del aula. Hasta el último momento T. me regó que entrase.

-Venga, entra, por favor. Es inglés, seguro que lo haces genial –me decía. Yo negaba con la cabeza.- Pero entonces, ¿qué vas a hacer las próximas dos horas y media hasta que salgamos?

Estúpidamente, aquel argumento tuvo más peso que cualquiera relacionado con mi futuro. Imaginándome solo y aburrido hasta la náusea en aquel campus, pedí prestado un boli a T., saqué mi DNI y entré al examen. “Total –pensaba.- al menos tendré la mente ocupada”.

Y el caso es que el examen de inglés me salió muy bien. Menudo repaso le di al ‘big bottle’, o botellón, para los no leídos, que recuerdo que hasta pedí hojas extra para terminar el comentario de texto. Salí convencido de que iba a tener al menos un siete. T., por supuesto, decía que tendría más nota seguro. Por un fugaz momento me imaginé que todos los exámenes fueran así, y casi pude verme aprobando sin haber tocado un libro. Tan rápidamente como había aparecido, mi cerebro descartó aquella idea. Al fin y al cabo, lo mío con el inglés no se extendía al resto de asignaturas.

El siguiente examen resultó ser de historia de España. La verdad es que no recuerdo nada de él, salvo que no dejé apenas márgenes (suelo ser muy cuidadoso con eso) y perdí medio punto por ello; y que respondí como buenamente pude, supliendo la falta de datos con paja y opiniones escritas en un tono a medio camino entre la burla y la épica. Terminaba mi comentario de texto con algo así como: “… y lucharon nuestros abuelos, y más tarde nuestros padres durante la transición, por el establecimiento de una democracia y unos derechos que nosotros, jóvenes y futuro del pueblo, no debemos olvidar, sino antes bien, defender hasta las últimas consecuencias”. Si girabas la cabeza podías ver la bandera española hondeando a mi espalda, con Bugs Bunny vestido de militar arengándome al frente, como en esa escena de Space Jam imitando a Patton. Recuerdo que contesté de esa manera, aparte de porque en el fondo es algo que pienso (aunque no con esa grandilocuencia), porque el profesor era un señor muy, muy mayor, y deduje que si seguía en la universidad tras la época de Franco debía tener ideología de izquierdas (no me preguntéis por el hilo de razonamiento, yo mismo también me extraño. Ni siquiera sabía si ese tipo iba a corregirme el examen). Viéndolo en retrospectiva, me recuerda bastante a este otro examen. En ambos casos acerté. Pero no adelantemos acontecimientos.

Salí del test de historia calculando por lo alto alrededor de un tres y medio o cuatro, lo cual no estaba nada mal para no haber estudiado. Seguía estando bastante orgulloso de mí mismo, y total, no me jugaba nada.

-¿Cuál es el siguiente examen? –pregunté.

Marvel me miró divertido.

-Lengua.

-Su puta madre.

Puntualicemos. Nunca fui de esos chavales que creen que los profesores tengan manía a determinados alumnos. De hecho, los niños que se quejaban de eso solían ser los más hijos de puta en términos absolutos, así que no era que el profesor fuera malvado; era que le daban todos los motivos del mundo para escacharlos con premeditación y alevosía.

Eso fue hasta que conocí a María Candelaria Hernández Lorenzo.

Hay gente que no debería estar en un aula. Gente a la que no se le dan bien los niños, o no les gusta dar clases, y el de maestro es tan solo para ellos un trabajo como cualquier otro con el que llevar dinero a casa a final de mes, pero con más vacaciones. Aparte, existe un selecto grupo de docentes que parecen disfrutar causando estragos en los expedientes y las psiques de los chavalines a los que tienen el deber real y moral de enseñar.

Esta… señora, representa la quintaesencia de uno de esos casos. No es que fuera dura. Dura era la Trucha, que me dio clase de sociales y de francés en el colegio, y a quien todos los niños teníamos pánico, y aún así reconozco que está entre los mejores docentes a cuyo cargo me han dejado. Esta señora se dedicaba a machacar a la clase. Explicaba como el culo, CUANDO le daba la gana explicar, marcaba cantidades inhumanas de tarea y calificaba como si sólo pudiera contar hasta seis. La clase entera la odiaba a un nivel que daba miedo.

Trimestre tras trimestre fui suspendiendo lengua castellana, asignatura donde nunca antes en mi vida había bajado de un notable alto. No sólo hizo que odiara el análisis del lenguaje, tanto morfológico como, especialmente, sintáctico (una de las razones por las que más tarde abandonaría filología inglesa), sino que, además, logró convencerme de que no podía con ello. De que no daba para más, ni siquiera para un comentario de texto decente. A (modestia aparte). Llegó a decirme, el día de las notas a final de curso, que me había aprobado por pena, porque se notaba que, pese a ser un vago, al final había intentado ponerme las pilas, pero que, claro, no había de dónde sacar.

Y encima me recuerdo dándole las gracias.

[El Zorrocloco se toma un momento de descanso, cierra los ojos e inspira profundamente. Retiene el aire. El Zorrocloco no pesa. El Zorrocloco es liviano como una pluma, una pluma que vuela alto, muy alto, far away…]

Bien, sigamos.

Entenderéis que mi alegría fuera decreciendo a medida que tomaba asiento y leía las preguntas del examen. Sin embargo tampoco llegué a embajonarme; al fin y al cabo seguía sin jugarme nada, haciendo esto por gusto. Contesté al análisis morfológico, y luego al sintáctico con bastante rapidez y sin apenas dudas, aunque ya sabía por experiencia que una cosa es hacerlo sin asomo de duda y otra hacerlo bien. Estaba acostumbrado a realizar con facilidad análisis que luego en clase se probaban completamente erróneos.

Para cuando llegué al comentario de texto estaba bastante hasta los cojones, así que ni me planteé cómo era la estructura según qué texto; leí el artículo, y puse lo que pensaba de él. Punto. Creo que salí de los primeros de aquel examen. Sentado en las escaleras, hacía tiempo repasando mentalmente mis respuestas y tratando de convencerme a mi mismo de que no estaba tan mal. De hecho, estaba bastante seguro de haber conseguido, pese a todo, por lo menos un cinco.

Una idea llevaba rondándome la cabeza desde que salí del primer examen, aunque hasta entonces había tratado de reprimirla. ¿Sería posible el milagro?

¿Y sabéis qué? Que hay que ver como me enrollo, que el post iba a cuenta de mi examen de derecho civil y esto era sólo una pequeña anécdota introductoria. Pero como el tema tiene chicha (no penséis que todo fue tan fácil como llegar y hacer los exámenes… Ojalá), lo divido en dos partes para que no se haga aburrido.

¡Hala, hasta el miércoles!

[Inserte aquí risa malvada número cuatro] ;)

5 comentarios:

Jill dijo...

Graskjkldas.

No sólo me partes las carcajadas a la mitad, sino que me dejas con la intriga. >_<

¡Quiero la segunda parte yaaaaa!

Anne dijo...

Comente lo que comente, spoileo al personal xDDDD Ay que ver, lo que una novia tiene que hacer... xD

PD: Y de una anécdota te montas un relato corto...

PD2: Y qué cabrón eres, ahí, dejándoles a la mitad xDDD

PD3: Y cómo me encantas XD

eva dijo...

usted dirá.....acabe ya coño!! jajaja
¿que es esto de dejar a medias al disciplinado lector?
:DDD

AnnaRaven dijo...

"Hay gente que no debería estar en un aula. Gente a la que no se le dan bien los niños, o no les gusta dar clases, y el de maestro es tan solo para ellos un trabajo como cualquier otro con el que llevar dinero a casa a final de mes, pero con más vacaciones. Aparte, existe un selecto grupo de docentes que parecen disfrutar causando estragos en los expedientes y las psiques de los chavalines a los que tienen el deber real y moral de enseñar."

Deberían usar este texto como criterio de selección en el tribunal para las oposiciones. De estos de apto o no apto. Si encajas en la descripción, ve a buscarte un trabajo en Hacienda on en la SS y deja a los críos en paz!

Y, sí, hmm.... que está muy mal que nos dejes colgados, es cruel, inhumano y digno de un guionista de la tele :P

H@n dijo...

A pesar de dejarme caer de uva a peras...no se como lo haces que siempre caigo en la espera!!!no podía haberlo leido mañana cuando YA ESTE TODO (eso esperamos...^^)

por lo que voy viendo si yo me huebiera tomado el selectivo así...digamos que no hubiera conocido a Indio... mi PAU fue una colapso infinitesimal de taurina, cafeína, horas de sueño acumuladas y enagenaciones varias