miércoles, 13 de agosto de 2008

Juego de cuarto

Bueeeeno, no quería torturaros con posts kilométricos pero, por votación popular, aquí tenéis el primero de los relatos. Diez folios [inserte aquí risa maligna número cuatro]. Lo he puesto tal cual lo escribí, de ahí que algunos párrafos sean inmensos, sorry. ¡Que lo disfrutéis!

Juego de cuarto

En cuanto la vio se enamoró de ella. Aquella mañana, como todas las de domingo, la familia Gómez paseaba por el rastro. El señor y la señora Gómez cogidos del brazo y la pequeña Laura un par de pasos por delante (no demasiados porque su madre se preocupaba si la perdía de vista), correteando de un lado a otro, tratando de ver todo a la vez con la mayor rapidez posible, con ese apuro característico de los niños, como si los objetos fueran a echar a volar si no se les prestaba atención inmediata. Se paró frente a las mesas de bisutería, donde compró unos pendientes con delfines colgantes y un collar a juego, y más tarde ante una sábana a la sombra de un olmo, donde descansaban decenas de libros que habían visto tiempos mejores. La mayoría de los libros no los conocía, y sus adustas portadas monocromas, donde tan solo constaba el título de la obra y su autor, le aburrían. Murmuró una apresurada negación cuando el anciano señor le preguntó con una súplica revestida de amabilidad si estaba interesada en alguno y fue a dar con sus padres, parados ante un puesto de muebles. La mayoría eran de una pésima calidad, aunque a veces, encajonado entre dos destartalados muebles de chapa, podían encontrarse auténticas antigüedades. Naturalmente esto ocurría de San Juan a Corpus, cuando la familia que montaba el tinglado pasaba por alto alguna pieza.

El señor y la señora Gómez observaban un espejo de cuerpo entero de forma ovoide, hecho de hierro forjado y de aspecto verdaderamente antiguo. Dos sujeciones a la altura media del espejo permitían girarlo totalmente. La pintura negra que lo recubría se había caído en numerosos puntos del marco y las patas, pero aunque ello pudiera parecer un mal signo de deterioro, no influía negativamente en su aspecto; antes bien, hacía que pareciera más auténtico. Los padres de Laura pidieron su opinión de pasada, para inmediatamente seguir discutiendo entre ellos. Bonito, había dicho la niña antes de ser ignorada. Paseó la mirada aquí y allá por el chiringuito y rápidamente volvió sobre sus pasos.

La había visto.

Sin duda pertenecía al mismo juego de cuarto que el espejo, pensó Laura, aunque no sabría decir en que se basaba para realizar tal afirmación. El material y el color era el mismo, pero mientras el espejo proclamaba su sencillez, aquella cama tenía en su recargada anatomía la impronta del estilo gótico. Curiosamente y al contrario que su compañero el espejo, no tenía una sola craqueladura ni parte alguna que hubiese quedado al aire y tampoco parecía recientemente pintada. Majestuosa es el adjetivo que mejor describiría aquella obra de arte, aunque sólo se tratara de su esqueleto, sin la presencia que a ella añaden un buen colchón grueso y mullido con su respectiva ropa de cama. Se trataba de un lecho bastante elevado del suelo. Tanto, pensó Laura, que sin duda necesitaría encaramarse al borde para subir. Poseía a su vez una considerable anchura, casi como una cama de matrimonio, y sin embargo parecía ocupar más espacio. Toda ella estaba cubierta de una recargada filigrana de hierro que recordaba a una enredadera, y parecía, tan firmemente sujeta a su soporte estaba, que los artesanos que la construyeron no tuvieron otra opción que pintarla también de negro, aprovechando este curioso fenómeno para crear una obra única y excepcional. En efecto, el parecido estaba tan sumamente logrado que al acercarse pudo distinguir pequeñas espinas entre el ramaje.

Tanto en lo alto del cabecero como a los pies de la cama había talladas sendas rosas de los vientos, preciosas, que señalaban, en el lugar del norte y el sur, el oeste y el este respectivamente. Al bajar la vista observó la curiosa forma de las patas, que había pasado por alto en su primer examen. En vez de una forma cuadrada o cilíndrica como es habitual en estos días, las de aquella cama representaban las enormes zarpas de alguna fiera, posiblemente un león, que en el punto de unión con el suelo se curvaban hacia el exterior como si quisieran aportar al conjunto un apoyo extra, o en otro orden de cosas, se dispusieran sibilinamente a apresar algo.

A Laura cada uno de los detalles le encantaba, no digamos ya el conjunto. Por supuesto se dio cuenta del extraño aspecto de aquel lecho, pero lejos de disgustar, la atraía con fuerza. Deseaba tener esa cama. Lo necesitaba. De pronto se le reveló con total claridad que ya no podría dormir en ningún otro sitio. Lo supo sin dudar y sin extrañarse por ello, como uno no se extraña al reconocer su reflejo en el espejo.

Convencer a sus padres no fue tan difícil como pensó en un principio, aunque necesitó de todos sus recursos, promesas e incluso esas pequeñas triquiñuelas que a nadie engañan propias de la picaresca infantil. Laura no era la clase de niña que monta numeritos, recurriendo a escandalosas pataletas como medio de extorsión, pero era tremendamente persuasiva.

Aquella misma tarde se acomodó el nuevo mobiliario en el dormitorio. Se decidió que la cama vieja fuera conservada en un lugar del ático, por si acaso, pese a la insistencia de la niña en que no iba a necesitarla jamás. El espejo fue colocado frente a la cama por deseo expreso suyo, para poder verse desde ahí. La verdad es que ambos muebles se hallaban fuera de lugar dada la decoración infantil del cuarto, con su papel pintado de nubes y arcos iris y sus muebles de chapa rosada. Resultaban imponentes y a la vez amenazadores, como lobos entre corderos. A su madre no le gustó el resultado, pero a Laura no parecía importarle. Incluso comentó que ya iba siendo hora de hacer un cambio.

Esa noche, tras cenar, ducharse y hacer la tarea, Laura pasó un trapo sobre la superficie del espejo, trepó a lo alto de la cama (“Voy a necesitar un escalón para subir y bajar”, se dijo) y se arrebujó bien arrebujada bajo los edredones. Un rato después su padre apareció en el cuarto para terminar de arroparla. Echó un vistazo en derredor. La luz del pasillo se desparramaba difusamente dentro del dormitorio. La besó en la frente y le hizo la señal de la cruz tres veces, como cada noche. Le ayudó a rezar sus oraciones (Jesusito de mi vida y Cuatro esquinitas tiene mi cama) y se levantó para irse. A punto estaba de cerrar la puerta cuando vio un reflejo en el espejo que le aterrorizó. Abrió de golpe la puerta del dormitorio y entró de un salto encendiendo las luces y sobresaltando a la niña, que seguía en su cama. A salvo. Laura miraba a su padre extrañada, dado que nunca le había visto actuar de ese modo. Era un hombre muy sosegado. El señor Gómez posó la vista sobre ella, la cama, y luego sobre el espejo, para terminar recorriendo todo el cuarto con la mirada como si de ello fuera a extraer una explicación. La niña estaba bien, y sin embargo, por un momento le había parecido... No. Era evidente que se trataba de una mera ilusión óptica, producto de mirar el espejo desde el ángulo en el que se encontraba la puerta con tan poca luz. Recuperó la compostura, sonrió a su hija instándola a descansar y salió otra vez del cuarto entornando la puerta. Antes de cerrarla del todo, sin embargo, observó atentamente el espejo. Ahora apenas podía verlo en su rincón. Su superficie, de un negro opaco, no emitía reflejo alguno.

- No me gusta nada ese espejo –comentó a su mujer al deslizarse bajo su propia colcha. A su lado, su esposa se aplicaba con profusión crema hidratante en los brazos.

- ¿Cuál, el nuevo? No seas estúpido cariño, te encanta –contestó la señora Gómez mientras limpiaba los restos de crema entre sus dedos y posaba la vista sobre el último potingue que debía aplicarse para estar radiante la mañana siguiente.

- Me gustaba en el mercadillo y a la luz del día –murmuró su esposo- Pero no para el cuarto de la niña. Me pone los pelos de punta –pero como no le gustaba contradecirse, acabó añadiendo-: Bueno, es cuestión de acostumbrarse. El espejo está bien.

- Está perfectamente, querido.

En su dormitorio, Laura contemplaba los haces de luz asimétricos que la farola más cercana proyectaba a través de la persiana. Mientras, su cuerpo evaluaba la nueva cama tratando de deducir una sensación de total confort y relajación, y poco a poco, sin que se diera cuenta, los rectángulos del techo se fueron haciendo menos brillantes, como si se moviesen o fueran succionados por algo, y su mente desconectó sin llegar a percibir, como siempre, el momento exacto en el que el sueño la atrapaba. No lo percibió, pero sí lo pudo sentir, pues está vez el velo de ensoñación conformó una hálito de cálida humedad como aire viciado que se empozó cual nube sobre la criatura. Laura ya no estaba allí, aunque cualquier observador hubiera afirmado lo contrario. De hecho, el cuarto no era el mismo. Algo cambió en el momento en que la niña sucumbió al inexorable sopor. Observando atentamente la cama durante un rato, hubiéramos visto como la pata inferior izquierda sufrió una ligera sacudida, provocada indudablemente por una corriente de aire proveniente del noroeste. Con seguridad nos hubiéramos creído víctimas de una ilusión óptica causada por la fijeza de nuestra mirada. Seguramente, si no fuera porque momentos después la garra se movió de modo apenas perceptible hacia el exterior, para, finalmente, extender y contraer una a una las cuatro felinas uñas de que estaba dotada. Tras esta última exhibición de poderío, quedó de nuevo inmóvil, desperezada. Si no fuera por la atención con la que observábamos la cama, ni siquiera nosotros nos hubiéramos dado cuenta.

Mientras tanto, la Laura onírica caía. Aunque como todo a su alrededor era oscuridad y no había viento ni nada que se le pareciese, no lo supo hasta que se halló de espaldas contra el suelo. Se posó suavemente, como si la tierra hubiera ascendido hasta ponerse a su altura. Pero sintió esa sensación de vértigo y rebote que sufrimos cuando nos damos de bruces en un sueño y el alma parece apresurarse a cobijarse de nuevo en nuestro pecho antes de que nos despertemos, amodorrados, y nos preguntemos cómo podemos vernos en sueños fuera de nuestros cuerpos. Tras lo cual nuestra consciencia cae nuevamente por entre las almohadas y una presión se alivia en nuestro tórax.

Al mismo tiempo, la cama parecía sufrir continuos tics o calambres, que hacían que, repentinamente, una hoja se retorciese o una de las rosas de los vientos girase algunos grados.

Tan pronto la niña se puso en pie, se halló en un desierto infinito. Incluso el aire estaba desierto de vida y color, todo él de un vacío blanco mate. La tierra, marrón y seca, estaba cuarteada como la piel de un lagarto. Y Laura pensó que ya que se trataba de su sueño, aquel Lagarto Gigante debía de llevarla a algún sitio.

La cama chirrió. No fue un sonido leve. Hasta los señores Gómez lo oyeron en su dormitorio y se revolvieron inquietos en la cama sin tocarse. Sobre todo se percató el señor Gómez, que aún ignorando conscientemente lo que pasaba, lo sabía de manera visceral. En aquel momento, una de las ramas de la filigrana se convulsionó y, doblándose, se separó con un chasquido del somier. Como si esa fuera la señal que el resto esperaba, el ramaje comenzó a tironear por verse libre.

Entonces lo sintió. No estaba sola. Lo notó como se notan las presencias malignas en los sueños, con una opresión en el estómago. Giró sobre sí misma, pero la sensación se movía a su vez, como si estuviera agazapa tras su nuca. Comenzó a levantarse brisa.

¿Qué es eso?, se preguntó Laura. La brisa rápidamente se tornó viento, y este alzó la arena formando cortinajes que difuminaban el mundo a la vista. Laura entornó los ojos llorosos de arena y angustia, y por primera vez pudo verlo. Era una sombra, un “algo” que se movía a su alrededor. Laura temió que aquella cosa la atacara. Y tan pronto lo pensó, aquello arremetió contra ella.

La enredadera había cobrado vida propia, y liberándose, sus decenas de ramas ondeaban hacia el techo con sonido de sonajas. Se palpaban y rozaban unas a otras, reconociéndose, y se entrelazaban formando sogas de espinas, descendiendo sobre la niña a medida que se unían. Si el señor o la señora Gómez no hubieran tenido el sueño tan pesado aquella noche (y no podemos asegurar que no estuviera causado por el mismo destino fatalista que se cerraba en torno a su hija en la habitación contigua), quizá se hubieran desvelado por una sensación inexplicable de urgencia, y hubieran acudido movidos por un “no sé qué” a verificar el bienestar de su hija. Pero nada de esto sucedió.

¿Qué es? No puedo distinguirlo.

Laura corría con en corazón en la boca, esquivando los matojos y las craqueladuras de mayor tamaño. Por dos veces estuvo a punto de doblarse un tobillo poniendo fin a su vida. Miraba fijamente hacia delante porque cada vez que levantaba la vista por encima del hombro para conocer los movimientos de su perseguidor, un súbito viento volvía a poner el mundo patas arriba en una nube de arena, y solo podía distinguir una enorme sombra oscura y unos diminutos ojos rojos situados muy por debajo de dónde debería estar la cara. La sensación de angustia e impotencia era tal, que pensó en dejarse caer a merced de la bestia (si eso era), tan solo para poner fin al miedo y a la incertidumbre. Al volver la vista adelante y ver el final del desierto apenas tuvo tiempo de gritar. El suelo ante ella desapareció mientras trataba de girarse para no caer, ya en el aire. Había llegado a una fuga imposible, de una altura que desafiaba toda orografía conocida. La pared recorría varios kilómetros antes de perderse en la oscuridad infinita.

Las sogas apresaron a la niña con una gran fuerza, enterrándose las espinas varios centímetros en su joven carne, que enseguida sangró con profusión. Cuando la primera gota abandonó su cuerpo las ramas la apretaron aún más, exprimiéndola; la cama entera tembló de satisfacción cuando las espinas comenzaron a chupar la vida a Laura, bombeándola a través de cada rama hasta el somier y las zarpas, que manotearon extasiadas.

La niña sentía el dolor, punzante, en cada poro de su cuerpo mientras sus diminutos bíceps temblaban y se agarrotaban, anunciando que no podrían sujetarla mucho más. Tan solo su cara, roja por la tensión, y sus dedos, blancos por el esfuerzo sobresalían del borde del precipicio. El resto de su consumido cuerpo se convulsionaba fuera de control en el vacío. Ya no había viento, sólo polvo en suspensión. Al mirar más allá de sus uñas, Laura vio la sombra detenida a un palmo de ella, amenazadora e inidentificable. Una zarpa, enorme y maciza como la de un felino salvaje, emergió de entre el polvo y se posó ante su cara. La niña la observó con ojos como platos, mientras la sangre comenzaba a zumbar en sus oídos y sentía el mareo llegar.

Por favor, ayuda, se dijo. Y por último, lo último que pensó, fue que si aquello era un sueño quería ver la cara de lo que la había estado persiguiendo hasta la extenuación. Pero tan pronto alzó la vista el dolor punzante se intensificó hasta extremos insoportables y sus pequeñas manos cedieron. Cayó, o quedó suspendida en la oscuridad con la única compañía del zumbido de sus oídos. No lo supo hasta que se vio a sí misma, en otro escenario que tardó en reconocer.

La cama la aprisionaba con tanta violencia que había roto su espalda y huesos. Su cara, demacrada, con los ojos en blanco y la boca abierta formando una horrible mueca, caía a un lado, rozándose frente y clavícula. Presa de un pánico rayano al paroxismo trató alcanzar su cuerpo para rescatarlo de aquella cama parasitaria, pero lo único que pudo hacer fue golpear el cristal con furia y desesperación. Y de pronto la cama pareció perder su fuerza. Dejó de aprisionar el cuerpo con el ahínco del hambriento. Poco a poco, cada hoja y rama fue recuperando su posición en la filigrana, dejando el cuerpo de la pequeña en el mismo sitio dónde lo sorprendió. Al final, pareciera que nada había ocurrido.

Cuando la señora Gómez abrió la puerta del dormitorio de su hija la mañana del lunes, de él escapó una vaharada de olor vegetal, agrio, sobado y podrido que inundó la casa entera y se mantuvo durante semanas, por más que las ventanas permanecieron abiertas. Horrorizado, el matrimonio contempló la cáscara morada y cana, de grasa ausente y pellejo arrugado. Unas horas antes aquello se movía y reía. Él lloró y ella gritó, pero ninguno se atrevió a tocar el cadáver. Ni a mirarla de nuevo. Y cuando evitando el horror apartaron la vista, sus ojos cayeron sobre el espejo y se vieron a sí mismos, faltos de un apéndice. Siguieron por largo tiempo contemplándose en el espejo, agonizantes. Al otro lado del cristal la extremidad perdida trataba en vano de llamar la atención de sus padres.

-o-

Miriam lo tuvo toda la tarde en aquella tienda. Estaba exasperado. Le gustaba comprar, pero la afición de su novia a revolver tiendas de arriba abajo cuando sabía de antemano que no iba a comprar nada le ponía de un humor de mil demonios. Después de dos minutos en el establecimiento dejó de tener ningún interés por sus bolas de madera tallada, arcones antiguos y sillas Luis XV de imitación. Pero no se quejaba, tan sólo mascaba su mal humor y lo tragaba, caminando entre los cientos de trastos amontonados hasta el techo cuidando de no rozar nada para no morir aplastado. Dobló un armario sin puertas que hacía de recodo y a punto estuvo de chocar contra otro cliente. Frenó de golpe, alarmado, y se llevó una mano al pecho sonriendo. Aquel tipo le había asustado. Entonces se dio cuenta. Vio a su novia tras él y la sintió a su espalda.

- ¿A ti también te gusta? –preguntó Miriam besando el lóbulo de su oreja- Ya sé que dije que no iba a comprar nada, pero el tipo de la tienda dice que también hay una cama a juego en el sótano...

4 comentarios:

Anne dijo...

¡A escribir, que tienes aun muchos concursos por ganar! XDDDD

¿Vas a subirlos todos, todos todos? :3

El Zorrocloco dijo...

Pues me lo estoy pensando, porque chiquito parto más grande para subir esto y darle formato...

Estoy empezando a odiar Blogger. ¿Wordpress es más sencillo, alguien?

María dijo...

Ni idea de Wordpress ni de Blogger ni de nada de eso, chico. Mi blog funciona él solo (mal) (cada rato le escribo al servicio técnico unos correos indignadísimos, y cada rato el servicio técnico pasa de mí desde California).
Lo que yo quería decir es que me gusta como escribes y que me hace ilusión que te den premios. Y que subas más, por el medio que sea.

El Zorrocloco dijo...

Gracias, María!^^

La verdad es que así da gusto, por mucho que me tenga que pelear con el html xD

Vale que no te hagan caso, pero... ¿Y lo que descargas? (Yo le escribo mails indignadísimos a Anne xD)