martes, 29 de julio de 2008

Destellos

Tengo una memoria horrible. A menudo escucho a la gente contar anécdotas con pelos y señales, o hablar de cosas que nos han ocurrido con un nivel de detalle que se me escapa. Y me da mucha envidia.

Mi memoria es como mi vista: borrosa y falta de definición. Como un VHS. Por mucho que lo intente, hasta los hechos más recientes pierden calidad a pasos agigantados. Al final recuerdo que estaba en un sitio, o que alguien dijo algo que me hizo gracia, pero poco más. En la mayoría de los casos ni siquiera recordaré el chiste. Esto último me pasa muy a menudo; puedo nombrar montones de novelas y películas (por ejemplo “¡Olvídate de mí!”, que aunque no recuerdo exactamente de qué va, mi mente no para de traer el título a colación en los últimos minutos) que sé que he visto, e incluso de las que puedo decirte si eran buenas o malas, si me gustaron o no. Pero no me preguntes de qué iban.

Sin embargo, y aunque suene inocente, quiero pensar que hay cosas que nunca se van a ir de la mente. Cosas que nos marcan tanto, o que son tan evocadoras, que simplemente no podemos olvidarlas. Por supuesto, esto es una tontería, e incluso si se pudiera, sería algo horrible si tenemos en cuentas las cantidad de malas experiencias que no podríamos olvidar, pero por esta vez centrémonos en los recuerdos agradables, que ya tenemos el resto del tiempo para pensar en los otros.

Hace unos días estaba haciendo la comida con Anne, en su casa. Tuvimos la enorme suerte de disfrutar del piso para nosotros solos (¡Viva la liberté!), y lo estábamos pasando como enanos. Fuera la ciudad ardía a 34 grados, pero allí dentro estábamos en nuestro propio oasis de paz, amor y aire acondicionado.

Mientras ponía la mesa se me ocurrió conectar el equipo de música del salón para amenizar la comida. El padre de Anne tiene una enorme colección de CDs de música, sobre todo clásica y jazz (y un montón de libros de arte y novelas chulas, y DVDs (¡originales!). Me hubiera pasado un buen par de meses curioseando en las estanterías de la sala), pero también discos de los Beatles, Queen o Frank Sinatra. Fue este último el que puse. Grandes éxitos, tercer corte, a dúo con su hija.



Y mientras los primeros acordes de la canción retumbaban por la casa y me arrancaban una sonrisa al pensar en lo viejuno que soy para ser tan joven, me di la vuelta y me quedé embobado.

Ana bailaba en la cocina de un modo despreocupado y completamente sensual. Acompasaba el movimiento de la cabeza y las caderas, danzando de un lado a otro de la cocina con los ingredientes de la ensalada.

Me acerqué lentamente sin que me viera y me apoyé en el marco de la puerta del salón para observarla mejor. No me atrevía siquiera a respirar por no romper la magia del momento. Tan sólo movía los ojos, rápidamente de un lado a otro, tratando de grabar en mi mente la mayor cantidad posible de detalles.

Sus pies desnudos sobre las baldosas.

El ajustado vestido, remarcando sus curvas y bajo el que sabía que sólo estaba su piel.

La leve curva de la tripa, que siempre andaba tocando o besando, si la ocasión lo permitía.

El vaivén rítmico de su cuerpo, toda una bofetada a mi pulla de unos días atrás de que las peninsulares no sabían bailar como es debido.

Su pelo alborotado, recogido descuidadamente en una coletilla.

Esa sonrisa que le brota sola cuando está verdaderamente feliz y ninguna preocupación le ronda la cabeza, y que tuve la suerte de ver más de una vez durante mi estancia (nunca las suficientes).

La forma en que cantaba moviendo sólo los labios, entonándole estribillos mudos a la ensalada.

Hasta la luz que entraba por la ventana parecía enmarcarla.

En ese momento era perfecta. Y el resto del tiempo se acerca bastante.

Mientras la observaba embelesado no podía dejar de pensar en lo afortunado que era. Y soy. En pleno sentimiento de autosatisfacción y orgullo andaba metido cuando me vio. Debía notárseme en la cara lo que estaba pensando porque me sonrió de esa manera, mordiéndose el labio y mirándome por encima de la montura de sus gafas.

En ese momento me dije a mí mismo que por mucho tiempo que pasase, mucha definición que perdiera o aunque acabase olvidando cómo se movía, nunca dejaría de recordar lo que me hizo sentir al darme la vuelta y descubrirla bailando en la cocina de su casa. Y punto pelota.

En este viaje he descubierto que, aparte de poder comer fría cualquier cosa que haya sido cocinada con anterioridad (algo que he comprobado en numerosas ocasiones para desespero de mi madre), mi cuerpo también tolera bastante bien la carne chamuscada.

Eso y que últimamente me siento tan afortunado que hasta me da miedo.




P.D.- Valencia un puto horno.

9 comentarios:

Anne dijo...

(Hala, ya me has hecho llorar como una boba...)

Creo que esta es nuestra otra canción. Muacks!!

Fio dijo...

Es que si te olvidas de cosas tan bonitas como esa es para darte una colleja y ponerte las orejas de antifaz.

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*Fio se escapa después de aportar este grano de glamur al asunto*

abisal dijo...

Como diría Reve... y que se meta dios el cielo por el culo.

El Zorrocloco dijo...

Anne, no se vale llorar si no estoy ahí pal achuchón pertinente...

Yo también te quiero, Fio, dulzura XD

Abisal, SU cielo en SU culo! (y ya paro de repetir el chiste, que tampoco me hizo tanta gracia la peli XD)

Jill dijo...

¡Viva la liberté!

Sé que lo digo siempre, pero sois demasiado monos. *___*

(Yo también quiero que Anne me haga un baile privado T_T)

El Zorrocloco dijo...

¡Eh!

XD

Bian dijo...

Ooh...puedo si acariciara la pantalla del ordenador quedaría impregnada entre mis dedos la dulzura que hay entre líneas...

Me alegro muchísimo por vosotros! =)

Bian dijo...

Vale, entre el "puedo" y el "si" había un "asegurar que".
¿Dónde habrán ido a parar? ¬¬U

El Zorrocloco dijo...

Ya decia yo. Pensé que continuabas borracha xD

;)

Muchas gracias, wapetona! Tenía una musa inspirándome (y mucho azúcar en sangre).