sábado, 3 de mayo de 2008

Mi primera acampada (de Fisher Price) WARNING! EXPLICIT CONTENT AHEAD!

Estiro las piernas que ya me duelen de estar en cuclillas. Estoy completamente desnudo, y un golpe de brisa hace que se me erice todo el vello del cuerpo. Puedo sentir como va a llegar de un momento a otro y, de repente, ahí está; caliente, salpicando mi cara y mi pecho. Sonrío de puro placer y abro la boca para que se llene del líquido. Ais, qué bien sienta darse una ducha. La primera en tres días.

Bueno, como recordaréis de posts anteriores (concretamente, justo el que está aquí debajo), me iba de acampada a Anaga. La primera acampada de esta rata de ciudad que estoy hecho. Y mi conclusión es que las acampadas son una mierda. Fin del post.

Nah, qué coño, voy a profundizar en el tema. Para mí una acampada es un grupo de amigos que llega a un sitio –pongamos la playa.-, montan la caseta en un buen lugar, se bañan, juegan, charlar, hacen el cabra, etc., etc. Ahora contrastemos esta idea idílica con la realidad. Éramos ocho el día antes, pero misteriosamente a la mañana siguiente en el monte estábamos Gamablanca, un rastafari que sólo había visto una vez antes y yo. Vaciamos el coche y cargamos con todo el equipamiento durante unas seis horas ese día recorriendo el mismo sendero arriba y abajo, parando cada cuarto de hora para que aquellos dos se fumaran unos petardos. El camino era precioso. La primera vez que lo recorrías con quince kilos a la espalda y un fardo de mantas. A la segunda hora cansaba y a la quinta me cagaba en la puta madre de todo sobre lo que ponía la vista. Una lástima que a Gamablanca, don “no-cargues-cámara-que-ya-llevo-yo-la-mía-que-ya-verás-que-bomba” se le olvidara que las cámaras digitales, por muy modernas que sean, todavía no son solares. Traducción: no hay fotos. Traté de sacar algunos videos con el móvil, pues pasamos por un sitio precioso en el que los árboles del lado derecho del camino crecen en vertical, pero los del lado izquierdo lo hacen casi en horizontal para atrapar la mayor cantidad de rayos de luz posibles, formando un techo de ramas un par de metros por encima de nuestras cabezas, pero creo que la calidad es pésima.

Cuando ya estaba que echaba el bofe volvimos al coche a dejar las cosas, coger la comida y buscar un claro en el que hacernos la cena. Vamos a ver una cosa. Yo soy un desastre para algunas cosas, lo admito. Pero soy un organizador MUY eficiente. Y si se supone que vosotros, par de hijos de puta, vais a organizar la acampada, PENSAD EN ELLO DURANTE UN JODIDO MOMENTO. Quizá así os deis cuenta de que, por ejemplo, si vamos a volver al coche, NO TENEMOS POR QUÉ CARGAR CON TOOOOODO LO QUE HEMOS TRAIDO, SOBRE TODO SI SON COSAS QUE NO VAMOS A USAR NI REMOTAMENTE, COMO, POR EJEMPLO, LA JODIDA TIENDA DE CAMPAÑA DE LOS COJONES. ¿Y a santo de qué irnos a tomar por culo para comer? ¡Tenemos unos asaderos al lado del puto coche! ¡Dios!

Bueno, y ya no hablemos de lo que tardamos en hacer unos jodidos spaghettis que sabían a mierda de perro, sentados en hojarasca de mierda y con Gamablanca saltando cada vez que se le acercaba un bicho. De verdad, no hay nada que me ponga más de los nervios que ver a un grupo de gente estar media hora decidiendo qué hacer sin llegar a ninguna conclusión.

Después de tan duro día en el que no habíamos hecho una mierda más que caminar por el jodido mismo puto sendero montamos la tienda de campaña en la oscuridad más absoluta (sólo funcionaba una linterna), y saqué unas cartas y un ajedrez.

-¿Alguien se anima?

-Pasamos, vamos a ir a fumarnos unos petardos al bosque.

-Pero si no se ve una mierda.

-Ya. Tiene que estar guapo, ¿no?

Vamos a ver, gilipollas, si quieres fumarte un porro a oscuras CIERRA LOS PUTOS OJOS, no hace falta que te vayas al monte de noche. Si todavía estás en un mirador y ves algo lo entiendo, pero meterte en medio de las zarzas para darte una hostia es de imbéciles. Y desde luego, organizar una acampada sólo para fumar... Es que no tengo palabras. No las tengo.

Nos levantamos al día siguiente, untamos un par de tostadas con mermelada y fregué lo del desayuno y la cena. Luego cogí un poco de agua, el cepillo y la pasta de dientes y camiseta e interiores limpios. Oí risas a mi espalda.

-Pero tío, ¿qué haces con eso?

Juro por lo más sagrado que no tengo ningún prejuicio contra los jipis de mierda, es más, las jipis me dan muchísimo morbo, pero oír reírse de mí a aquel rastafari porreta que no se cambió de calzoncillos en tres días... Es que no tengo palabras. ¡Escupo mis bolas de pelo!

¿Adivináis qué hicimos el resto de la mañana? ¡Ouh, yeah, caminar por el mismo sendero cargándolo todo hasta el coche! Eso sí, no todo fue alegría y jolgorio. Al llegar al coche nos dimos cuenta de que... ¡no funcionaban los mecheros! Algún avispado lector pensará: “¿Pero a ninguno se le ocurrió llevar cerillas por si pasaba eso?”. Las respuesta es que sí, hijo mío, se le ocurrió al único que no fuma, a mí. Sin embargo, ¿tú has intentado encender un peta con una cerilla? Yo no, pero por lo visto es algo absurdo, y tienes que hacerlo notar con grandes aspavientos y ojos desorbitados. Así que volvimos a recorrer el camino en subida otra vez hasta llegar a la carretera y comprar un mechero en el único bar de la zona. Cuando llegamos arriba estaba muerto del asco, pero mi cara no era peor que la del rastafari cuando salió del bar.

-No venden mecheros –masculló indignado.- Pero me ha regalado una caja de cerillas.

Ahhhhhh, qué sería de la vida sin estos momentos...

Después de eso volvimos a bajar one more time, comimos más spaghettis de mierda y cogimos el coche para ir a una cascada que hay por Afur, rastafari dixit. Al cabo de media hora aparcábamos por la zona. Estaba trasteando con mi mp3, que estaba bañado en mantequilla (larga historia), cuando oigo al rastafari en el asiento de detrás.

-Bueno, y ahora a ver por dónde es.

-Un momento, ¿no lo sabes?

-Sé que está por aquí, pero no se donde.

[Inserte aquí frase de las palabras y las bolas de pelo.]

Afortunadamente había unos nativos del lugar, concretamente un hombre y una mujer (aunque de lejos parecían dos hombres), que nos indicaron dónde estaba el camino y que la cascada estaba casi llegando a la playa, aunque con los días de calima que habíamos tenido estaría seca. Ya nos lo imaginábamos, pero no nos importó. La vista era cojonuda. Intenté sacar otro video con el móvil, pero que tampoco se aprecia la belleza del sitio en toda su magnitud. De hecho, por mucho que lo pienso ahora mismo, no se me ocurre paisaje más espectacular que hayan contemplado mis jóvenes ojos.

Las montañas se sucedían unas tras otras, pegadas, producto de la lava volcánica. Las laderas eran completamente verdes y llenas de oquedades. A poco que le echaras imaginación podías ver a los guanches morando en las de mayor tamaño. Vimos una sabina en lo alto de una montaña, solitaria y altanera en ese recodo del valle. Vi piedras de todas las formas y colores, cantos rodados más grandes que un camión en pendientes imposibles y piedras rajadas por la condensación de la humedad en lascas de formas geométricas casi perfectas. Mirando las paredes del valle podías ver las sucesivas capas de sedimentos que se habían ido fijando con las erupciones, todas y cada una de diferentes colores según su composición. La luz jugaba con los picos de las montañas ofreciendo un paisaje de luces y sombras que parecía mágico. Tuve un flash de alguna escena del Señor de los anillos. En definitiva, el paisaje era una maravilla.

El camino era una mierda. En el cartel de información que había al comienzo se estimaba su duración en 45 minutos. Al final había una playa. Pues cojonudo, nos da tiempo de ir, darnos un chuzo y volver antes de que se haga de noche. Espera, que ya que vamos a la playa me saco por fin estas botas y me pongo los converse, que es más fácil quitarles la arena luego.

Pa’ qué fue eso. No hay palabras para describir lo jodido que es el camino, y sin embargo a la parte masoca de mí le encantó. Al fin y al cabo ese era el pateo que tenía en mente cuando salí de mi casa, y no dar vueltas por el mismo camino sin llegar a ningún lado. Había escalones de piedra natural de setenta centímetros de alto por cinco de ancho por los que tenías que descender, partes en las que el camino se estrechaba tanto que mi pie –calzo un 45.- no cabía puesto atravesado, y unas caídas... ¡Qué caídas, oiga! ¡Lo menos treinta metros! Tenías que fijarte muy mucho donde ponías cada pie que si no, no lo contabas. Que el rastafari me dio dos sustos de muerte. El primero iba delante de mío y pensé que no me daba tiempo de agarrarlo. La segunda vez íbamos en pendiente y lo tenía detrás, y cuando lo oí resbalar pensé que me llevaba con él.

Y 45 minutos mis huevos toreros, que tardamos una hora y pico en llegar. De chuzos nada, nos pusimos en un murito que algún listo había hecho con los callados de la playa (cualquiera se metía en el agua, con el oleaje y las rocas mortales que había desperdigadas por toda la costa), y devoramos todas las galletas que llevábamos encima. Eso sí, el paisaje desde allí también era precioso. Lo malo fue que tardamos tanto en la ida que ya nos oscurecía cuando volvimos. Imaginaos el mismo viaje pero a la inversa y a contrarreloj porque el sol se apagaba y como ya dije antes, solo teníamos una linternita. Es sin duda alguna, el mayor desgaste físico que he sufrido en mi vida. Ni aquella vez que se fueron mis padres de fin de semana y se quedó en casa mi novia del instituto estuve tan hecho polvo. A punto estuve de esriscarme colina abajo, que me quedé con el pie en el aire cuando me dijeron que esperara un segundo para coger resuello. Pedí la linterna para echar un vistazo al camino que teníamos que recorrer todavía y me quedé pálido al ver que donde me había detenido el camino viraba abruptamente hacia la izquierda. No lo había visto, y a punto había estado de seguir de frente tan contento.

Llegamos al coche de noche cerrada y muertos de cansancio. Era la primera vez en mi vida que las agujetas me salían al momento en vez de al día siguiente, y los gemelos me ardían. Joclo había llamado para decir que iba a subir con los demás a tomarse a unas birras con nosotros. Quedamos con ellos en el sitio donde habíamos acampado el día anterior, y allí empecé a tramar mi plan de desertor. Cuando llegaron (sin birra, por cierto), recogí mi macuto y me fui con ellos, al más puro estilo perraca sin escrúpulos. Seguro que Gama y el rastafari se mosquearon, pero me encontraba muy mal. No sólo las piernas, sino mareado y con jaqueca desde por la mañana. Y además, no fumo porros, así que poco hacía allí.

Y esta, queridos niños, es la historia de cómo hice mi primera acampada. Curiosamente no se me han quitado las ganas, eso sí, la próxima la organizo yo en un sitio en que no tengamos que estar escondiéndonos. Incluso estoy dispuesto a repetir la pateada de Afur otro día con tiempo, la verdad es que merece la pena.

DISCLAIMER: Este post está condicionado por todo lo que me tragué en estos días. De hecho hasta me lo pasé bien. Es más, el rastafari me cayó hasta simpático y todo, tan tranquilito y pasota él, que no decía ni una palabra más alta que la otra.

10 comentarios:

Anne dijo...

Consuélate, querido, siempre habrá alguien que ha sufrido una acampada más desastrosa todavía (¿adivina quiéeen...?)

Yo ya había hecho acampadas con mis padres y mis tíos, en plan cuasi profesional y cogida de la manita, así que cuando aquellos dos gilis me dijeron "Que nos vamos" yo dije "Pues vámonos".
Me río yo de los porretas de tus amigos. Por no tener no teníamos ni para cocinar, y eso que estábamos en un recinto de camping. Un sitio de mierda, con una playa de mierda, un bar de mierda y unos vecinos majos que nos cocinaron la comida que compramos en un súper del pueblo. Porque, atención, los colegas llevaban una bolsa de deporte gigante con OCHO botellas de calimocho y... un paquete de cereales. No los maté porque los necesitaba para sobrevivir, pero me entraron unos instintos asesinos...

Como tú, me di el piro bien rápido. Y la próxima acampada que monten los mando a la mierda, no repito. Porque son capaces de hacer lo mismo pero peor.

(Por supuesto, cuando yo me piré hicieron lo que le daba sentido a todo el puto viajecito: un submarino en la tienda de campaña).

Anne dijo...

Por cierto, que me alegro de que al menos hicieras algo de lo que querías hacer (aquí tanto despotricar XD) Y es una pena lo de que no haya fotos, porque tú si estuviste en un sitio que valía la pena ver :)

Jill dijo...

No sabes cuánto me he reído con tu experiencia, sobretodo con la historia de las cerillas...

Seguro que la próxima vez tienes más suerte y viene más gente, te lo pasas mejor y no ves la muerte tan de cerca.

El Zorrocloco dijo...

Anne, y seguro que los cereales ni siquiera eran Chocapic, como si lo viera xD Volveré y haré fotos, y te morirás de envidia! Bwa-ha-ha-ha!

Jill, me alegra que te divirtiera. Así en frío yo también me he reído al escribirlo, pero en el momento... Bauf! La próxima será mejor, ya verás. Para empezar será en la playa, que ya es una mejora importante^^

Cattz dijo...

En la playa hay más mosquitos y bichos varios. Para un rato la playa está bien de noche, varios días cansa sobremanera XD

El Zorrocloco dijo...

Pues al carajo, paso de acampadas ¬¬

(Te quedaste despierta hasta las once de la mañana??)

Cattz dijo...

No, no estaba despierta hasta esas horas. Me quedé sin gente con la que hablar a las 2:30 y por no aburrirme me fui a dormir.

lu dijo...

No sé qué tal andarás de matemáticas:
Camping de Amsterdam
4 personas
tienda de campaña para 2
3 esterillas

Gracias a Alá solo fué una noche...

El Zorrocloco dijo...

o_O

Mis mates son malas, pero lo vuestro no tiene nombre... xDDD

Empiezo a pensar que lo mío no estuvo tan mal, después de todo...

Nimbusaeta dijo...

Cuánta rabia hay en este post xD

Jum, yo no me he ido nunca de acampada, con lo nerviosa que me ponen los bichos y eso... pero me gustaría.

Tienes que contar la historia del mp3, no puedes dejarnos así :P