lunes, 28 de abril de 2008

Amistades de ida

Amistades de ida. Me ha costado encontrar un término para describirlas. Me refiero a esas personas anónimas con las que tropiezas un día por casualidad y entablas conversación sabiendo que no las vas a volver a ver. En el mejor de los casos puede salir de ahí una pequeña amistad. Puede ocurrir, por poner un ejemplo, que la persona que se siente al lado tuyo en el avión no sea ni un pesado ni de los que no abren la boca ni para dar gracias a la azafata, y durante las dos horas que dure el vuelo entables una amena conversación con ella, y te haga el vuelo más ameno. Al llegar a destino os daréis la mano, o dos besos si procede, y cada uno seguirá su camino. A lo mejor no vuelves a pensar jamás en esa persona, o quizá evocarla te haga sonreír, recordando un remanso de paz entre tanto gilipollas cotidiano.

Recuerdo que cuando me alisté en el ejército (laaaarga historia) hice el viaje con un chaval unos años mayor que yo llamado Aurelio. Nada más vernos en la puerta de embarque del avión supimos que los dos íbamos al mismo sitio.

-Llámame Lío –me dijo al estrecharme la mano.- Mis amigos me llaman así.

Estábamos en asientos separados, así que no pude entablar conversación con él hasta que terminó el vuelo. Juntos nos perdimos por el metro de Madrid, correteando arriba y abajo para llegar a un andén y justo darnos cuenta de que era el que teníamos enfrente. Casi perdemos el tren en Chamartín. Cuando por fin subimos en el que nos llevaría a Murcia, estábamos agotados. Soltamos las mochilas y comenzamos a charlar. Al cabo de un rato me di cuenta de que el chaval no era precisamente un lince, pero sí muy buena gente, atento y educado, y le cogí un poco de cariño en aquellas seis horas.

Me contó que trabajaba en seguridad pero que se había hartado, esperaba poder ver mundo con los paracaidistas. Era un aventurero. Yo le dije que iba por escapar de mi vida. En aquel momento tenía la impresión de haber estado toda mi existencia encarrilado en una dirección, sin posibilidad alguna de elección. Tenía una amiga en los paracaidistas que me había animado a alistarme: los sueldos eran buenos, no trabajabas una mierda y te ponías como una piedra.

Cuando le conté que había aplazado mi ingreso en la universidad por alistarme Lío no dio crédito a lo que oía. Dos días después –ya se me había quitado la tontería.- estaba sentado en mi litera debatiéndome entre volver a casa y quedar como un rajado o aguantarme y quedarme aunque sabía que no era sitio para mí y me iba a dar algo allí encerrado. Lío se sentó junto a mí en silencio, y después de pensar un rato, dijo:

-Zorrocloco, todos los que estamos aquí... Es porque no tenemos otra opción. A ti que se te da estudiar, estudia. Y ya si eso te alistas, pero con un rango. Pero estudia.

De haberme quedado podríamos haber sido amigos. Pero lo que hice fue darle las gracias y un abrazo, y colgarme el petate al hombro.

Volví a verlo una vez más, hará unos dos años. Iba con un amigo al cine cuando un segurita de Las Palmeras me hizo señas con la mano.

-¡Coño, Lío! ¿Y ese uniforme?

Me contó que le habían dado puerta en los tests psicológicos, como a tantos otros de nuestra camada. En su caso, cuando le preguntaron si alguna vez había tenido ideas suicidas, él contestó que una vez de joven había estado muy deprimido y se le pasó por la cabeza. Resultado: no apto.

-Aaaaaay, Lío, ¿pero cómo se te ocurre decir la verdad? A todos se nos ha ocurrido al menos una vez en la vida, ¡pero no lo dices en una evaluación psicológica!

Todavía guardo su número, aunque no creo que lo llame. No sé por qué, pero creo que nuestra amistad no funcionaría aquí. Quizá porque se trata de un claro ejemplo de amistad de ida.

Un par de meses después de dejar el ejército (tras mi espectacular carrera de tres días), volvía a mi casa del trabajo en guagua cuando una chica con uniforme de azafata se sentó a mi lado, me dio las buenas tardes y comenzó a empalicarse conmigo. Aquello me sorprendió muchísimo. Yo nunca había intentado entablar conversación con un desconocido en la guagua. Era evidente que no era de aquí.

-Mi familia llegó hace poco de Venezuela, yo voy a la Escuela de Aeronáutica porque estudio para azafata, pero todavía no tengo muy claro en que parada tengo que quedarme, así que si no te importa tú me indicas...

-Faltaría plus.

En los veinte minutos que duró el trayecto hablamos de todo un poco: de su país y las diferencias con Canarias, de su trabajo y el mío... Curiosamente, se mostró interesada en lo que le contara sobre el noble arte de la charcutería. Un encanto de niña. Se despidió con dos besos.

-¡Cuídate y muchas gracias por todo!

Permitid que me tome un segundo para evocar su rostro sonriente mientras la guagua arrancaba. Era y es la muchacha más hermosa que he visto con mis propios ojos.

Listo.

La tercera amistad de ida, con la que cerramos este post, la hice por internet. Me había olvidado de ella hasta que trasteando el otro día en mis historiales de conversaciones para echar una apuesta en cara a un colega di con un archivo cuya dirección no me sonaba de nada. Al abrirlo me retrotraje a una noche de hace siete meses (aunque a mí se me antoja más tiempo). Me apetecía navegar un rato para desconectar del curro, y vi que me había agregado al msn una tal Bella. Según parece había visto mi correo en un mail en cadena, y le había hecho gracia mi dirección (yo no mando mails en cadena, pero eso no quiere decir que no me los manden a mí, con lo que mi dirección acaba entre todas las demás que se agencian terceros). Su nombre real era Isabella, y vivía en Madrid. Estuvimos chateando cerca de una hora. Le conté que me había cambiado de carrera a una que me gusta más y ella me dijo que acababa de superar la PAU y el año próximo se iba a estudiar Ingeniería Genética, aunque no lo acababa de tener claro.

Me preguntó si había estado alguna vez en su ciudad y le hablé por encima del museo del Prado, que ella nunca había visitado. Ella a cambio me describió un poco los distintos sitios de la península en los que había vivido. Su madre era policía y ello la obligaba a mudarse cada pocos años. Es la única persona que conozco que ha estado en más colegios que yo. En un momento de la conversación me dijo entre risas que era un tipo bastante peculiar, y yo le respondí que era el cumplido más sincero que me hacían en mucho tiempo.

Tras despedirme de ella no volví a conectarme en una temporada. Creo que fue cuando quitamos internet en casa para ahorrar gastos. Jamás volví a hablar con ella, aunque todavía la tengo entre mis contactos. Quién sabe, igual algún día me entero de cómo le va en la carrera. O me monto en un avión y me atiende la chica más guapa del mundo. O, en su defecto, entablo conversación con el tipo del asiento de al lado, que quizá tenga alguna historia interesante que contar.

Las amistades de ida tienen un componente romántico en su brevedad que las hace muy especiales. Son pequeñas conexiones completamente aleatorias que te permiten asomarte durante un segundo al universo de otra persona. Como un libro de relatos selectos.

Deberíamos tener menos miedo a la gente y hablar más. He dicho.



8 comentarios:

lu dijo...

Cuando estaba en Italia haciendo las prácticas cada viajecito de vuelta a españa con ryanair suponía dormir en el aeropuerto de bérgamo, lo que sumado a los trenes para llegar y a que soy como un imán para que la gente me hable hacía de cada espera en el aeropuerto una aventurilla. Compartir la comida, guardar la maleta de los demás, dormir al lado en el suelo, mucha convivencia y muchas charlas y luego cada uno a su vuelo y ciao ciao!

El Zorrocloco dijo...

Y seguro que todos te aportaron algo, aunque fuera una anécdota en plan: "fuerte tío plasta se me acopló mientras esperaba..." xDD

P.D.- ¿Italia? Jodía, tú sí que viajas... ^_^

lu dijo...

si si, conocía gente súper interesante, algunos interesantes en plan bien y otros en plan especimen de laboratorio...
Lástima no haber tenido un blog por aquel entonces...

P.D.- Una que tiene mundo...

Anne dijo...

Mis "amistades de ida" -bonito nombre- siempre han sido más cortas. Alguien que hacía un examen conmigo, un mini-encuentro nervioso esperando a hacer la matrícula en la facultad... cosas así. Fugaces.
Pero aun así, sientes que alguien totalmente desconocido te comprende durante unos segundos o minutos y te sientes bien. Aunque casi no te acuerdes de ellos.

Me ha gustado la entrada, sí señor ^u^

El Zorrocloco dijo...

Si ya te digo que soy un crack poniendo nombres (Alfredo mola ¬¬). Lástima haber nacido tan tarde... xD

Molan esos momentos de conexión. A veces son más fuertes que con gente conocida. De hecho me estoy acordando de una vez en la guagua que... Pero bueno, eso es otra historia, y será contada en otra ocasión... ;)

Cattz dijo...

Tengo pequeños casos así, pero me suele ocurrir más lo de "pesaos de ida", que a veces tienen su utilidad (uno me llevó a mi casa en Sevilla desde el aeropuerto cuando estuve viviendo allí y el que tenía que venir a por mí se olvidó) pero cuesta desprenderse de la sensación de agobio que dejan XD
Y me sigues debiendo una tarta, por cierto.

El Zorrocloco dijo...

Uf, yo no aguanto lo suficiente para darme cuenta de que podrían haberme sido útiles. Soy un borde cabrón y todos los sabemos xDD

Pues nada, coges el bonobús y te plantas aquí cuando quieras xD Especialidades de la casa: tarta de mocca, bizcochón y rosquetes.

P.D.- El que se olvidó de ir a buscarte moriría en extrañas circunstancias, ¿no? xD

Cattz dijo...

Si desde Granada llego a Tenerife sólo con un bonobús es que he conseguido demasiado de uno de esos pesaos XD
Y no, no murió. Pero tuvo que compensarme el soportar los intentos de seducción del chofer improvisado, que encima me puso una dedicatoria increiblemente cursi en la escayola.