martes, 25 de marzo de 2008

Handwritten (segunda parte)

Andaba buscando una cosa en Mis documentos cuando me topé con un relato que escribí para un concurso de la Casa de Cultura de aquí. No me acordaba de que iba, me puse a leer y ¡sorpresa! No fue en Handwritten la primera vez que le di al tema de la caligrafía y el lenguaje. Debo tener algún tipo de fijación con el asunto... Eso explicaría por qué disfrutaba de las lecciones de Lingüística General cuando estudiaba Filología (es coña).

El relato no debía superar las tres páginas y debía estar relacionado con una ilustración dada: dibujados en blanco y negro, una mujer de color de mediana edad, con un pañuelo anudado en la cabeza, escribía algo en un papel. Un anciano de aspecto asiático, sitúado de pie tras la mujer, ponía su mano en el hombro de esta y miraba lo escrito.

No llegué a participar no recuerdo por qué, seguramente porque me pasé un poco de las tres páginas y no quería recortarlo. Así que aquí lo tenéis, en primicia:


El sol tardaría todavía una hora en salir. Fuera se amontonaba la nieve, cubriendo el valle con un manto blanco jaspeado de abetos. Dentro, el calor de la chimenea calentaba los huesos, y la luz del hogar se derramaba intermitentemente sobre la habitación, manchando las paredes forradas de libros de naranja, dorado y negro. Eso era lo primero que veía Maruca al deslizarse por la puerta corredera, la danza de los colores, jugando al corre que te pillo con la oscuridad de los rincones. Luego dirigía la vista al fuego para ver la espalda de Kato echar el último tocón y colocar la madera con el atizador. Lo hacía en silencio y con parsimonia, disfrutando del crujir y crepitar de la leña. Viéndolo en esa actitud tan digna, parecía el señor de la casa en vez del jardinero. Maruca se santiguó al pensar eso y el frufrú de su chal atrajo la atención de Kato, que sonrió divertido ante la costumbre, tan extendida entre los occidentales, de que los gestos delatasen los pensamientos.


Se incorporó sacudiéndose las manos y avanzó hasta el sillón de cuero del escritorio. Sobre la mesa, cuidadosamente colocado, había un paquete de hojas porosas, una pluma y un tintero. Maruca miró el conjunto con aprensión un momento, para avanzar resignada a sentarse en el cómodo sillón que su amigo le ofrecía.


-Tu nombre –dijo Kato con suavidad, pese al marcado acento que destrozaba sus palabras-. Escribe.


Maruca asió la pluma con cierta torpeza por la escasa práctica y lentamente sumergió la punta en el pote de tinta. La pasó diez, cien, mil veces por el borde para eliminar la sobrante, con calma y sin prisas, como le había enseñado. Los principios son siempre importantes. Cuando por fin levantó la pluma del pote una gota solitaria se abrió paso hasta la hoja, filtrándose todo lo que pudo entre las fibras del papel y haciendo que Maruca se mordiera el labio, hastiada. Ya sin miramientos comenzó a dibujar su nombre en el papel como le parecía recordar que se trazaban las letras. Primero una eme –bastante buena, por cierto, aunque fuera en minúscula-; luego una “a” un tanto rabona, y otra eme temblorosa. A estas alturas ya comenzaba a dudar; se veía por la forma en que sin darse cuenta asomaba la punta de la lengua por entre los labios, tan concentrada estaba en lo que hacía.


A Kato le gustaba verla así de involucrada, metida de lleno en la escritura, desgranando las palabras una por una. Le parecía que disfrutaba del lenguaje escrito a un nivel que a él le estaba vedado desde su infancia, antes de que la escritura se transformara en una acción mecánica para su cerebro. Ni siquiera al aprender el idioma de aquel extraño país con su curioso alfabeto, en el que las letras no representaban realidad alguna (no hay nada que recuerde a un tejado en la palabra “casa”), había experimentado una sensación tan plena de conquista como la que percibía en las facciones de la cocinera. Porque cada letra y cada sílaba era un triunfo, territorio ganado a la ignorancia y un abanico infinito de posibilidades; un juguete y un arma con la que defenderse, que corría rauda, no, ¡volaba! sobre el papel, ahora que la espadachina había cogido confianza y carrerilla. Y de su nombre derivó su apellido, y del sustantivo el verbo, sin necesidad de que Kato le instara o propusiese un tema. Escribía que escribía, rápida pero a su ritmo, mientras su cabeza, la auténtica pluma, bullía de frases y estamentos, oraciones, recuerdos y sentimientos que no sabía bien como expresar.


En el último requiebro del palito de una “o”, él le puso apenas la mano en el hombro. El tiempo se había acabado, esfumado, perdido por entre los poros del papel acompañando a la tinta. Maruca miró a su alrededor sobresaltada y sorprendida de sentir su corazón cabalgando su pecho. Mientras las agonizantes brasas se consumían en la chimenea, la suave luz matinal atravesaba las cortinas, permitiéndole apreciar su obra, hojas y hojas desparramadas sobre el escritorio y alrededor de la moqueta, como nieve recién caída jaspeada de notas de color, picudas y apretadas en ciertas partes y amplias y redondeadas en otras. Una sinfonía de pensamientos que Kato recogía pacientemente, y que a lo largo del día corregiría, entre poda y siembra, para que Maruca pudiera aprender de sus errores. A media tarde, como todos los días, se colaría en la casa sin que el señor lo viera (era un hombre iracundo y muy estricto), y ella leería ávidamente tanto las correcciones, como su propia prosa, que tras el trance de la mañana, se le antojaba escrita por un desconocido que la conociese a la perfección.


Y antes de ir a la cama en la noche, el jardinero dejaría la suficiente leña como para calentarse en la mañana. Los únicos elementos que no disponía eran los caros materiales, el papel poroso y la tinta china. Kato pensaba que los colocaba Maruca. Maruca, que lo hacía el jardinero.



Y ahora no seáis muy duros con la historia. Vamos a imaginar que tengo un ego frágil, por ejemplo xDD

4 comentarios:

Anne dijo...

Tendrías que haber participado. No sé lo que escribieron otros, pero me gusta lo que has escrito tú.
Una de las cosas que me encantan de los relatos cortos es que dejan mucho a la imaginación. Te cuentan muchas cosas sin decir nada, introduciéndote a personajes y situaciones que parece que ya estaban ahí. Y tú las asimilas como si llevaras horas leyendo sobre esas historias.

¿Tienes algo más por ahí? ¡Comparte! XDD

Cattz dijo...

Anne es una adicta, Anne es una adicta, Anne es una adicta...
Bueno, yo también quiero más :D

Anne dijo...

¿Yo? Noooooooooo... sólo tengo una lista laaaaaarga de "aficiones" que "ocupan mi tiempo" (todo por no trabajar, te lo digo yo u___u).

¡Más! XD

El Zorrocloco dijo...

Me alegro de que os haya gustado ^^

Durante una época me dio bastante por escribir, aunque me pasó como con los cómics, la mayoría de las historias no pasaron de ser una sinopsis de unas cuantas líneas, si es que llegaron a salir de mi cabeza.

Si encuentro algo más que me guste igual lo subo. Pero primero quiero averiguar como hacer lo de las entradas abreviadas (eso de que te aparezca el primer párrafo y un enlace que dice: "click para seguir leyendo").