domingo, 30 de diciembre de 2007

Clases

Para poneros un poco al día de mi carrera como eterno estudiante, os diré que he dejado Filología Inglesa y me he metido en Relaciones Laborales, carrera por donde no aparezco hace casi mes y medio, sin contar vacaciones de navidad. Gran parte de la culpa la tiene el trabajo, pero no vamos a engañarnos, si quisiera sacaría tiempo. Lo curioso es que soy incapaz de ponerme a ello, por mucho que mi trabajo actual me disguste y sepa que la salida para por tener un título. Me da no sé qué meterme en algo tan grande como una diplomatura (mínimo tres años) conociéndome, porque sé que tendré que acabarlo por completo o no tendré nada. E, inconscientemente, siempre he preferido abandonar a fracasar. No queda una tan mal a mi modo de ver si decide abandonar el juego, que si pierde. (Eh, nunca lo había visto de ese modo. Bueno, realmente nunca había pensado en ello. Es curiosa esta forma de pensar mía. Uhm, por lo menos este blog sirve para algo).


Aunque en realidad el problema no es mi manía de abandonar, sino que nunca he sabido a qué quiero dedicarme. Salvo a viajar, claro, y eso no es una profesión sino un sumidero de dinero.


En mi más tierna infancia quería ser abogado o arqueólogo, jamás me llamaron los deportes. De adolescente, dibujante o escritor, y finalmente periodista. Ahora… me conformo con algo que esté más o menos bien pagado y donde mis compañeros de trabajo tengan un coeficiente de inteligencia positivo.


Recuerdo que estando en el colegio me mandaron un día a ver al orientador y este me preguntó que quería ser de mayor. Estaba en la época de escritor, pero incluso en mi fantasía me daba cuenta de que no era lo suficientemente bueno ni de lejos como para ganarme la vida escribiendo, así que le dije que periodista, que era lo que más se acercaba. Me comentó que en La Laguna había que cursar primero dos años de cualquier otra carrera antes de poder meterse en periodismo, porque era de segundo ciclo, así que realmente no importaba qué opción de bachillerato cogiera. Yo dije: “Vale, ¿cuál es la más fácil?”, resumiendo en una sencilla pregunta la forma de ser española desde los tiempos más remotos. Porque no nos engañemos: somos así. No queremos aprender, ¡qué va! Lo que queremos es un título que diga que sabemos, que al fin y al cabo es lo que te piden.


El caso es que un par de meses después de preguntarle a mi orientador cuál era el camino más fácil aterricé en la Escuela de Arte, un bachillerato en el que una de las asignaturas más difíciles de primero era educación física, y porque teníamos que subir una cuesta enorme para llegar a la mierda cancha que teníamos. Jamás me oirás arrepentirme de esa elección. Puede que a nivel académico fuera una mierda, pero recuerdo esos dos años como una de las mejores épocas de mi vida. Ahí hice mis amistades más importantes hasta la fecha, y las más duraderas, aunque cada vez se enfrían más por mucho que uno intente que no ocurra; ahí besé por primera vez a una chica, mi primera novia… Y entre nos, también fue ahí donde perdí la virginidad: concretamente, en los lavabos de chicas del último piso. Sin duda fue una época plagada de experiencias, donde tenía uno ganas de que llegara el día siguiente para reunirse con el grupo.


Y como decía antes, en cuanto al nivel académico… Os pondré un ejemplo. En primer año tuve una asignatura llamada Volumen que, para quienes no lo sepan, y yo no lo sabía hasta casi acabado el primer trimestre, es escultura. ¿Qué por qué no lo llaman así? Alumnos y profesores también nos lo preguntábamos. Al fin y al cabo a la clase de dibujo se la llamaba por su nombre, y no “plasmación gráfica”. Total, que esa clase la daba una señora que llegó el primer día de clase, escribió los objetivos del curso en la pizarra para que los copiáramos y nos dio el título de un libro muy necesario para su clase, caro de cojones y que en la vida usé. El segundo día hicimos todavía menos, porque la tía se había cogido una baja por depresión. Nosotros lo entendimos perfectamente, hay que a la que la falta de trabajo deprime mogollón. En fin. Para que no perdiéramos el trimestre y nos quedáramos rezagados el Ministerio envió a un profesor suplente, el Hombre Invisible. Con él no aprendimos mucho, pero nos dejaba muy a nuestro aire. Eso sí, una semana antes de los finales del primer trimestre la profesora se reincorporó, que al principio ni la conocimos y pensamos que era la madre de alguno, que habían venido a buscarlo. Nos dijo la buena mujer que esperaba que durante aquellos dos meses y medio hubiéramos estudiado para el examen y hecho el trabajo que había dejado marcado antes de irse (?!). Cuando terminó de recoger a los últimos rezagados que seguían partidos de culo en el suelo volvió a repetirlo y vimos que realmente hablaba en serio. Menuda se montó. Protestamos y presionamos como sólo una clase de cuarenta adolescentes granujientos puede hacer, hasta que claudicó y quitó el examen. Y ya por probar seguimos quejándonos a ver si también nos librábamos del trabajo, pero eso ya no coló.


El trabajo consistía, y conste que no me lo invento, en coger unas cajas de cereales, recortarlas y pegarlas dándoles forma de pirámide, y luego pintarlas de manera artística. Artístico no si era, ahora el nivel de del trabajo era clarísimamente el de un bachillerato. A mí me llevó casi quince minutos enteros hacer el trabajo, y eso que contaba con ventaja por ser consumidor de cereales. Sólo la mitad de la clase aprobó. Teniendo en cuenta que todos los trabajos eran la misma mierda y que no nos conocía lo suficiente como para tenernos manía, concluimos que es cierto ese viejo chiste que dice que los profesores no corrigen los exámenes, sino que los botan al aire y aprueban los que caen boca arriba. Moraleja: en vuestros exámenes escribid poco, porque según la Ley de Murphy, única inmutable en el universo, la hoja siempre cae por el lado de la tinta.


Bueno, pues eso fue el primer trimestre. El segundo ya ni os cuento. Llegamos al aula y no había nadie. ¿Adivináis quién estaba de baja? Concluimos que el gremio de profesores, aparte de las bajas típicas por enfermedad, depresión y demás, tienen otra clase de bajas especial llamadas: “Porque sí, porque soy funcionario”. Esta vez no nos mandaron al Hombre Invisible, estaba ocupado en varios centros por toda Canarias, y en su lugar nos mandaron a… un tipo. No era profesor, el mismo nos lo dijo, lo cual nos dejó mucho más tranquilos, pero se ve que se dedicaba a “algo de eso” relacionado con el arte (cuando todo el mundo sabe que el arte no es un profesión. De hecho, en la web de la universidad de La Laguna avisan textualmente a los futuros alumnos de Bellas Artes que no esperen vivir de eso el día de mañana, que yo creo que es el mejor modo de atraer alumnos a la carrera, ¿no? La sinceridad. Y para ser sinceros, creo que la ´nica salida que tiene un artista es convertirse en profesor de arte para la siguiente generación de profesores de arte, un poco como la serpiente que se seguía a sí misma y estaba hasta los huevos de no llegar a ningún lado). El caso es que nos dijo:


-Yo no estoy aquí para suspender a nadie, y tampoco creo que entres meses pueda enseñaros nada sobre diseño –que digo yo que no diría eso en la entrevista de trabajo.- Así que, ¿qué queréis hacer? ¿Letras de NO A LA GUERRA con alambre? ¡Vale! Así me gusta, que seáis participativos.


Nos miramos los unos a los otros. Nadie había dicho nada. Empezábamos a pensar que a los profesores de Volumen los sacaban a todos del mismo sitio, y por “mismo sitio” me refiero a Febles Campos.


No sé si habéis hecho alguna vez letras de No a la guerra tridimensionales usando alambre, porque creo que ni siquiera ha salido en Bricomanía. El asunto consiste en cortar un trozo de alambre, por ejemplo para hacer la ele, doblar un poco la parte de abajo… y ya. No hay más. Total, que hicimos las letras en cinco minutos. El tipo debió de pensar que teníamos algún tipo de problema psicomotriz cuando nos mandó el trabajo o algo, porque si no, no se explica que pensara que aquello nos iba a dar para tres meses, pero se rehizo con rapidez.


-No, no, no, chicos… Tienen que ser tridimensionales.


Supongo que en el Mundo Real™ el alambre es bidimensional, porque si no, no me explico el matiz. Resultó ser que para hacer letras de No a la guerra tridimensionales teníamos que coger las letras ya hechas, cortar más alambre, y retorcérselo alrededor artísticamente (qué gran adjetivo, y qué poco lo uso desde que no estudio allí), y así hasta el infinito. No importa cuantos kilos de alambre hubieras usado, siempre estabas a un rollo más de “lograr el efecto deseado”. La cuarta vez que me dijo eso pensé para mí que si el efecto deseado era tocarnos los cojones ya no había necesidad de más alambre, salvo de espino, para él, y por vía anal. Encima, al trabajar el alambre con las manos desnudas el Betadine se convirtió en una herramienta más de trabajo, que salíamos del aula que parecía que habíamos tenido una pelea con los Thundercats. Pero bueno, al menos pasamos el segundo trimestre tranquilotes (y con notable general, qué te crees), comparado con el tercero. La gracia volvió con nuestra profesora de siempre, que se plantó allí el primer día y nos dijo que como ya habíamos visto las formas geométricas y tridimensionales era hora de que pasáramos a la escultura propiamente dicha. Íbamos a hacer una escultura de una cabeza en barro de la que posteriormente sacaríamos un molde en escayola para realizar cabezas en serie. Agárreme de aquí, profesora. Ni nos molestamos en protestar pensando que al día siguiente no iba a aparecer. Pero cuando la hijaputa hizo acto de presencia al día siguiente y todos los demás de la semana empezamos a preocuparnos, y cuando a finales de mes nos acorralaba por los pasillos a ver por qué no habíamos comprado aún los materiales, nos cagamos vivos. La clase se convirtió en un puto hervidero. La gente no tenía ni idea de cómo modelar el barro, las chicas se quejaban de que era marrón y manchaba, los chicos se la pasaban mojándose con los sprays para humedecer la masa, y, en medio de todo, la profesora en su mesa leyendo un libro. Cuando alguno de nosotros se acercaba a la mesa para pedirle ayuda, nos respondía (y esto también es verídico) que lo sentía, pero que con tantos alumnos como tenía, al dividir el tiempo de clase por alumno en partes iguales, sólo podía dedicar a cada uno cosa de un minuto. Así Dios la haya premiado con almorranas del tamaño de capones bien cebados.


Del trabajo, decir que en mi caso me tocó modelar la cabeza de una virgen, y que, después de tanto tiempo como estuve con ella ya me daba la impresión de que me lanzaba besos volados. Tras unas últimas semanas de trabajo frenético, mal que bien un tercio de la clase consiguió terminar. Lamentablemente, la profesora había vuelto a recaer, pero consideró justo premiar nuestra entrega y sacrificio con un aprobado general.


Menos mal que situaciones como esta son como las golondrinas del poema, que ya no volverán.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Revistas

Buenos días. Hoy empiezo fuerte, que tengo poco tiempo. Estaba cagando anoche –no sé si os ha pasado, una de estas noches que cenas algo que te sienta mal y luego te pasas toda la noche de la cama al retrete, donde te sientas a cagar en modo automático mientras das cabezadas, intentando no perder el equilibrio para no ponerlo todo perdido de ti mismo.- cuando cogí del revistero una revista de esas de mujeres que sólo traen dietas, recetas de cocina y trucos para ser más feliz en general. Abrí por una página al azar y caí en el consultorio médico, donde los lectores envían cartas para pedir consejo. Presuntamente la sección esta llevada por una tal Elena Lance, que aparece muy sonriente en la esquina superior izquierda de la hoja y que inmediatamente me recordó a mí, por el hecho de que ambos somos muy poco fotogénicos.

Bueno, pues como digo, aparecía su nombre, bajo la foto, y su profesión, “médica”… ¡Di que si, Elena! Eres médica, una profesión tan honrada como la de actora o institutora de niños, que además vienen todas de la misma familia de palabras: las incorrectas.

Total, que echando un vistazo a las cartas que habían mandado al consultorio, reparé en una que se titulaba “dolor de rodillas”. Dice tal que así:

“Tengo 49 años y sufro intensos dolores de en la rodillas. El médico me dice que es artrosis y me manda antiinflamatorios. ¿Es realmente artrosis?”

I. H. S., Madrid.

A ver, amiga I. H. S. de Madrid… No pongas tu salud en manos de una mujer que mientras contesta tu carta está inventándose el nombre de una dieta para el siguiente número y pensando en qué va a poner sobre los capricornio y el amor en la sección de tarot. ¡Seamos serios! ¿Vale? El estado te paga una seguridad social, y si tu médico, que ya sé que sólo es un médico, y no puede saber tanto de medicina como un gurú o un santero cubano, pero algo sabe, te dice que tienes artrosis, dale un voto de confianza. Y sobre todo, si vas a pedir una segunda opinión, no lo hagas a una “médica” que publica como carta del mes una sobre el mal aliento y tiene una columna titulada “Enfermedades raras” que más bien podríamos denominar “La columna del hipocondríaco”.

Copón ya.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Pastillas

Me estaba comentando anoche una compañera de trabajo que hoy no iba a venir porque tenía cita con el ginecólogo, y que todo lo que tiene que ver con un señor médico que le mete los dedos le da como yuyu.

-Mujer, no es un pajillero, es un médico. De todos modos, si no te mola, sáltate la revisión general…

-No, si no es una revisión, es que desde hace un par de meses para acá la regla sólo me viene un día.

-Anda, como el zumo: concentrado.

-No te rías, cabrón, que así una no puede llevar un control y me puedo quedar embarazada.

-¿Pero tú no tomas la pastilla todos los días?

-Sí, pero igualmente me puedo quedar.

-Coño, ¿pero qué pastillas te tomas tú?

-Las mismas que cuando mi primer embarazo.

Y repentinamente tuve una visión de mi compañera diciendo a su marido: “cariño, no sé cómo ha podido pasar, yo me he tomado la aspirina todos los días…”